Arguedas: Admiraba realmente a Cortázar

Respuesta de José María Arguedas a Julio Cortázar (El Comercio, 1 de junio de 1969)

Inevitable comentario a unas ideas de Julio Cortázar

Luego de unos días de vacilación me he decidido comentar algunas de las expresiones e ideas de Julio Cortázar, que aparecen en la entrevista que concedió a Life el 7 de abril. He vacilado mucho porque he de referirme únicamente al tema de los escritores “exiliados” y al desprecio que Cortázar me dedica por la confesión que hice de mi “provincialismo” en el primer y muy sui generis capítulo de la novela que intento escribir y que se publicó en el 6 de la revista Amaru, de Lima. En esas páginas manifesté también de manera sui generis, pero respetuosa, mi discrepancia con el señor Cortázar respecto a la excesiva rotundidad con que afirma que más profunda y sustancialmente entienden e interpretan a Latinoamérica los escritores que viven fuera de ella, especialmente en Europa. El respeto con el que lo traté en esas páginas se ha convertido ahora en un mutuo menosprecio entre Cortázar y el que escribe estas líneas.

Afirma Cortázar que “en los últimos años el prestigio de estos escritores -de los absurdamente denominados “exiliados”; cita a Fuentes, Vargas Llosa, Sarduy y García Márquez- ha agudizado, como era inevitable, una especie de resentimiento consciente o inconsciente de parte de los sedentarios…”, es decir, de quienes trabajamos en Latinoamérica. Por el contrario, creo que podemos asegurar que la obra de estos escritores ha despertado admiración y orgullo, salvo el caso de quienes andan siempre contra éstos y aquéllos. ¿Cómo podría probar Cortázar que hay resentimiento y hasta agudizado contra García Márquez, Vargas Llosa y hasta él mismo en América Latina? La única “prueba” que ofrece es no solo insensata sino algo repudiable. Causa verdadero disgusto tener que expresarse así de un escritor tan importante a quien la gloria le hace comportarse, a veces, a la manera de un Júpiter mortificado, no por explicable menos lejano de su frecuente papel de sapiente y hábil agitador.

He aquí la insensata “prueba” a que me he referido: “Prefiriendo visiblemente el resentimiento a la inteligencia -dice Cortázar-, ni Arguedas ni nadie va a ir demasiado lejos con esos complejos regionales, de la misma manera que ninguno de los “exiliados” valdría gran cosa si renunciara a su condición de latinoamericano para sumarse más o menos parasitariamente a cualquier literatura europea”. Admiro con todas mis fuerzas a García Márquez; admiro con la intensidad de un “provinciano” a Vargas Llosa, admiraba realmente a Cortázar. He sentido y siento odios y ternuras; el resentimiento aparece sólo en los desventurados e impotentes. Yo soy un hombre feliz y continuaré siéndolo mientras pueda seguir trabajando, aquí o allá. La “prueba” de Cortázar resulta, pues, contraria. En el mismo párrafo citado Cortázar afirma que también se puede renunciar a la condición de latinoamericano. No, no es posible si realmente se ha llegado a tener la condición de tal. Porque si lo intentara, en el propio curso del intento se le descubriría, ya fuere este latinoamericano, artista, lavaplatos o comerciante. No voy a comentar las otras expresiones de desprecio que desde esa fortaleza de Life, tan juiciosamente tomada, me dedica Cortázar, porque son personales y poco importan: bastará con que conteste a una pregunta que me hace, un tanto a la manera como ciertos gamonales interrogan a sus indios siervos. “¿Se imagina que vivir en Londres o París da las llaves de la sapiencia?” No, señor Cortázar, no me imagino eso.

Y ahora la segunda cuestión. Me dice Cortázar: “A usted no le gusta exiliarse…” y a continuación me interroga: “¿por qué, entonces, dudar y sospechar de los que andan por ahí, porque eso es lo que les gusta? Los “exiliados” no somos…”

Con respecto a usted y a los escritores que usted cita como exiliados, yo nunca he manifestado duda ni sospecha; al contrario, he sentido un verdadero regocijo por haber creado ustedes -Fuentes es cosa aparte- precisamente en Europa obras que han conmovido e interesado casi en todo el mundo. ¿En qué se funda usted para asegurar que yo dudo o sospecho? ¿No será, digo yo, que a lo mejor es usted el único que duda y sospecha? Mario Vargas Llosa ha fundamentado muy claramente la razón de su preferencia, de su necesidad de vivir en Europa. Lo ha hecho con energía, aunque ha exagerado un poco -y digo esto teniendo en cuenta mi ya largo trabajo con residencia en el Perú-, ha exagerado en los terribles obstáculos que un escritor tiene que vencer en casi todos los países latinoamericanos para poder crear.

Ni Cortázar, ni Vargas Llosa, ni García Márquez son exiliados. No sé de dónde ni de parte de quién surgió este inexacto calificativo con el que, aparentemente, Cortázar se engolosina. Ni siquiera Vallejo fue un verdadero exiliado. A usted, don Julio, en esas fotos de Life se le ve muy en su sitio, muy “macanudo”, como diría un porteño. No es exiliado quien busca y encuentra -hasta donde es posible hacerlo en nuestro tiempo- el sitio mejor para trabajar. A pesar de su pasión y muerte Vallejo escribió lo mejor de su obra en París y quién sabe no habría llegado a tanto si no hubiera ido a Europa. Empiezo a sospechar, ahora sí, que el único de alguna manera “exiliado” es usted, Cortázar, y por eso es tan engreído por la glorificación, tan folkloreador de los que trabajamos in situ y nos gusta llamarnos, a disgusto suyo, provincianos de nuestros pueblos de este mundo, donde, como usted dice, ya se intentaron y funcionan muy eficientemente los jets, maravilloso aparato al que dediqué un jaylli quechua, un himno bilingüe de más de cinco notas como felizmente las tienen nuestras quenas modernas.

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There are 3 comments

  1. Marcos Guzmàn

    Ni Vallejo ni Arguedas ni Vargas Llosa fueron exiliados. La condición para ello es una previa expulsión de su territorio. La expatriación es generalmente por fines políticos. Su estancia en Europa fue por razones laborales, no porque tuvieran esas condiciones. Al pan, pan y al vino, vino.

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