Las capas de Eielson: sobre el documental Eielson des-nudo de Patricia Pereyra

Eielson flores

Mientras el carro avanza, Patricia saca de su bolso un libro de poesía de Eielson. El tomo amarillo está repleto de notas y señaladores que se diferencian por sus colores. El conductor, Angello, amigo de años y ayudante de Eielson en Cerdeña, Italia, le pregunta qué tiene entre las manos. Él parece intrigado, por un momento aparta la vista de la carretera y posa sus ojos en la tapa del libro que tiene el nombre de su amigo: Jorge Eduardo Eielson (Giorgio, como lo conoce él, en italiano). Detiene el carro y le pide prestado el libro. Lo abre, lo examina, mira el grosor de su poesía reunida y pensando en algo más lejano que lo que tiene en frente, le devuelve el libro a Patricia y le dice: “No le cuentes esto… no le cuentes que me hiciste ver este libro. Es que a mí, él nunca me dijo que había escrito poesía”.

El carro vuelve a avanzar y llega hasta la casa de Eielson, que, por lo que se ve, es un lugar alejado de la ciudad. Ahí, en un cálido día de sol, Eielson sale en shorts a recibir a Patricia, la abraza, le sonríe y le da la bienvenida. El poeta inmortal llamado Jorge Eduardo Eielson tiene arrugas, el cabello encanecido y la fragilidad corporal de un hombre delicado de salud. Aún así sonríe. Se sienten las ganas de Eielson de darle una bienvenida sincera a una compatriota que ha cruzado el Océano Atlántico sólo para estar delante de él.

Y ahí comienza todo. En ese instante en el que la cámara se instala correctamente y el micrófono es encendido es cuando comienza a grabarse uno de los escasos documentos audiovisuales del poeta y artista plático llamado Jorge Eduardo Eielson. Ahí, en su casa de Cerdeña, donde compartió su vida con Michele Mulas, es que Eielson reconoce que no vuelve a Lima porque no tiene a nadie “visitable”. Tiene amigos y familiares, lo reconoce, pero nadie por el que valga la pena hacer un viaje infinito y ver una tierra dejada en el pasado. Casi al final, Patricia cuenta que Eielson le mandó saludos para Blanca Varela y Fernando de Szyszlo, amigos con los que pasó buen tiempo de su estancia en París en 1949. Sin embargo, tampoco por ellos volvió a Lima.

Y es que Giorgio, como le dicen sus amigos en Italia, reconoce que es un hombre solitario que sigue manteniéndose hermético con su vida personal, como lo hizo innumerables veces en las que evitó que periodistas y conocidos traspasen los límites de su curiosidad. Esto se demuestra casi al inicio del documental cuando Patricia Pereyra le pregunta por su padre y su infancia. Él dice sin molestias que su padre lo abandonó, pero prefiere no hablar más de su infancia. Como si hubieran partes pequeñas de su vida que no quiere entregarlas a nadie, que quiere llevarse consigo hasta la muerte. Es entonces que la cámara voltea y revisa el estudio de Eielson y enfoca las decenas de juguetes y robots pequeñitos que adornan un estante cercano.

Pero de lo que sí habla abundantemente Eielson es de su rol de artista plástico, cuenta con fascinación que ya ha abandonado la idea de realizar nudos hace años porque ahora lo que quiere hacer es desatar los miles de nudos que existen dentro de él. Y por eso trabaja, para intentar hacerlo, para poder quitarse ese nudo interno. “Todo aquello que parece ser arte, no lo es. El arte no puede parecer. Tiene que serlo. Y tiene que ser novedoso, desde luego”, dice Eielson como queriendo recalcar que tras tantos años detrás de los nudos es hora de hacer algo diferente, de mostrarse en constante reto. “Me hubiera gustado estudiar matemática”, agrega. Y es que no hace mucho se enteró que podía usar varios principios matemáticos para dedicarlos a sus creaciones.

Luego recuerda que hace un tiempo hizo una performance en la que él se vistió de payaso. “Yo creo que el artista se parece mucho a un payaso”. Aquella vez todos los asistentes tenían que ponerse una nariz roja para poder entrar a ver la performance y sólo si estaban revestidos entraban y comenzaban a desternillarse de risas al escucharlo bromear. Se reían también de sí mismos al verse tan elegantemente vestidos de sedas (¡como la Dogaresa!) con una infantil nariz roja. Es entonces que Eielson, persuadido por Patricia, se levanta y va en busca de su disfraz de payaso y por unos segundos la cámara capta al poeta, dueño absoluto de las palabras, ídolo de generaciones, que entra de un salto en el cuarto con su peluca roja y su nariz de payaso y comienza a reírse de sí mismo. Y es entonces que uno siente una felicidad infinita al saber que le ha entregado su admiración a un hombre que nunca se marchitó, que a pesar de haber abandonado las letras, sigue siendo un tipo reluciente, de personalidad encantadora. Ya no importa si no dijo ni una sola palabra al escuchar a Patricia leer sus poemas. Ya no importa si nunca habló -o dejó que hablaran- de Michele Mulas, su compañero de toda la vida; ya no importa tampoco cuando dice que a veces no le gusta cuando le leen sus poemas, ya no importa que no quiera volver al Perú, ya no importa que haya dejado de ser poeta para ser un artista, en el sentido total de la palabra. Ya nada de eso importa porque en su último registro visual, Eielson sigue siendo un hombre fresco y sencillo como sus versos. Esos versos que Angello no necesitó leer ni conocer para quererlo y cuidarlo hasta los últimos días de vida, que fueron sólo meses después de que se iniciara este valioso documental que realizó Patricia Pereyra.

Por: Roy Palomino c.

 

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