Don Juan Tenorio: dos actos y un final

Don Juan Tenorio 2014

David Villanueva interpreta a Don Juan Tenorio.

La primera vez que se presentó Don Juan Tenorio fue en el 2004 en la Casona de la Universidad San Marcos, ¿qué ha llevado a que esta adaptación teatral, del clásico de José Zorilla, sobreviva tanto tiempo en el catálogo teatral limeño? Sin duda, la decisión de elegir al Presbítero Maestro como su locación ha sido uno de los elementos que más debió haber contribuido a su supervivencia. Bello de día y de noche, el Presbítero cuenta con una arquitectura única para garantizar un viaje hasta finales del siglo XVI, época en la que está ambientada la historia. Es verdad, existen casonas antiguas y tal vez más parecidas a la Sevilla de aquella época. Sin embargo, el segundo valor del Presbítero es que de noche goza de una lejanía absoluta del principal defecto de nuestra capital: el ruido. Defecto que sufren la mayoría de casonas antiguas. Por otro lado, optar por una sala moderna habría inflado considerablemente los gastos de producción y también el de las de las entradas.

Otro atractivo de la obra, y a la vez lo mejor de esta edición, es la elección del actor que interpreta a Don Juan Tenorio. David Villanueva vive plenamente el personaje. Cuando hay que burlarse en el hocico de los débiles, lo hace con desparpajo. Cuando hay que abrazar con lujuria a la nueva amante, disfruta con las manos (y con la lengua también). Cuando hay que enflorar las palabras para las cándidas mujeres, recita versos seguros con la fuerza y el acento de un sevillano (su nacionalidad ayuda, es verdad). Mérito del actor, pero también de Zorilla que creó hace siglos un arquetipo de un hombre sensual e irresistible, un hombre encantador. En La Caída, Camus definía al hombre encantador como aquel que logra que todos le digan sí, antes de que éste hiciera una pregunta. Y eso es estrictamente Don Juan Tenorio con las mujeres, sólo que no en un aspecto puro e inocente. Sino en un aspecto real, donde la bondad y maldad existen. Pero Don Juan Tenorio no es solo eso, es un hombre amoral. No obedece las reglas humanas ni divinas. Sólo se gobierna por sus propias necesidades. Es un ser libre, finalmente. Eso lo hace tan atractivo, y sumado a las adaptaciones corporales que incorpora Villanueva en el personaje, el Tenorio que observamos hace que el público se fascine con este hombre.

Otro personaje que debe resaltarse de esta puesta es Brígida, interpretada por Rebeca Raez, quien es como Don Juan un personaje que hablando en rimas transmite una identidad que aún habita en nuestros días: la alcahueta. Y sus formas son también muy actuales, alguien que por envidia o por conveniencia se propone juntar a dos personas con mentiras. Si quisiera darse el salto de un teatro histórico a una adaptación moderna de la creación de Zorilla, tanto Don Juan Tenorio como Brígida serían la base de toda esa nueva construcción narrativa.

Y  justamente aquí es hasta donde llegan los límites de esta obra. Bien representada en general, incluso aceptando el tono vocal de Doña Inés (Carolina Cano) que nos arranca por momentos de Sevilla para situarnos en una playa del sur limeño, la puesta de Don Juan Tenorio enfrenta en su tercer acto lo que vendría a ser su mayor limitación para un público mayor. Cuando Don Juan Tenorio comienza el martirio católico para librarse de todos sus pecados cometidos es ahí cuando se siente realmente que han pasado varias centurias. Por eso, los dos primeros actos picarescos se diferencian totalmente del tercero, que tiene un aspecto casi evangelizador. Un final comprensible para los últimos año del siglo XVI, en el que se festejaba todo acercamiento con Dios y todo alejamiento del placer o de la carne. Pero para el público significa también la derrota de ese hombre libre que, en su última hora, vuelve arrepentido a las leyes divinas.

Tal vez para asegurar un éxito mayor de una obra clásica y de personajes tan bien creados, habría que comenzar a pensar en adaptarla y ya no solo en interpretarla. De lo contrario, el público se reflejará cada vez menos en una obra como Don Juan Tenorio y eso la devolvería inevitablemente al rincón oscuro de una biblioteca que ya nadie visita.

Por lo demás, con una buena chompa y, tal vez una manta, Don Juan Tenorio es una divertida opción para ir teatro y ver un clásico de la literatura.

Por: Roy Palomino c.

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