Los encuentros de Scorza con “El quijote de la mancha”

Siete lecturas del Quijote. Publicado en la revista “El caballo rojo”, 25 de abril 1982.

No hay un Quijote, hay tantos como estaciones vive el hombre; quijotes de adolescencia, de juventud, de madurez, de plenitud, de melancolía, de desencanto. No es lo mismo soñar con Dulcinea a los veinte años cuando la amada es palpable, deseable, posible, que ensoñarla cuando la sabemos inalcanzable. No hay un solo Quijote, ni una Iliada ni una Biblia: en la vida del hombre hay trechos de quimera, de heroísmo, de visión, ¿Quién leyó íntegras las obras maestras? Y no porque el tiempo nos falte o la largura nos atemorice sino porque hay edades que no saben atravesar cierta estepas o subir ciertas montañas.

He leído muchos Quijotes y no por ser versado en clásicos sino en calamidades. Cuento por allí que leí mi primer Quijote sin saber que el autor era Cervantes. Y esto porque de niño leía ediciones tan baratas que ni carátula tenían. No lo terminé. Tampoco concluí el segundo, que leí en Centroamérica, en esa apacible Centroamérica hoy devastada por sus propios ejércitos, peores que fuerzas de ocupación. En una de sus ciudades viví un amor y pobrezas tan terribles que sólo podían ser cómicas, Juan Gonzalo Rose seguiría escribiendo aquí y allá La luz armada.

Yo no podía continuar mi viaje. Ni avanzar a México ni retroceder a Panamá. Alguien que se condolió de mi poquedad propuso que diera conferencias en una Facultad de Letras provinciana todavía dormida en los sopores del modernismo. Era una universidad del interior y nadie se atrevía a dar una conferencia en un Ciclo Español porque en ella, encantadora Arcadia, vivía el más grande conocedor cervantino de Centroamérica. Yo, mejor dicho mi hambre, me atreví.

En el tren, que seguía grises lomos de ríos, por bosques donde ahora hierve la guerra de liberación, leí mi segundo Quijote. Y con la audacia de los soldados que saben que para romper un cerco sólo disponen de una bala en su fusil, cometí mi conferencia. Y dije tales extremidades, prorrumpí en tales tergiversaciones, abundé en tales imaginaciones que al fin de mi conferencia al sabio don Dionisio de la Rueda sólo le quedó un recurso: levantarse, y abrazarme diciendo: “¡Hijo mío: con esta audacia fue que conquistamos América!”. No quise apenarlo diciéndole que no era descendiente de español vencedor sino de inca vencido.

El Quijote que sí leí y no una sino tres veces (cuatrocientos ocho capítulos) fue el que acometí en Tapachula, en la frontera entre México y Guatemala. Era 1955. La dictadura de Odría se tambaleaba. Luis de la Puente preparaba su primera expedición de guerrilla. Yo también decidí volver. Para costearme el pasaje, grandes y queridos poetas mexicanos me cedieron los premios que ganaron en Juegos Florales que los galardonaron en ciudades que no se atrevían a decir sus nombres. Con esos dineros me embarqué. En el aeropuerto el gran Bonifaz Nuño me dijo: “Si en lugar de comprar un pasaje hasta Guatemala, compras un pasaje México-Tapachula y en Tapachula compras un Tapachula-Guatemala, te ahorrarás treinta dólares”. ¿Treinta dólares? Viajé a Tapachula. El avión de la Panamá debía llegar a las doce: llegó quince días después. Entre mis ilusiones y Panamá, mujer fatal, se había interpuesto el huracán Jenny. Durante semanas no volaron ni los mosquitos. Perdí todo lo que tenía, es decir casi nada. Y si comí fue simplemente porque de todos fui el único que tuve el coraje de pernoctar con la dueña de “La flor de Tapachula”. Llovía, llovía y llovía.

En Tapachula sólo existían dos libros: el libro de Tarifas de Aviación y un ejemplar del Quijote que alguien había olvidado en el hotelucho. Esta vez no tuve más remedio que cultivarme. Lo leí tres veces hasta los índices. Me aprendí de memoria los nombres de todas sus ciudades y pueblecitos, supe que Cervantes nombra 141 veces la palabra corazón y casi todas con adjetivos diferentes, que Merlín aparece en 17 páginas, que Cervantes nombra dos veces a México y una al Perú, entonces Pirú. “Yo –dice uno de los personajes– seguí el camino de las letras en las cuales Dios y mi diligencia me han puesto en el grado en que me véis. Mi menor hermano está en el Pirú, tan rico que con lo que le ha enviado a mi padre y a mi satisfecho bien la parte que de él se llevó…”.

Era, recuerdo, una lujosa edición ilustrada por Gustavo Doré. Que la propietaria de “La flor de Tapachula” me excuse que la vendiera por el pasaje de continuación a Guatemala. Mi cuarto Quijote lo leí no ha muchos años en la hermosa casa de Natalie, en Alsacia, tierra de inolvidable vino Gewürstraminer. ¡Natalie dorada y chispeante! “Me muero por la novela latinoamericana, me encantan sus libros”, pregonaba citando a gritos obras mías escritas por Spota u Onetti. ¡Encantadora Natalie! Por consejo de su decorador, cerca del bar, había alineado valiosísimas ediciones del Quijote. ¿No hay nada como la proximidad del jerez, verdad? Me deslumbró la colección.

(…)

Mi séptimo Quijote lo hojeé en la sala de un juzgado de Lima. La causa, mi tercer divorcio. (Sí, ni los sobrevivientes de Stalingrado escarmientan). Se vencía mi tercer comparendo. Mi abogado demoraba. Yo miraba el reloj, preocupado. Por fin mi defensor llegó, me tranquilizó: “Manuel, no te preocupes. No hay nada de qué inquietarse y si hay algo, para eso estoy yo, tu defensor”. No terminaba de decirlo cuando se presentaron dos uniformados. Supuse que venían por mi abogado. Por una odiosa homonimia lo requerían en lugar de otro letrado. En vano intenté libertarlo. Parecía no estar en el Perú: los guardianes del orden no aceptaban ninguna muestra de cariño. Eran casi las doce. Yo hojeaba inquieto la espléndida edición del Quijote ilustrada por Salvador Dalí. La belleza de la obra enterneció los ojos del escribano.

“Yo también fui poeta en mi juventud”, confesó, audaz. Para ganar tiempo, para dar ocasión al regreso de mi defensor, no me quedó más remedio que obsequiarle la invalorable edición, que me había prestado el embajador de un país al que jamás, ay, he de volver.

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