Mariátegui aclara el escándalo por el baile de Norka Rouskaya en el Cementerio

Fragmento del artículo El asunto de Norka Rouskaya. Publicado el 10 de noviembre 1917 en el diario El Tiempo.

José Carlos Mariátegui, Abraham Valdelomar y Norka Rouskaya, entre varios miembros de Colónida.

José Carlos Mariátegui, Abraham Valdelomar y Norka Rouskaya, entre varios miembros de Colónida.

Palabras de justificación y de defensa Nuestro compañero de redacción José Carlos Mariátegui, cuya intervención en el ruidoso asunto de la visita de Norka Rouskaya al Cementerio que ha motivado tantas exageraciones es conocida, ha querido esperar que se tranquilizase y serenase el ánimo público, transitoriamente agitado, para hacer una exposición ligera de la verdad que pusiese a cubierto de interpretaciones equivocadas su actuación en estos acontecimientos. El propósito de Mariátegui es el de justificarse totalmente ante el público limeño cuya estimación ha merecido siempre. Por lo demás, confía, como todos, en la austeridad del fallo de la justicia. (Nota. Palabras del Editor de El Tiempo)

Mi frase cristiana y humilde, mi frase que jamás ultrajó a los perseguidos, mi frase que jamás soliviantó a las muchedumbres, mi frase que jamás tuvo entonación de vituperio ni de contumelia, mi frase que jamás fue perro de presa ni mucho menos gozquecillo, mi frase que jamás mancilló las honras ni lastimó las conciencias, mi frase que jamás negó su socorro a los desgraciados y a los pecadores, mi frase que jamás ofendió el nombre de Dios y que siempre hizo de él alabanza, mi frase llama en estos momentos a las puertas de todos los espíritus buenos, todos los espíritus comprensivos, de todos los espíritus generosos para que que la escuchen y la crean.

Yo sé que esta es una ciudad noble que no tiene la culpa de que su atmósfera sea tan enrarecida, ni de que su cielo sea tan neblinoso, ni de que su panorama sea tan gris, ni de que sea tanto su desabrimiento, ni de que sea tan grande su tristeza. Es la ciudad alegre y confiada que se pone a veces aprensiva y nerviosa, pero que sabe asimismo mirar a sus hijos con ojos de piedad, de perdón de ternura. Su ánima se asemeja al ánimo de un viejo hidalgo que vive gustoso unas veces y malcontento otras, gobernado por el apego a sus tradiciones, el arrullo de sus consejas, la memoria de sus hazañas, la religión de sus mayores y el elogio de sus santos varones y de sus santas mujeres para quienes guardan el fervor de sus novenas, rezos, procesiones, veladas y otros festejos y ceremonias. Ánima de hijodalgo, arrinconada y seca, enemiga de la idea del extranjero aunque imitadora de su usanza, de su modal y de su ultraje. Ánima que acabo de ver cejijunta y hosca momentáneamente e inmotivadamente.

Voy a decirle a esta ciudad porque sé que me hará la gracia de oírme y de bienjuzgarme, que la han engañado las gentes asustadizas y visionarias que le dijeron que Norka Rouskaya profanó el Cementerio de Lima delante de los ojos atrevidos de unos cuantos osados que allí la llevamos según ellos con mala intención y mórbido sentimiento. Yo le juro a la ciudad, por el santo nombre de Dios que ha sido constantemente mi escudo, mi broquel, mi bandera, que es la verdad la que estas palabras contienen.

Y le pido que recuerde que yo he hecho más de una vez alarde de mi cristianismo, que he escrito versos místicos en el convento de los Descalzos a donde me condujo el móvil mismo de especulación estética que condujo al Panteón, que he enaltecido el Romanticismo aromoso de la procesión tradicional del Señor de los Milagros en una prosa premiada por la Municipalidad de Lima, que me he matriculado en la Universidad Católica para instruirme en el latín, que es la lengua que poseen los doctores de la Iglesia, así como en la filosofía escolástica, y que nunca he pronunciado palabra adversa a las enseñanzas en que fui criado en mi hogar católico. Pienso que estos antecedentes son bastantes para que no se mire en mi protervo ni un desalmado poseído por el demonio, venido de un aquelarre y necesitado de asperges de agua bendita, de exorcismo o de conjuros.

Así fue concebida la visita al Cementerio

En el cuarto de Norka Rouskaya, que es una criatura de espíritu cristalino, limpio y de precioso corazón, nos habíamos juntado en la tarde del viernes algunos contados amigos suyos. Hablando del Camposanto, de la muerte y del misterio, de todas esas cosas que a los artistas suelen interesarnos hasta cuando bebemos un cocktail y chupamos caramelo, dimos en conversar sobre el Panteón de Lima y de su mucha y justa fama. No me acuerdo si fui yo o si fue un amigo -tan inteligente que no aspira a hacerse escritor-, quien dijo que sería muy hermoso que visitáramos de noche el renombrado Panteón. Tan sólo sé que Norka Rouskaya y yo nos enamoramos de esta idea.

Y contraje el compromiso de organizar la aventura gestionando previamente el permiso de que hubiéramos menester. En este periódico ha sido narrado ya el proceso de la organización de la aventura con tanta verdad que siendo inútil repetirlo y aun añadir detalle. Expresaré únicamente que si el Inspector de Beneficencia no nos hubiera consentido ir al Cementerio, nosotros, apenados y doloridos, nos habríamos resignado con su voluntad. Y agregaré que si bien no le avisé al Inspector que Norka Rouskaya iba a interpretar la Marcha Fúnebre de Chopin en el Panteón -propósito que surgió con posterioridad a la conversación del viernes-, sí le advertí el deseo de que la artista se fundaba en un capricho o una excentricidad muy propia de quien vivía ávida de sensaciones que perfeccionasen su connaturalización con el dolor y la tragedia.

Tanta reverencia y tanta pureza había en nuestro proyecto, tan divino halago nos daba la promesa de entrar a la casa de la muerte para que el arte de Norka Rouskaya y el arte de Chopin se concustanciasen y tan vehemente era nuestro anhelo de que nada nos turbase ni distrajese que convinimos en que no irían al Panteón sino las personas de la intimidad de Norka, a quienes ella señalase. Y cooperó al cumplimiento de este acuerdo la circunstancia de que fue sólo en los últimos momentos de la noche del domingo cuando Norka pudo elegir definitivamente a sus acompañantes. Si nuestra aventura hubiese tenido una fisonomía teatral, si hubiéramos sido esnobistas y “posseur”, si no hubiera habido sinceridad en nuestra idea, ¿no es cierto que habríamos ido al Camposanto con todas las personas que pretendieron unírsenos y que fueron muchas? ¿No es una prueba de religiosidad que había en la intención de Norka Rouskaya su deseo de que no se diese ruido ni sonoridad a la aventura? ¿No es también su afán de ir lo menos acompañada que fuera posible? ¿No lo es finalmente prescindencia de la compañía de varios artistas por ella muy merecidamente estimados?

Además poseemos otra prueba de la ausencia de cualquier móvil de escándalo o de reclamo. Está en nuestra decisión de no darle publicidad al suceso. Norka Rouskaya no quería sino que yo le escribiese una página en verso que ella se llevaría como un recuerdo de lo que el Cementerio de Lima había hecho para sentir el estremecimiento de una emoción desconocida y solemne.

Yo escribiré más tarde esta página 

Estas palabras mías no son sino de defensa. No voy hablar del silencio y de la paz que sentimos enseñoreadas en la casa de la muerte. No voy a hablar de nuestra hallada y piadosa peregrinación a través de las sombrosas avenidas. No voy a hablar de la sensación que nos produjo el paso del cementerio nuevo al cementerio viejo donde sentimos un ambiente más severo, más lúgubre y más funerario.

No voy a hablar del momento en que sonó la música de Chopin, en que cesaron los graznidos, en que temblaron asustados los árboles flacos y genuflexos  y en que palpitó una angustia nueva en nuestros corazones. No voy a hablar de las actitudes imploradoras, afligidas, flébiles y sollozantes de Norka Rouskaya. No voy a hablar de la armonía trágica de su blanca túnica, de su cabellera suelta, de sus ojos lóbregos y de su gesto alucinado. No voy a hablar de su llanto ni de su amargura ni de las únicas palabras que pronunció para decirme cuánto nos habíamos acercado a la muerte y al misterio. No voy a hablar de nuestra salida del Panteón, tan triste, tan callada, tan inefable.

Más tarde, cuando me haya quedado a solas con el recuerdo de la noche maravillosa, yo escribiré la página que le he prometido a Norka Rouskaya, apuesta artista joven y bella, elegida por el destino para el regalo de las almas buenas y grandes.

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There are 2 comments

  1. Daniel García Silva

    Seguramente era el estilo de la época, pero, en este caso, la prosa de José Carlos Mariategui me parece cursi y enrevesada, además de lacrimogena y servil con la Iglesia (Dónde estaba el revolucionario). En una palabra bien huachafo el articulo. Me quedo con el Mariategui pensador, con el autor de los “Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana”, “Defensa del marxismo”, “Peruanicemos al Perú” entre muchas otras obras. Por otro lado, la visita al Cementerio Presbítero Maestro, aquel noviembre de 1917, acompañados de Norka Rouskaya, fue producto de una noche de borrachera. Que Mariategui no venga con esos cuentos de “connaturalización con el dolor y la tragedia” (Por Dios que frase tan ridícula). En realidad Norka Rouskaya era lo que actualmente se conoce como “Bataclana” .Si hubiera vivido en nuestra época, sería caserita de Magaly Medina y protagonista de muchos “ampays”. La verdad que todo no pasa de ser un hecho anecdotico.

  2. Daniel García Silva

    Seguramente era el estilo de la época, pero, en este caso, la prosa de José Carlos Mariátegui me parece cursi y enrevesada, además de lacrimógena y servil con la Iglesia (¿Dónde estaba el revolucionario?). En una palabra, bien huachafo el artículo. Me quedo con el Mariátegui pensador, con el autor de los “Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana”, “Defensa del marxismo”, “Peruanicemos al Perú”, entre muchas otras obras. Por otro lado, la visita al Cementerio Presbítero Maestro, aquel noviembre de 1917, acompañados de Norka Rouskaya, fue producto de una noche de borrachera. Que Mariátegui no venga con esos cuentos de “connaturalización con el dolor y la tragedia” (Por Dios, que frase tan ridícula). En realidad, Norka Rouskaya era lo que actualmente se conoce como “Bataclana”. Si ella hubiera vivido en nuestra época, sería caserita de Magaly Medina y protagonista de muchos “ampays” (permítanme este neologismo). La verdad que todo no pasa de ser un hecho anecdótico.

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