Augusto Monterroso narra una anécdota sobre Scorza

Scorza en París. (3 de marzo de 1984)

Ilustración: Nicolás Prior

El 15 de noviembre pasado me encontré con Manuel Scorza. B. y yo fuimos a verlo en su departamento, 15, rue Larrey, en París. Comenzamos a hablar, como siempre, de México, de amigos comunes, para desembocar, como siempre, en la literatura. Noté que Scorza había adquirido una nueva manía. Cada poco tiempo sacaba una especie de libretita y un lápiz y anotaba cualquier broma de las que decíamos, cualquier ocurrencia, mientras declaraba: “Lo pondré en mi próxima novela”, y guardaba su papelito para volver a sacarlo cinco minutos después.

Entonces yo le recordé que Joyce practicaba también esa costumbre y que hubo una época en que en las reuniones ya nadie quería decir nada delante de él porque todos sabían que sus frases (generalmente de lo que se hace una conversación entre escritores, sólo que la mayoría las deja escapar, o las desperdicia sin preocuparse, o cuando mucho espera a llegar a su casa para anotarlas) irían a dar a sus novelas. Pero Manuel dijo: “A mí no me importa, y eso también lo voy a anotar”. Y así seguimos un buen rato hasta que en un momento dado se levanta y dice riéndose: “¿Saben una cosa? Por fin ya aprendí a escribir, ya no me interesan los adjetivos ni las comas ni nada de ese tipo; ya descubrí el humor, ya hago lo que quiero, sin preocuparme neuróticamente por la forma o la perfección o esas vanidades. ¿Les leo las primeras páginas de mi nueva novela?”

Cuando le dijimos que sí, la trajo y comenzó a leer. Mientras lee yo alcanzo a ver las páginas escritas a máquina y según él ya en limpio, en las que observo tachaduras en una línea y en otra, y cambios producto quizá de la relectura preocupada de esa misma mañana, o del último insomnio.

Scorza, que comenzó leyendo con cierto brío y distintamente, va perdiendo poco a poco el aplomo y acaba por decir que mejor hasta ahí, que nos está aburriendo, pero que más adelante la obra mejora, que en todo caso le falta todavía mucha investigación que hacer en la Bibliothèque Nationale porque hay cosas que tienen que estar bien documentadas. Qué fastidio, dice, ahora que ya aprendí a escribir. Y prefiere contarnos los problemas que tuvo para cobrar sus derechos de autor a no sé qué editorial, y cómo casi lo logró cuando hace algunos años, durante un Congreso de escritores en una capital sudamericana, ante las cámaras de televisión y un auditorio nacional, el Presidente de la República dijo señalándolo:

PRESIDENTE: Es un honor para nosotros tener aquí al gran novelista peruano Manuel Scorza. ¿Qué mensaje nos trae, señor Scorza?

SCORZA: Señor Presidente: yo no traigo mensaje; traigo una factura.

Fue cuando yo saqué mi libreta, anoté su dicho, y nos reímos.

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