Canto de José María Arguedas a Túpac Amaru

mayo 16, 2013 § Dejar un comentario

Versos de Arguedas dedicados al padre Túpac Amaru en el Tomo V de las Obras completas que editó la Editorial Horizonte. Lima, 1983.

Arguedas Lima

Tupac Amaru Kamaq taytanchisman (haylli-taki)

Tupac Amaru, hijo del Dios Serpiente; hecho con la nieve del Salqantay; tu sombra llega al profundo corazón como la sombra del dios montaña, sin cesar y sin límites.

Tus ojos de serpiente dios que brillaban como el cristalino de todas las águilas, pudieron ver el porvenir, pudieron ver lejos. Aquí estoy, fortalecido por tu sangre, no muerto, gritando todavía.

Estoy gritando, soy tu pueblo; tú hiciste de nuevo mi alma; mis lágrimas las hiciste de nuevo; mi herida ordenaste que no se cerrara, que doliera cada vez más. Desde el día en que tú hablaste, desde el tiempo en que luchaste con el acerado y sanguinario español, desde el instante en que le escupiste a la cara; desde cuando tu hirviente sangre se derramó sobre la hirviente tierra, en mi corazón se apagó la paz y la resignación. No hay sino fuego, no hay sino odio de serpiente contra los demonios, nuestros amos.

Está cantando el río,
está llorando la calandria,
está dando vueltas el viento;
día y noche la paja de la estepa vibra;
nuestro río sagrado está bramando;
en las crestas de nuestros Wamanis montañas,
en su dientes, la nieve gotea y brilla.

¿En dónde estás desde que te mataron por nosotros?

Padre nuestro, escucha atentamente la voz de nuestros ríos; escucha a los temibles árboles de la gran selva; el canto endemoniado, blanquísimo del mar; escúchalos, padre mío, Serpiente Dios. ¡Estamos vivos; todavía somos! Del movimiento de los ríos y las piedras, de la danza de árboles y montañas, de su movimiento, bebemos sangre poderosa, cada vez más fuerte. ¡Nos estamos levantando, por tu casa, recordando tu nombre y tu muerte!

En los pueblos, con su corazón pequeñito, están llorando los niños.
En las punas, sin ropa, sin sombrero, sin abrigo, casi ciegos, los hombres están llorando, más tristes, más tristemente que los niños.
Bajo la sombra de algún árbol, todavía llora el hombre, Serpiente Dios, más herido que en tu tiempo; perseguido, como filas de piojos.
¡Escucha la vibración de mi cuerpo! Escucha el frío de mi sangre, su temblor helado.
Escucha sobre el árbol de lambras el canto de la paloma abandonada,
nunca amada;
el llanto dulce de los no caudalosos ríos, de los manantiales que suave-mente
brotan al mundo.
¡Somos aún, vivimos!

De tu inmensa herida, de tu dolor que nadie habría podido cerrar, se levanta para nosotros la rabia que hervía en tus venas. Hemos de alzarnos ya, padre, hermano nuestro, mi Dios Serpiente. Ya no le tenemos miedo al rayo de pólvora de los señores, a las balas y la metralla, ya no le tememos tanto. ¡Somos todavía! Voceando tu nombre, como los ríos crecientes y el fuego que devora la paja madura, como las multitudes infinitas de las hormigas selváticas, hemos de lanzarnos, hasta que nuestra tierra sea de veras nuestra tierra y nuestros pueblos nuestros pueblos.

Escucha, padre mío, mi Dios Serpiente, escucha:
las balas están matando,
las ametralladoras están reventando las venas,
los sables de hierro están cortando carne humana;
los caballos, son sus herrajes, con sus locos y pesados cascos, mi cabeza,
mi estómago están reventando,
aquí y en todas parte;
sobre el lomo helado de las colinas de Cerro de Pasco,
en las llanuras frías, en los caldeados valles de la costa,
sobre la gran yerba viva, entre los desiertos.

Padrecito mío, Dios Serpiente, tu rostro era como el gran cielo, óyeme: ahora el corazón de los señores es más espantosos, más sucio, inspira más odio. Han corrompido a nuestros propios hermanos, les han volteado el corazón y, con ellos, armados de armas que el propio demonio de los demonios no podría inventar y fabricar, nos matan. ¡Y sin embargo, hay una gran luz en nuestras vidas! ¡Estamos brillando! Hemos bajados a las ciudades de los señores. Desde allí te hablo.

Hemos bajado como las interminables filas de hormigas de la gran selva. Aquí estamos, contigo, jefe amado, inolvidable, eterno Amaru.

Nos arrebataron nuestras tierras. Nuestras ovejitas se alimentan con las hojas secas que el viento arrastra, que ni el viento quiere; nuestra única vaca lame agonizando la poca sal de la tierra. Serpiente Dios, padre nuestro: en tu tiempo éramos aún dueños, comuneros. Ahora, como perro que huye de la muerte, corremos hacia los valles calientes. Nos hemos extendido en miles de pueblos ajenos, aves despavoridas.

Escucha, padre mío: desde las quebradas lejanas, desde las pampas frías o quemantes que los falsos wiraqochas nos quitaron, hemos huido y nos hemos extendido por las cuatro regiones del mundo. Hay quienes se aferran a sus tierras amenazadas y pequeñas. Ellos se han quedado arriba, en sus querencias y, como nosotros, tiemblan de ira, piensan, contemplan. Ya no tememos a la muerte. Nuestras vidas son más frías, duelen más que la muerte. Escucha, Serpiente Dios: el azote, la cárcel, el sufrimiento inacabable, la muerte, nos han fortalecido, como a ti, hermano mayor, como a tu cuerpo y tu espíritu. ¿Hasta donde nos ha de empujar esta nueva vida? La fuerza que la muerte fermenta y cría en el hombre ¿no puede hacer que el hombre revuelva el mundo, que lo sacuda?

Estoy en Lima, en el inmenso pueblo, cabeza de los falsos wiraqochas. En la Pampa de Comas, sobre la arena, con mis lágrimas, con mi fuerza, con mi sangre, cantando, edifiqué una casa. El río de mi pueblo, su sombra, su gran cruz de madera, las yerbas y arbustos que florecen, rodeándolo, están, están palpitando dentro de esa casa; un picaflor dorado juega en el aire, sobre el techo.

Al inmenso pueblo de los señores hemos llegado y lo estamos removiendo. Con nuestro corazón lo alcanzamos, lo penetramos; con nuestro regocijo no extinguido, con la relampagueante alegría del hombre sufriente que tiene el poder de todos los cielos, con nuestros himnos antiguos y nuevos, lo estamos envolviendo. Hemos de lavar algo las culpas por siglos sedimentadas en esta cabeza corrompida de los falsos wiraqochas, con lágrimas, amor o fuego. ¡Con lo que sea! Somos miles de millares, aquí, ahora. Estamos juntos; nos hemos congregado pueblo por pueblo, nombre por nombre, y estamos apretando a esta inmensa ciudad que nos odiaba, que nos despreciaba como a excremento de caballos. Hemos de convertirla en pueblo de hombres que entonen los himnos de las cuatro regiones de nuestro mundo, en ciudad feliz, donde cada hombre trabaje, en inmenso pueblo que no odie y sea limpio, como la nieve de los dioses montañas donde la pestilencia del mal no llega jamás. Así es, así mismo ha de ser, padre mío, así mismo ha de ser, en tu nombre, que cae sobre la vida como una cascada de agua eterna que salta y alumbra todo el espíritu y el camino.

Tranquilo espera,
tranquilo oye,
tranquilo contempla este mundo.
Estoy bien ¡alzándome!
Canto;
mismo canto entono.
Aprendo ya la lengua de Castilla,
entiendo la rueda y la máquina;
con nosotros crece tu nombre;
hijos de wiraqochas te hablan y te
escuchan
como el guerrero maestro, fuego
puro que enardece, iluminando.
Viene la aurora.
Me cuentan que en otros pueblos
los hombre azotados, los que sufrían,
son ahora águilas, cóndores de
inmenso y libre vuelo.
Tranquilo espera.
Llegaremos más lejos que cuanto tú quisiste y soñaste.
Odiaremos más que cuanto tú odiaste;
amaremos más de lo que tú amaste,
con amor de paloma encantada, de calandria.
Tranquilo espera, con ese odio y con ese amor sin sosiego y sin límites, lo que tú no pudiste lo haremos nosotros.

Al helado lago que duerme, al negro precipicio, a la mosca azulada que ve y anuncia la muerte a la luna, las estrellas y la tierra, el suave y poderoso corazón del hombre; a todo ser viviente y no viviente, que está en el mundo, en el que alienta o no alienta la sangre, hombre o paloma, piedra o arena, haremos que se regocijen, que tengan luz infinita, Amaru, padre mío. La santa muerte vendrá sola, ya no lanzada con hondas trenzadas ni estallada por el rayo de pólvora. El mundo será el hombre, el hombre el mundo, todo a tu medida.

Baja a la tierra, Serpiente Dios, infúndeme tu aliento; pon tus manos sobre la tela imperceptible que cubre el corazón. Dame tu fuerza, padre amado.

José María Eguren se desentraña a sí mismo

mayo 7, 2013 § Dejar un comentario

Entrevista de César Francisco Macera al poeta José María Eguren. Lima, 1940.

José María Eguren

Ilustración: Álvaro Portales

José María Eguren, todo un poeta

Algunas veces se le ve andar muy rapidito por las calles del Centro, vestido de negro con un capelo de copa baja, redondo y caído de ala.Como si lo impelieran magnetismos extraños, apártase de los grupos de las veredas y de las esquinas. Menudito y soñando, este hombre que tiene el mérito de haber cantado muy finamente en poemas inestimables que ya resisten tres generaciones por su buena calidad, tela indígena que no pierde color, es hoy un anciano maravilloso. Acerquémonos a él para oír un lenguaje imprevisible y contemplaremos su alma transida de amor a la naturaleza y a la alegría. No busca la originalidad en las palabras, su conversación es muy sencilla; huye de toda afectación.

Donde está es en los objetos que describe y que para él tienen ya perfecta realidad, honda pero traducible. Con este mundo que habitamos, con esta ventana, aquel tranvía y el cruce de los automóviles y las gentes detenidas ante el farol rojo, no tiene nada que ver. Nada empírico, nada representativo le interesa. Eguren, sonriente y cándido, vive en la provincia de sus entes literarios, formas y figuras que nadie le ha enseñado, que él ha descubierto caminando. Todos saben que iba y volvía a Barranco en larga marcha, libre marcha en la madrugada o muy entrada la noche, al medio día, a todo sol. El riel, el molino, los campos sembrados, los cerros que bordean Lima eran los instrumentos de su trabajo. Mal hace el crítico que lo juzga un poeta sin referencia con la tierra.

Largas temporadas pasó en las haciendas de Pro y Chuquitanta, y cuando era adolescente, salía de caza con una magnífica escopeta, a grandes zancadas por los caminos llenos de flores silvestres, de acequias e inacabables pircas. Pero un día disparó sobre un cuervo, y como no lo hiriera disparó otra vez. Cayó herido el animal y al acercarse a verlo descubrió maravillado que era un palomo grande, con un pecho metálico y en las alas negras tenía unas líneas blancas, limpísimas. ¡Qué espanto le produjo el haber dado con esta ave extraordinaria que nunca fue vista por aquellos parajes y que a los burdos hombres de la hacienda se les antojó un ave de la Patagonia! Desde luego que, como no la había matado, se dedicó a cuidarla y la salvó, aunque encerrada en la jaula la enorme paloma se asfixiaba.

Desde entonces Eguren dejó de cazar y cuando fue con otros, su escopeta no hizo fuego. Recorría, sí, los campos, averiguando el nombre de las flores, las costumbres de los animales, el canto de los pajarillos, anheloso de encontrar algo por sí mismo. Así se ha preocupado por saber por qué las aves más raras buscan los lugares más siniestros. Donde hay árboles retorcidos, con tallos cortos y raíces visibles, en montículos secos o corroídos por heridas de tierras metálicas, el poeta ha encontrado animales feísimos, caparazones de ébano, valvas acechantes, bichos que cojean con toda sus patas.

Y en cambio, lo dijo ayer:

- Las mariposas amarillas eligen flores de su color para posarse. Y en los campos de cebolla he visto unos animales traslúcidos del mismo color que el fruto. Hay lugares en la Hacienda Chuquitanta que a ciertas horas están sin un solo ruido, y en cambio sorprendemos, por alguna parte, una asamblea de pájaros cantando en orquesta, aves que suenan como una fuga de Bach y que se desplazan por el cielo, en una lanzada múltiple para arriba.

- Yo he andado mucho por Lima, para escribir y para pintar.

Muestra un cuadro que es una especie de mapa para la referencia del pensamiento, dicho lienzo parece servirle a el como a los anatomistas o los geógrafos,d e noticia y resumen para conocidas etapas intelectuales. Cuando ya el poeta no quiere andar tan lejos, tiene miniaturizado el paisaje y pasa su dedo con cariño por el filo del cerro de. Regle donde Espinoza Cáceda ha puesto una escultura de. Santa Rosa que se ve desde el mar y por el cerro del Agus- tino donde hay aparecidos y un tesoro. El San. Cristóbal y la Isla están allí y en el campo pálido, recién cosechado, una menudísima vaca parece una mosca parda adorrnecida.

- ¿Y usted escribía versos en cualquier parte, en alguna libreta, con taquigrafía?

- Cuando veía algo. Una mañana de un molino abandonado salieron unas voces. ¡Qué agradable sorpresa! Escribí un verso y las voces eran de unas mujeres que estaban en excursión y se habían subido al molino. Vea usted, yo no soy matemático: no entiendo esa pretendida exactitud. Vivo cercando el misterio de las palabras y de las cosas que nos rodean. Y no creo hacer filosofía a pesar de haber escrito cincuenta artículos que fueron una cosecha demasiado abundante de una época de mi vida. Huyo de la muerte, y de la idea de la muerte. Me agrada mucho en estos días ir de visita donde Isajara, que es una gran artista, donde las señoritas Izcue y las señoritas Gálvez, allá en el Campo de Marte, donde ellas pintan y conversan conmigo. No admito nada fúnebre. El pobre cuervo (señala al gallinazo que está en la ventana de enfrente) es un ave calumniada. Debían pintarlos de colores. Dicen las viejas de Lima que cuando estaba por morir un presidente se posaba un gallinazo en una torre de la catedral y aquí les odian más por lo que parecen que por lo que son. Venga usted conmigo, le voy a enseñar mi museo íntimo. Suba usted la escalera. A mi lado, despacio, asciende el poeta con su faz cándida y sorprendida de siempre, un poco fatigado. En una habitación salita hay muchos cuadros y retratos, recuerdos de amigos pintores y escritores, lienzos del propio Eguren como el de los árboles raros que le gustaba a Castillo, referencia a que él alude también en su conversación. Valdelomar en un retrato dedicado apasionadamente. Medardo Ángel Silva que mantuvo correspondencia con Eguren, aquel poeta ecuatoriano que un día gritó en la redacción de un periódico: «Esto no se puede aguantar más, y se pegó un tiro. Este poeta era tan amigo de los libros que, cuando cobraba un sueldo, corría a casa de su madre a entregarle el dinero que de otro modo hubiera dejado en la librería”.

Un poco más allá: un retrato de mi hermana.
—Me gusta mucho la música, pero tengo miedo por- que confunde y absorbe tanto que no quisiera salir de allí, y cuando alguien toca no lo dejo. Mi madre tocaba muy bien al piano. Para ella no he escrito versos; tendrían que ser tan estupendos, que no me atrevo.
Una fotografía dedicada por Chocano. Su corona en la frente.
— El día de su coronación yo estaba cerca de el. Ya le iban a poner el laurel cuando me vio perdido entre el público porque no había logrado mi sitio en la tribuna oficial. Entonces me hizo señales y grito: Ven. Después me obligó a que me retratara a su lado.

-¿Qué opina usted de Chocano?
-¡Oh!, exclama, un poeta enorme. Tan grande, y tan vasto que si algo se le pide, algo se le encuentra. Critiquen y digan lo que quieran los injustos y los malos, el siempre tendrá más de lo que se le pide. Soy amigo de Chocano desde muy joven —era mayor que yo algunos años y fue a sus manos que cayeron mis primeros versos. «¿De dónde te has copiado esto me dijo. Se conoce que no los has transcrito bien porque tiene faltas de ortografía». Chocano decía de Eguren que era nuestro Verlaine.
-¿Cuáles son sus más viejos amigos?
- ¿Entre los que han muerto?
- Entre los que viven.
- Fiansón, Beingolea… No, mejor no enuncie usted nombres. ¡Tantos amigos tengo! No quiero preterición para nadie. Fiansón es un poeta mal conocido hoy en día. El fue el introductor del parnasianismo en Lima y es autor de buenas composiciones como la «Neblina», «Hacia Damas—co», «Foederis Arca». Claro que algunas veces en un verso aparecía la palabra sopa entre otras pertenecientes a la mitología griega: a ¡Pero como vas a poner esta vulgaridad, esta tontería, «inmediatamente la corregiréarar, prometía. Al día siguiente el verso con sopa aparecía en El Comercio.

La habitación-museo está alumbrada por lamparas de colores. En una esquina hay un aparato de cartón negro con un círculo en el centro, un objeto de apariencia fotográfica.

- Es la base de un pequeño telescopio que he construido. Véalo usted. Tendrá 35 centímetros de largo, con una gran lente por un lado y otra pequeña que sirve de mirilla. Con este aparato, el poeta Eguren mira hora en el reloj de la Inmaculada o busca la forma del monumento San Martín que está a cinco cuadras de su casa. Sobre sus inventos el poeta habla largamente, con entusiasmo. Es autor de una pequeñísima maquinita como de un centímetro cúbico con la cual ha tomado muchas fotografías. Queda en mostrar otro día las miniaturas del paisaje que ha obtenido con su máquina y las fotografías en colores que ha impresionado, y con una mano extendida aparta una cortina con gesto de mago que abre el telón de los títeres. Su dormitorio.

—Hago todos los esfuerzos para ser ordenado. Todavía no he aprendido a imponerme un orden violento. Sin embargo, se dónde están todas mis cosas. En una esquina he pintadounas unas cigüeñas sobre una cortina que pende allí para formar un cuanito al que pienso ponerle techo. Tiene muchos libros, su mesa con pinturas y una venta desde donde presencia el vario panorama de las casas vecinas. El paisaje que de allí se contempla con sus terrazas, da una sensación morisca. Y el poeta goza mucho y ríe mucho hablando de los pájaros que a determinadas horas del día se paran en la cornisa, y de unas niñas que juegan y de un señor muy buen músico que vive al lado.

- Un día lo voy a amarrar al piano. Se llama Pietro.

En la intimidad cerca de él, es perceptible su grande inquietud mal contenida por la edad y su espíritu constan- temente activo y demostrativo, su discurso que se interrumpe apenas demostraría el vasto e incontrolable bagaje de cosas que quieren asomarse desde su mundo. Sentado en su cama busca, cerca, en algún sitio donde están unos recortes de papel, unas fotografías. Sus cuadernos con referencias tomadas de revistas y diarios.
— ¿Se ha enamorado usted muchas veces, don José María?
Sonríe muy despacio:
- Sí, dice, muchas veces. Pero nunca dije de quién. He gozado y he sufrido mucho. He dejado pasar la oportuni- dad de ser feliz con una mujer, por escrúpulo. En estas cosas el hombre debe ser muy delicado. En la revista de sus fotografías y de sus autógrafos aparecen cartas de muchísimos escritores y artistas de toda América, juicios críticos que le dedican tantísimos escritores. Cabotín, Mariátegui que le ofreció un número íntegro de Amauta en el que colaboraron más de veinte escritores. Basadre, Núñez. En Les Nouvelles Litteraires leo un extenso suelto de crónica que se refiere al poeta pintor. Arnald Steiger, profesor de filología románica en la Universi-dad de Zúrich, cita que sobre este poeta, traspasado de musicalidad, había hecho su tesis una de sus alumnas en Suiza, donde muchos de los versos de Eguren son conocidos en lengua francesa.

Hablamos sobre un homenaje nacional a su persona, que está en el ambiente.

—Yo estoy muy enfermo, dice. No sé con qué ánimos concurriría a ceremonias en donde deba tomar una actitud. ¡Tanto como tendría que pensar y escribir para eso! Si usted puede, disuada a mis amigos de hacer nada. Me pide después que no transcriba nada de lo que ha dicho sobre su malestar. Pero no puedo dejar de recordar un remedio que él tomó para la fiebre palúdica.

- ¿Cómo se curó, usted poeta?
- Tomando heliotropo se me fueron las fiebres. De entre sus recuerdos del pasado surge la época de. Cáceres. Fue a propósito de los cerros que rodean Lima y que el poeta conoce como la palma de su mano (el Agustino, San Jerónimo, San Cristóbal, el Cerrito de las Ramas,. San Bartolomé, el Cerro de Vásquez). En este último fue diezmado un regimiento de Iglesias cuando la primera entrada de Cáceres.
- Mi hermano era amigo del gran guerrillero y yo siendo muchacho me puse el kepí de los caceristas. Cuando la coalición, veía pasar las balas y después de un humito se oía el estallido. ¡Qué cosa brava y recia la lucha en la población! La Lima pacífica que usted conoce no lo era ya. Entonces ardía de pasiones encontradas, Piérola y Cáceres, dos grandes hombres, dos caudillos.

- ¿Usted conoció a Cáceres?
- Sí. Estuve con él una tarde en que había ido a visitar a Evangelina para agradecerle una actuación en el Ateneo de Madrid, en la que había hecho recitar mis versos. El bravío jefe era a la sazón ancho de espaldas, alto, recio, pero contrariamente a lo que me suponía su carácter, o el aspecto de su carácter, era más bien suave y dulce. Conversó conmigo sobre su viaje a Alemania y la ocasión en que lo recibió el Kaiser muy orgulloso del conocimiento. Sólo cuando, entre los diversos temas de la conversación, men- cioné a ciertos oficiales que habían sido sus íntimos, lo vi arder. Los ojos brillantes, el rostro bravío, las patillonas, las mandíbulas contraídas. Se puso de pie y se paseó de un lado a otro. Grande él, imponente… Sólo a otro hombre he visto esos ímpetus que revelan el carácter, a don Manuel González Prada, que como él era muy dulce, hermosa figura, no- ble espíritu. Pero tenía voluntad arremetedora y alma de conductor. Para González Prada la cultura fue un freno doloroso, ¿que no hubiera hecho él si no hubiera sido tan consecuente y tan fino, tan inteligente?

Pronto vuelve el poeta a sus emociones de la hacienda de Pro, a lances de cacería, a paseos, a recuerdos de poemas como «Las Mariposas» y «Tardes de Abril», que no recuerda dónde están, a largas tenidas con su hermano. Jorge, que leía incansablemente toda la Historia de Francia de Thierry traduciéndola al paso con rara perfección.

-Algunas veces me han regalado cuadros que cortésmente no he aceptado. Quiera usted creer que sabiendo que eran mejores, que tenían más valor que otros que a mí me gustaban. En arte hay muchas jerarquías pero ninguna decisiva. No creo que ninguna sea excluyente. No hay arte inferior. Todos son distintos. Claro que en cuanto se hace realmente arte. La buena poesía y la buena prosa expresan cosas distintas y admirables sin que una sea superior a la otra. ¿Quién ignora que hay cosas que el lógico no ve? Y también ¿por qué negar mérito a esa rara habilidad para escribir que tienen ciertas personas, especialmente los periodistas? Siempre he envidiado esa facilidad para escribir un artículo sobre Roosevelt, y poco después uno sobre el. Cambio o sobre la literatura eslava.

Parece que con toda finura el poeta puro sonríe y con ingenuidad nos dice:
-Yo, en cambio, puedo escribir fácilmente sobre estética. Porque solo se trata de decir lo que siento. Aunque también reconozco que esto es fácil, demasiado fácil porque no me produzco como filósofo, sino siempre como poeta. Mi divagación crea un clima ávido de descubrimientos. Y sépalo usted, tanto se llega a ellos por el camino frío del pensamiento lógico como por el vasto, desordenado y misterioso de los ensueños poéticos.

El poeta está de pie.Un poco pálido. La cabellera rebelde apagada por las canas no totalmente blancas. Tiene arrugas finas en una frente amplia, sus ojos son chicos y escrutadores y su mentón muy delicado, en la boca pequeña ligeramente hundida vaga una sonrisa inocente.
Abre los brazos en un ademán que quiere decir: Todo está ganado, o todo está perdido.

Cuando bajamos la escalera, él dice:

-Una vez escribí un poema muy bonito. iOh, quién pudiera recordarlo! ¡Quién hubiera seguido algún sistema de mnemotécnica!

Ha amado tanto la perfección que de sus vastas imaginaciones sólo quedan las notas puras, de inexpresable vastedad, de música intangible. Su vida ha sido sencilla como la de una flor. Cuando se aparta de los grupos humanos de las esquinas y sigue su camino apuradito, empinado, liviano, parece un ángel atraído por la voz de Dios.

Herman Melville describe Lima y Stevenson el Callao

abril 29, 2013 § Dejar un comentario

Texto de Estuardo Nuñez en el libro Viajes y viajeros extranjeros por el Perú, Lima 1989.

Herman Melville

No cabe duda de que Lima dejó en el alma de Melville un recuento sugestionante y poético. En Moby Dick (cap. XLII) se halla este párrafo que Anderson cree derivado de su residencia en la capital (desde el 8 de diciembre de 1843 al 3 de enero de 1844) y de la impresión que le produjo una acuarela panorámica de la capital de su compañero Meyers:

“¿No es el recuerdo de sus terremotos demoledores de catedrales, ni el embate de sus frenéticos mares; ni la infecundidad de sus cielos sin lágrimas, pues que nunca producen lluvias, ni el espectáculo de sus vastos espacios donde se alzan botareles inclinados, yacentes piedras sillares y cruces terciadas (como en un astillero de tumbadas flotas ancladas), ni sus avenidas suburbanas con paredones que se apoyan los unos contra los otros como revueltos mazos de naipes, lo que hace que Lima, la sin lágrimas, sea la más extraña y triste ciudad que usted pueda ver? Ello se debe a que Lima ha tomado el velo blanco, y existe el más alto horror en esta blancura, que define su tribulación. Vieja como Pizarro, esta blancura mantiene siempre nuevas sus ruinas, no admite el jovial verdor de su decaimiento: extiende sobre sus rotos terraplenes el rígido palor de una apoplejía que fija sus propias distorsiones”

Pero Melville no se detiene en una apreciación puramente paisajista y entra ya a elaborar una teoría o hipótesis sobre la psicología de Lima como ciudad. Entre el grupo de los circunstantes de la “Taberna dorada” (sin duda, la hospedería limeña que se llamó “La bola de oro”), la mayor parte de ellos, marinos españoles o peruanos, el protagonista Ismael de Moby Dick, que sabe saborear auténtica “chicha” peruana, sostiene una larga plática y alguien del grupo le replica:

“Me es imposible resistir el deseo de expresarle, señor marinero, en nombre de todos nosotros, limeños, que no se nos ha escapado su sentimiento de delicadeza al sustituir, en su bien poco halagüeña premisa anterior, la lejana Venecia por esta ciudad en que vivimos. ¡Oh, no haga usted reverencias ni se sorprenda! Es fuerza que conozca el dicho familiarizado ya, a lo largo de estas costas, de Lima la pervertida que, por cierto, viene a confirmar su aseveración: más iglesias abiertas día y noche que salas de juego, y sin embargo… Lima la pervertida… tanto vale por Venecia, la del bendito evangelista San Marcos. ¡Santo domingo la purgue! yo también la he visitado… ¡Pero venga esa copa! Gracias. Ya está servida. Despáchese ahora. (Cap. LIV)”.

Más adelante se agrega otro personaje: “No hace falta viajar… Todo el mundo es Lima…”, como para dejar la verdad puesta en su sitio.

No hay duda de que Melville quiso recoger una versión común entre las gentes de mar acerca de Lima y su puerto el Callao, tan próximo a ella entonces y más aun ahora, hasta el punto de que en la geografía de Melville una y otras ciudades se confunden y resultan un mismo centro de población. Debo recoger, porque viene al caso, unos versos atribuidos a Robert Louis Stevenson, que anduvo por estas costas del Pacífico poco después de Melville, como tripulante de una goleta guanera, tomados alguna vez por nosotros de labios de un viejo lobo de mar, y que pintan un Callao emporio de vicio y corrupción:

A place where thieves and murderers dwell

A place that is worse than a christian hell

And know as Callao.

La versión marinera no deja dudas acerca de la peyorativa opinión que merece todo puerto de forzosa recalada, a los que las mismas tripulaciones francas hacen lugares proclives al exceso alcohólico o a la expansión sexual, después de meses de penosa y austera travesía. Tales prestigios nada edificantes lo comparten siempre los grandes puertos del mundo, y sin duda el Callao, por no decir Lima, tuvo tanto o más que Valparaíso, en toda la costa del Pacífico, primacía como centro de aprovisionamiento y expansión a mediados del siglo XIX, para los balleneros, para los cargueros de guano, los mercantes a la China y la India y los barcos de guerra de toda nacionalidad que vigilaban intereses y rutas ultramarinas.

En la imaginación de Melville, Lima llega a constituir un motivo literario, una nota de personalidad, una metáfora vital, como cuando quiere representar la enormidad y lo abrumador de la cola de un cachalote que se desploma sobre el arponero exhausto pero anheloso, “como una torre de Lima”.

Entrevista a la hermana de César Vallejo

abril 15, 2013 § Dejar un comentario

Palabras de Natividad Vallejo a sus 96 años. Publicado el miércoles 21 de abril de1982 en el Diario Marka, Lima.Cesar Vallejo familia

Su sobrino César Vallejo Infantes la conduce hasta nosotros. Pero antes de saludarnos se acercan los nietos, los sobrinos nietos, las vecinas, y la saludan, la besan con ternura. Y ella, de inmediato, entabla breves charlas simultáneas con uno y otro, hasta que se despide de parientes y vecinos con un leve movimiento. Su sobrino nos presenta.

Afectuosa, locuaz, y soprendentemente lúcida, hasta cuando afirma con energía de sus ojos parte veloz un destello amable. Pero ese mismo destello es casi ocultado cuando su memoria quiere rescatar un fragmento pasado. Y sólo desaparece totalmente cuando habla de ingratitudes y de riesgos.

Lo único inmóvil en su rostro es una finísima sonrisa. Le decimos que queremos hablar sobre la familia Vallejo. Le decimos que estamos sorprendidos por su extraordinario parecido con su famoso hermano. Y para recibir sus palabras, su sobrino César Vallejo Infantes, Hugo Manrique, el fotógrafo Aspilcueta y yo, instalamos en torno a ella un silencio impecable.

“Es que todos los Vallejo tenemos una sola cara. Nos parecemos. Ahora, claro, yo tengo 96 años, ya tengo los ojos chicos; pero yo y el poeta teníamos los ojos grandes… César, sí, César tenía ojos para ver hasta entre las piedras”.

“Nosotros hemos sido 11 hermanos, éramos una familia bastante unida. Mi padre era un intelectual, en la casa siempre había libros, leíamos desde niños. Pero mi madre no tenía profesión, ella nació y se crió para casarse, para ser una mujer de casa, era muy hacendosa, muy cariñosa. Los dos hacían una verdadera pareja: cultos, religiosos, caritativos con los pobres. Era un matrimonio bien unido, había en casa felicidad, paz, mucha serenidad. Y los hijos jugábamos, inventábamos juegos. Cuando niños, yo, Aguedita y César, jugábamos a sacar versos. Pero César desde los nueve años sacaba versos hasta del murmullo del agua, de los chorros que corren entre las piedras. A esa edad él era ya el poeta de la familia y todos éramos muy unidos, pero entre todos nosotros, se llevaba mejor con Víctor, con Néstor y conmigo. Es que yo era muy alegre, soy alegre y muy habladora. Y además nos unía la política porque yo siempre he luchado, y eso nos acercaba más… en Santiago todo era diferente… Yo quiero volver allá pero no me dejan, dicen que no puedo. ¿Cómo no voy a poder? Yo he caminado mucho, he viajado a cada rato, siempre con mi esposo. Cuando él estaba nos íbamos para todos lados, por las haciendas, por los pequeños pueblos y por los grandes. Pero le voy a confesar un secreto a mí me decían “La Joya”. Siempre creyeron que yo era lo más bello de la familia. Todos me trataban con cariño. César me halagaba desde niña. César tenía mucha alegría en su espíritu, pero no era extremoso. Hablaba siempre con seriedad, desde joven. Era alegre sí pero no extremoso. ¿Sentido de la jarana del baile? No, nunca, el no era así, le gustaban las pallas, los huaynos, cantaba algunos versos, pero no era extremoso. Teníamos muchos amigos. ¿Rita? Sí, claro, yo me acuerdo de Rita Uceda, ella era mi amiga de infancia, compañeras de colegio, nos peleábamos mucho en la escuela, entonces mi madre nos hizo comadres para que nos respetemos. El poeta se enamoró de ella con un amor de gente decente, algo muy íntimo, pero han hablado mal de ese amor. Tampoco eso respetan. ¡Y ya cuántos años han pasado! Ahora tengo 96. Yo soy menor que Aguedita, soy la penúltima, después de mí viene el poeta. Cuando se fue a Europa yo ya estaba cansada, y no lo vi cuando se fue, estaba en Chiclín con mi esposo. Han pasado tantos años y así todo termina en la vida. Vienen las enfermedades, los dolores a los huesos. Pero mi enfermedad es moral y física. ¿Por qué es moral? por el sufrimiento que hay en el alma, por los sufrimientos, que nos quita lo mejor que hay en uno. Tanto es lo que uno sufre”.

DOS

“Siempre nos hemos ocultado de los que vienen a cada rato. Yo no quiero hablar con gente que no quiere a mi hermano, que no lo respetan. Mi hermano Néstor siempre nos decía: “Nada con los periodistas, nada con esos que vienen a preguntar por el poeta”. Cuando vinieron unos argentinos, otra vez mi hermano Néstor: “Natividad, cuidado con estar hablando con esa gente…” Es que tienen que tratarlo con respeto. Aquí nunca lo han querido, ha sufrio mucho aquí. Ahora dicen que han filmado una película sobre el poeta. ¿Venezolana? ¿Argentina? Ah, venezolana. Me dijeron que César Miró estaba buscándome, vino varias veces, no sé si era para esa película. Pero yo estoy enferma, y, bueno, él estaba muy apurado, no lo vi”.

TRES

“Yo no me voy a olvidar nunca del poeta. Yo quisiera tener salud para ir a responder a los que ahora quieren traerlo. Si él está descansando allá en París, que lo dejen allí tranquilo. Aquí en el Perú nunca lo han querido, lo veían sufrir, le tenían envidia, nadie le daba una mano, si hasta lo metieron presos por calumnias. Si lo traen aquí se va a perder. Hay mucha ingratitud en el Perú. Ese señor Luis Álberto Sánchez no le tenía afecto. Cuando pudieron ayudarlo no lo hicieron. ¿Qué cosa quieren ahora? Yo hablo así, a mí me gusta la verdad, yo no guardo nada, lo digo todo. Georgette, ella sí lo ha defendido. Ahora la gringa y yo estamos enfermas. ¿Quién lo va a defender cuando quieran hacer negocio con él? La gringa es muy buena pero es muy caprichosa. Es que la gringa tiene un dolor: cuando quiso traer a su muerto fue a todos lados y nadie le hizo caso. Ahora, pues, no quiere que lo traigan, y yo tampoco. Hace poco me mandó decir que no firme nada, que no dé ningún permiso, pero qué permiso voy a  dar para que traigan a mi muerto. No es necesario que me lo diga porque estoy de acuerdo con ella. No quiero que lo traigan a un Perú donde hay tantos niños desnutridos, tantos pobres, tantos desocupados. Cómo voy a dar permiso. Yo siempre he querido mucho a los niños y a los obreros, por eso a mí tanta pobreza me duele. Yo quisiera tener salud para ir donde Belaúnde y decirle: ¡Qué interés tiene usted con mi hermano!, ¡qué quiere con él!, ¡déjenlo tranquilo!”

(Tan vigorosamente ha pronunciado estas palabras , que de pronto parece agotada. Su sobrino la mira sorprendido. Hay ahora un silencio diferente que hubo al comenzar neustra conversación. Su sobrino le pregunta si quiere una taza de café. Y la compañera Nativa desde sus 96 años dice que no con un leve gesto. Entonces le decimos que los versos de su hermano son emblemas de la lucha de los pueblos, que hay estudiantes y trabajadores que verdaderamente le respetan.)

“Es que esos señores quieren hacer negocio, quiere maltratarlo otra vez. ¿Quiénes lo queiren? Los obreros, ellos sí aman a mi hermano, ellos lo quieren y yo les agradezco que lo quieran…” Mientras hablaba se ha ido poniendo de pie y entenmos que debemos despedirnos. Nos acompaña hasta la puerta. Nos despedimos con mutuo afecto. Y ya a unos paso de ella nos envío un augurio: “que tengan suerte en la vida”, dice, y tra vez sorprendemos inmóvil en su rostro su finísima sonrisa.

Eielson, el budismo y Michele Mulas

abril 11, 2013 § Dejar un comentario

Fragmento de la entrevista de Martha Canfield a Jorge Eduardo Eielson. Milán, enero del 2006.

Eielson

MC. A propósito de budismo, y volviendo a tu libro, el largo poema dedicado al recorrido en autobús entre la Puerta Flaminia y la plaza de Tritone, sugiere que algunos itinerarios constituyen una búsqueda improrrogable pero que condiciona la existencia. ¿Qué hacer -se pregunta la voz poética- si no se puede evitar caminar día y noche “pidiendo limosna a las nubes” y “buscando a Dios entre las patas de una mesa”? Me parece que la búsqueda de la revelación entre los objetos más humildes, como las patas de la mesa, es casi un anuncio de tu vinculación al pensamiento zen, que se concretizará algo más tarde, culminando en París en el encuentro con Taisen Deshimaru.

JEE. Así es. Sin embargo, respecto a mi relación con Taisen Deshimaru y con mi práctica del budismo en particular, tendría que aclararte algunos puntos. Mi descubrimiento del budismo fue contemporáneo a mi encuentro con Michele…

MC. ¡Ah, eso no lo sabía!

JEE. Todo ocurrió en una sola jornada de fines de mayo de 1960. Almorzando con James Merril, el poeta norteamericano, que entonces vivía en Roma, me obsequió un libro de Alan Watts, de iniciación al budismo zen. Fue una revelación. Esa misma tarde, otro amigo, esta vez romano, siempre en la Piazza del Popolo, me presentó a Michele. Sólo varios años más tarde me he dado cuenta de lo que ese día había significado para mí. En la amistad, como muchas veces sucede en el amor, también existe lo que se llama coup de foudre. Así fue con Michele, y como tú sabes, 42 años de cristalina y fraternal amistad, hasta su reciente desaparición. Un apocalipsis privado sobre el cual, como comprenderás, me es imposible hacerte ningún comentario. Pero, lleguemos al punto. En 1970, de nuevo en París, comencé a frecuentar el dojo de Taisen Deshimaru por varios meses, a pesar del agudo malestar que me provocaban las largas sesiones de za-zen (meditación sentado), a causa de un problema a la columna debido a los continuos saltos del trampolín que practicaba de muchacho. Una tarde, en un pequeño café cerca del dojo, en donde Taisen solía tomar una taza de té, y en donde casualmente me encontraba con Michele, de pronto Taisen me llamó a su mesa, cosa que no hacía nunca con sus discípulos, y en pocas palabras me dijo que ya no necesitaba de su enseñanza. Cuando le repliqué tímidamente que, si no lograba progresar, la verdadera causa era quizás mi posición defectuosa, o la edad, dado que entonces había superado los 40 años, o incluso mi actividad artística que interfería demasiado con la meditación (si se tiene en cuenta que en la escuela Soto, practicada por Deshimaru, lo único que cuenta es za-zen), él de inmediato me dijo: “No, nada de eso. Lo que pasa es que usted ya tiene un maestro, y además la euforia indispensable para seguir por su cuenta”.

Por cierto, el maestro de que me hablaba no podía ser sino Michele, que apenas había entrevisto a mi lado y del cual no sabía nada. Y, en cuanto a la euforia, yo no tenía la menor idea de poseerla. Pero fue en ese preciso instante que todo me pareció claro y sencillo como nunca. El mismo Taisen ya no era el severo maestro que tanto me hacía sufrir y que, quizás, por eso mismo veneraba. Ya no. Ahora me parecía un viejo y entrañable amigo, e incluso percibí en su rostro una profunda dulzura, que antes no había logrado ver. Salí del café aturdido, pero lleno de felicidad.

MC. Una revelación extraordinaria para ti. Ya en otras ocasiones me habías hablado de Deshimaru, pero ahora descubro el rol de Michele. ¿Puedes decirme qué cosa te enseñó él?

JEE. Muchas cosas. La generosidad, el altruismo, la paciencia, el amor a la naturaleza, que Michele literalmente veneraba, pero sobre todo, la humildad.

MC. Que aparece ya con frecuencia en Habitación en Roma, poemario escrito antes de tu encuentro con Michele…

JEE. Sí, pero aquí tocas una cuerda dolorosa. Es verdad que mi inclinación por las cosas, las personas y los materiales humildes fue siempre innata en mí. Pero la paradoja, que vivía con gran angustia, era que, en la vida real, yo no era una persona humilde.

Estúpidamente, estaba convencido de mi talento, de la belleza, o supuesta belleza, que era capaz de crear, de la facilidad con que me movía entre mundos aparentemente distantes, pero entre los cuales veía lazos profundos. Mis relaciones con algunos notables artistas, escritores y hombres de ciencia, habían contribuido a convencerme de que mi visión era justa y que necesitaba sólo desarrollar mis ideas. Es cierto que también sentía mucho la injusticia humana y que me resultaba intolerable el sufrimiento que ella causaba. Pero, en fin de cuentas todo eso, que era la parte mejor de mí, lo volcaba en mi trabajo y era como si, de alguna manera, hubiera cumplido con mi deber. En mi vida personal, yo era simple y llanamente presuntuoso. Es decir, pregonaba la humildad pero no la practicaba. Un defecto que me parece deplorable y que afecta a la mayor parte de los escritores y artistas que he conocido hasta la fecha. Como decía Taisen, citando a su propio maestro: “Para saber qué cosa es una manzana, por bella y fragante que sea, hay que comérsela”. Pues bien, Michele me enseñó a comer esa manzana (1). Su serenidad además era como un bálsamo para mí. No existió nunca nada capaz de borrar su increíble sonrisa, ni siquiera cuando la enfermedad, ya muy avanzada, había casi destruido su cuerpo de atleta. Como puedes comprender, todas las personas que realmente lo conocieron, lo adoraban. Taisen tenía razón, y para mí sigue siendo un misterio cómo hizo para adivinar, a simple vista, su extraordinario humanidad.

MC. En nuestros conversaciones anteriores no me habías dicho nada de esto.

JEE. Porque Michele estaba a mi lado y no le habría gustado que revelera aspectos tan privados de nuestra amistad…

(1) En ese punto, Eielson tacha la siguiente frase: “Es decir, qué cosa es la solidaridad, la generosidad, el altruismo y además qué extraordinaria belleza se esconde en la vida cotidiana. Él tenía el don innato de iluminar hasta los momentos más difíciles”.

Ribeyro: De niño yo quería ser militar

abril 1, 2013 § Dejar un comentario

Fragmento de la entrevista de César Calvo a Julio Ramón Ribeyro. Publicado en La Nueva Crónica, Lima 1971.

Julio Ramón Ribeyro

EL CORONEL RIBEYRO, ALLÁ EN CHORRILLOS

- Julio, en vista de que te niegas aún a decirle algo a Lima, tengo derecho a hacerte una pregunta lerda o lenta, para no ofenderme. ¿Qué cosa querías ser tú de niño?

- De niño yo quería ser militar. Quería ser coronel.

- ¿Igual que ahora?

- Mira… Ahora yo quiero ser escritor… En esa época no, porque no había ningún escritor en mi familia, y sí muchos militares. Y yo quería ser militar. Tenía unos tíos que eran oficiales y que me llevaban al cuartel de Chorrillos. A veces me quedaba a dormir allí, en el cuarto de la tropa, y en las mañana del domingo montaba a caballo con los soldados y paseaba por Chorrillos. La influencia familiar despertó en mí una vocación castrense que desapareció poco a poco. Hubo un momento en que no quería ser absolutamente nada. Estudié Derecho porque me lo aconsejó mi padre. Llegué incluso a trabajar en un estudio de abogados, hasta que me di cuenta de que para destacar había que servir a los ricos. Entonces dejé la profesión aquí y me fui a Europa…

- Ernesto Sabato me dijo alguna vez, sospecho que deambulando por el parque Lezama de Buenos Aires, que para ser un gran escritor hay que ser primero un gran hombre. ¿Tú compartes este criterio?

- En realidad, sospecho que no. La historia literaria demuestra muchas veces lo contrario. Entre las virtudes morales y la calidad literaria no hay necesariamente una correspondencia directa. Ha habido, y hay, grandes sinvergüenzas que son escritores notables, sin alusiones personales.

- Ni autocríticas, espero.

- No. Estoy pensando en Céline, en el Pound de cierta época y en… No, mejor no lo pongas…

- ¿Y en tu caso?

-  Creo que las limitaciones que puede haber en mi obra se deben un poco a mis prejuicios de tipo moral. Quiero decir que por haber tratado de llevar una vida justa y honesta he renunciado a una serie de experiencias que hubieran podido enriquecer lo que escribo. Incluso, por respeto a la amistad, o por mostrarme acogedor, a veces sacrifico mi tiempo de escritor a otras actividades, recibiendo gente, conversando con amigos, leyendo librejos de aprendices, concediendo entrevistas… Otra vez sin alusiones.

- ¿No recuerdas haber hecho ninguna maldad?

- Escribiendo sí, pero viviendo no. En síntesis, te diré que, para mí, más importante es ser un hombre honesto que un gran escritor.

EL GENERAL VELASCO Y UNA PARTIDA DE PING PONG

- Hoy almorzaste con el general Velasco, ¿no?

- Sí. Estaba invitado a Palacio, pero el presidente estaba muy ocupado en una reunión con algunos ministros. Entonces, para hacer tiempo, su yerno Ítalo Zolezzi y yo jugamos una partida de ping-pong. Fue una partida encarnizada que duró cerca de una hora. Naturalmente, como somos muy malos jugadores, los dos perdimos.

- ¿Ya habías conocido antes a Velasco?

- Bueno, hace quince días estuve conversando con él y con Hugo Neira, y un periodista argentino, Salas. Pero lo conocí hace aproximadamente ocho años, cuando era agregado militar en la embajada nuestra en París. Tuve oportunidad, aquella época, de conversar con él varias veces…

- Políticamente, ¿qué impresión te causó entonces?

- Bueno, tengo la impresión de que por aquel tiempo el general Velasco no tenía proyectos políticos, aunque sí una clara conciencia de los problemas del país. Nos impresionaba por su sinceridad, por su honestidad. A diferencia de otros militares que yo había conocido y que se envanecen cuando llegan a las más altas graduaciones, él continuaba siendo un hombre enteramente simple, como hasta ahora, fiel a su origen popular y modesto de una familia del norte, con definidos sentimientos antioligárquicos. Y sentía un gran cariño, me acuerdo, por la gente humilde del Perú.

PARÍS

- ¿Tú fuiste reaccionario alguna vez?

- Sí

- ¿Cuándo dejaste de serlo?

- Creo que cuando viajé a Europa por primera vez. Antes de ello, hasta 1952, en mis discusiones y conversaciones universitarias yo adoptaba una actitud retrógrada. Incluso pensaba, por ejemplo, que el indígena peruano era un ser completamente degenerado, que los gamonales tenían razón, que las comunidades eran improductivas y atrasadas, en fin… Ya en Madrid, alternando con latinoamericanos más lúcidos que yo, comencé a darme cuenta de que estaba equivocado. En 1954, cuando viajé a París, se operó definitivamente un gran cambio en mí. Eso se debió, en gran parte, al hecho de que tuve que trabajar en oficios penosos… Fui obrero en una estación ferrocarril, portero en un hotel sórdido. Comprendí la vida durísima del que tiene que trabajar ocho o diez horas diarias, usando brazos, su fuerza física, y después no le queda tiempo ni curiosidad para leer ni educarse, ni para ir a un espectáculo, y lo único que le provoca es quedarse a dormir. Me di cuenta de que era una situación despiadada y sin salida, que los trabajadores en nuestro mundo llamado libre estaban como exonerados del porvenir y que eso se debía cambiar radicalmente.

Las últimas horas de César Calvo

marzo 20, 2013 § 4 comentarios

Recuerdo de Maruja Valcárcel sobre la muerte del poeta Calvo. Publicado en Lima, 2002.
Cesar Calvo muerte

Y llegó la llamada final; era su madre otra vez: “Dice César que se siente mal; ya llamé al doctor porque tiene el vientre muy hinchado. Me ha dicho que le dé algo para los gases y que lo lleve mañana al hospital Dos de Mayo”. Entonces le pedí que apenas llegara al hospital me lo hiciera saber para ir a verlo. Así lo hizo, y cuando llegué, diciendo que era su hermana para que me dejaran pasar, lo vi en la cama, ya conectado al balón de oxígeno y con el vientre exageradamente hinchado. También el rostro estaba muy hinchado.

“Ya estás aquí” -me dijo.

“Dios mío, pero ahora qué hiciste; bueno, no te preocupes, ahora se arregla todo; dime dónde están tus papeles del Seguro”.

“Los tiene Tamashiro”, -contestó.

Y después de darle un beso salí hacia la puerta. No sé, de pronto, cuando volteé a mirarlo para hacerle adiós con la mano tuve una visión dolorosa: lo vi con su cabeza reposando en mis brazos y regresé sobre mis pasos para abrazarlo muy fuerte y acariciar su rostro.

“Te voy a bendecir por si acaso, aunque tú no creas en estas cosas”, -le dije. Abrió los ojos muy grandes, y mirándome como si fuera un niño me dijo:

“Sí creo”.

Lo demás fue una suerte de calvario porque fue extremadamente complicado trasladarlo al Hospital Rebagliati, pues insistían en que él no había pagado las últimas cosas y no se le podía recibir. Intervinieron dos amigas muy queridas de César. Se trataba de Katiusha Barrios y Tatiana Berger, que en ese momento trabajaba en el Congreso, con el equipo de la doctora Martha Hildebrandt, otra antigua y buena amiga de César. El punto era que ella consiguiera que aceptaran a César en algún hospital del Seguro porque se moría. Finalmente consiguió su traslado al hospital Almenara, pero allí llegó inconsciente. Si de algo puedo dar fe, es que en ese hospital todos los que estuvieron cerca del poeta hicieron todo lo que habían aprendido de medicina y más. Yo diría que de pronto lo quisieron mucho y me permitieron entrar para estar a su lado, vestida con ese traje verde que usan los médicos y las enfermeras del área de cuidados intensivos.

Uno a uno fueron entrando: su madre, sus hermanos. Se estaban despidiendo. Le pregunté a la doctora que se había quedado para el turno de noche que, de uno a diez, cuán grave estaba. “Once” -me dijo-. “Ya están complicados todos los sistemas; pero, en fin, de repente ocurre en milagro”. Me esperé sentada sobre una camilla en el pasillo de al lado, acompañada de Tatiana, y de pronto vi a través de la ventana que todos corrían de un lado para el otro. Era la muerte que llegaba y salió uno de los doctores a decírmelo. Lo que ocurrió después fue extraño: el cadáver de César tendido sobre la camilla; ya habían llegado algunos amigos; estaba el poeta Reynaldo Naranjo, Tamashiro y el escritor Germán Carnero con su esposa. Sería Germán quien traería desde su casa un terno suyo para vestir a César, y Naranjo insistió en que también fuera con su bufanda. Pero había que esperar hasta el día siguiente y tuvimos que llevar a César, empujando la camilla por los pasillos exteriores del hospital y bajo una garúa fría, hasta la morgue. Al día siguiente, tempranísimo y acompañada de Germán Carnero, fui hasta la funeraria para los arreglos del caso. Regresamos a la morgue con el encargado de las pompas fúnebres y tuvo lugar lo que yo llamaría una misa, un ritual milenario, auténtico y hermosísimo, donde subimos con nuestras propias manos el cuerpo de César para colocarlo sobre una mesa y empezar a vestirlo con el terno de Germán. También ayudó Igor, uno de los hermanos de César. Hice salir a los empleados de seguridad del hospital que insistían en quedarse: “Retírense de aquí, este es un asunto de familia”. Y se fueron. Le limpié el rostro, lo peiné, le acomodé bien la corbata, firmé donde se me dijo para poder pasarlo a la carroza funeraria y lo llevamos hasta el Salón de Letras de la Universidad de San Marcos, para que sus amigos y su familia se quedaran cerca hasta el último viaje.

Así fue. Sobre su libro, sobre los originales de su último libro que él entregó en mis manos, hablaré después. Yo le prometí encargarme de que apareciera tal como él lo había escrito. Es su legado para el país que amó y sintió como una herida en el costado. Porque era necesario escribir lo que escribió para que las generaciones que nos sigan se lancen al campo de batalla, para recuperar la humanidad y el honor.

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