César Moro, profesor del colegio Leoncio Prado y de Vargas Llosa

Mario Vargas Llosa recuerda a su profesor César Moro. Publicado en la revista Literatura. Lima, 01 de febrero de 1958.

Notas sobre César Moro

Recuerdo imprecisamente a César Moro, lo veo, entre nieblas dictando sus clases en el colegio Leoncio Prado, imperturbable ante la salvaje hostilidad de los alumnos, que desahogábamos en ese profesor frío y cortés, la amargura del internado y la humillación sistemática que nos imponían los instructores militares. Alguien había corrido el rumor de que era homosexual y poeta: eso levantó a su alrededor una curiosidad maligna y un odio regresivo que lo asediaba sin descanso desde que atravesaba la puerta del colegio. Nadie se interesaba por el curso de francés que dictaba, nadie escuchaba sus clases. Extrañamente, sin embargo, este profesor no descuidaba un instante su trabajo. Acosado por una lluvia de invectivas, carcajadas insolentes, bromas monstruosas, desarrollaba sus explicaciones y trazaba cuadros sinópticos en la pizarra, sin detenerse un momento, como si, junto al desaforado auditorio que formaban los cadetes, hubiera otro, invisible y atento. Jamás adulaba a los alumnos. Nunca utilizaba a los temibles suboficiales para imponer la disciplina.

Ni una vez pidió que cesara la campaña de provocación y de escarnio desatada contra él. Su actitud nos desconcertaba, sobre todo porque parecía consciente, lúcida. En cualquiera momento hubiera podido corregir de raíz ese estado de cosas que, a todas luces, lo estaba destruyendo: le bastaba servirse de uno de los innumerables recursos de coacción y terror que aplicaban, en desenfrenada competencia, sus “colegas” civiles y militares; sin embargo, no lo hizo. Aunque nada sabíamos de él, muchas veces, mis compañeros y yo, debimos preguntarnos qué hacía Moro en ese recinto húmedo e inhóspito, desempeñando un oficio oscuro y doloroso, en el que parecía absolutamente fuera de lugar.

Ocho años después me pregunto cómo situar a Moro en la poesía peruana, a la que parece, también, sustancialmente extraño. En efecto, ¿cómo situar a un poeta auténtico, a una obra realmente original y valiosa, junto a tanta basura, cómo integrarlo dentro de una tradición de impostores y de plagio, cómo rodearlo de poetas payasos? Quizá baste señalar que nada vincula a Moro con la vacilante poesía peruana, que nada lo enlaza ni siquiera con las direcciones estimables que ésta ha alcanzado en períodos fugaces. Es cierto que se trata de un poeta puro, porque jamás comercializó el arte, ni falsificó sus sentimientos, ni posó de profeta a la manera de quienes creen que la revolución les exige sólo convertir a la poesía en una harapienta vociferante, pero su pureza no tiene nada que ver con esa suerte de juego de artificio, con esa actitud de aislamiento, de prescindencia del hombre y de la vida, que impregna a cierta poesía de gabinete con un penetrante olor a onanismo y sarcófago. Es cierto que se trata de un poeta comprometido con una fe y una emoción a las que nunca traicionó.

Pero la lealtad  la limpieza con que asumió su compromiso niega y deja en ridículo precisamente a aquellos poetas que se llaman comprometidos porque repiten una retórica ajena y explotan ciertos tópicos que sólo los preocupan de la piel para afuera, con una insinceridad snob tan evidente, como la de aquellos pintores indigenistas, fabricantes de pastiches, y traficantes innobles de una realidad lacerante, que clama por combatientes, no por mercaderes fotógrafos. Pero además, de ser auténtico, sincero, Moro es también un gran poeta. Es sabido que este calificativo no se gana, como el cielo, sólo con buenas intenciones. No basta ser consecuente consigo mismo, ajustar estrictamente una conducta a la moral que puede respaldar una obra con una actitud convincente, para ser un gran poeta. Es preciso aquella cualidad indefinible, que ciertos autores nos revelan al ponernos en contacto inmediato con aspectos inusitados de la realidad, al descubrirnos zonas imprevistas de la sensibilidad y la emoción, al transmitirnos el misterio, la alegría o el dolor de las cosas y los hombres.

César Moro, murió hace dos años, el 10 de enero de 1956. Al igual que su obra, su vida es casi totalmente desconocida en el Perú. Nació en Lima, en 1903. En 1925 viajó a Europa. Formó parte del Movimiento Surrealista. Colaboró con Le surréalisme au service de la révolution y el homenaje a Violette Noziéres. En 1933 los surrealistas franceses, firmaron a su iniciativa, una nota de protesta por los fusilamientos ordenados de Sánchez Cerro. Los originales de su primer libro de poemas, que data de ese año, fueron extraviados por Paul Éluard. Al regresar a Lima editó con Emilio Adolfo Westphalen y Manuel Moreno Jimeno, un boletín a favor de la república Española, que acarreó su persecución policial a sus autores. Tuvo una polémica violenta con el chileno Vicente Huidobro. Con Westphalen fundó la revista “El uso de la palabra”. Viajó a México en 1938. En 1940 organizó allí con André Bretón y Wolfgang Paalen, la Exposición Internacional del Surrealismo. En México también publicó “Le chateau de grisou” y “Lettre d’amour”. En esa época se aparte del movimiento surrealista. Regresa a Lima en 1948. “Trafalgar square” aparece en 1954. Al morir dejó varias obras inéditas. André Coyne, que editó el año pasado en París, “Amour a mort”, ha preparado la publicación de sus dos únicos libros en español, “La tortuga ecuestre” y “Los anteojos de azufre”. Los poemas que aparecen en esta página pertenecen al primero de los libros nombrados. Al publicarlo, quienes editamos esta revista queremos rendirle homenaje a César Moro y señalar que, sin participar de muchas de sus convicciones, su obra nos merece profunda admiración y respeto.

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