El último recital de Luis Hernández Camarero

Texto y recuerdo de Nicolás Yerovi. Publicado en el libro La armonía de H.

Ilustración: Cherman.

Ilustración: Cherman.

Desusadamente el Salón de Actos del Instituto Nacional de Cultura estaba lleno de gente. El poeta Luis Hernández leía sus poemas. La solemnidad de la sala se estrellaba contra el ingenioso e irreverente humor de Hernández y, luego, astillaba, rodaba sin destino entre las sonrisas del público.

El poeta lucía sus inveterados modales de gimnasta, su tenida de blanco y su polito. Alisábase el cabello con el micro, conversaba fluidamente con sí mismo en voz alta y reía fluidamente en todo.

Ciertamente, lo sucedido esa noche en el INC, no es sino la versión vital de sus poemas. Hernández es un gran burlón de lo establecido y lo solemne. Se ríe de todo y por supuesto también de la poesía, esa hija intocada y espuria de nuestro tiempo.

“Los laureles / Se emplean / En los poetas / Y en los tallarines”. Hernández dixit.

Y no es todo, genios como Shakespeare son agobiados, por el sarcasmo y la cachita. Así al empezar el soneto: “Cuando la calma que no existe leo los versos tuyos que peor que los canto pienso en tu rostro bigotudo y feo. Imperfecto y atroz como un quebranto”

Mas para entender a cabalidad de dónde viene este espíritu burlón con respecto a los poetas y la poesía, debemos anotar hasta los motivos: uno, el humor como una puerta falsa de la lírica, el modo de no admitirla; y dos, el propósito mismo de restar solemnidad de la poesía, atenderla como un quehacer vital pero no retórico.

Para ilustrar el primero de los movimientos anunciados, reproducimos a continuación un poema de su libro inédito El sol lila:

Tengo algunas astillas

En el corazón

Pero el pasto

Junto al mar

No llama a reír.

Y en lo relativo a la segunda razón enunciada debemos decir que la desolemnización de lo poético va desde la convicción del plagio, hasta la suerte de los cuadernos de poemas ológrafos que Hernández regalara sin el menor escrúpulo por la conservación de su obra.

En algún pasaje el poeta escribe:

“La poesía es un arte continuo / Continuo: por ello plagio”, y más adelante: “Creo en el plagio / y con el plagio creo”. De allí que intermitentemente su poesía reproduzca versos traducidos de poetas en otras lenguas. Pero la verdadera dimensión de su descreimiento retórico nos viene enunciada en versos como los que siguen:

What’s that flower

you have on?

Could it be a faded

rose from day gone bye

Cada día escribo peor

El inglés. Ma lo parlo.

Y peor gestión

es la que no se realiza

¿Esto es poesía?

Oui.

En Hernández, la verdad, todo lo llama a la verdad de la irreverencia y el sarcasmo genialmente realizado, de modos tan disímiles pero a la vez tan estrictamente coherentes, que el paso de su poesía por las letras nacionales no se puede saludar sino con la sincera admiración y parcialidad. Al menos, es mi caso. Qué conclusión más sucinta y perfecta para lo antes dicho que los propios versos de Luis:

Qué laberinto

Y qué amor

Es la poesía.

O bien:

En la poesía

No hay orden

Ni desorden.

La presencia de Hernández en la última poesía peruana se formula con ese ingrediente de humor que en sus versos termina de establecerse, y que ya, a su estilo, poetas como Calvo, Rose y Antonio Cisneros nos habían entregado. En el caso de Hernández esta carga satírica se complementa con un desenfreno retórico abismal, el cual sin duda, significa su original manera.

Reírse de la poesía, esa actitud heterodoxa e infeliz para algunos, para cucufas del arte, nos permite ahora escuchar la voz de alguien que sobrevivió a la poderosa conciencia de saberse un poeta demasiado singular e indefectiblemente nuestro.

Reírse de la poesía, un elegante modo de reírse de la vida y sus dilemas, sus atroces realidades. ¿Quién, con un tanto de pasión y entendimiento, puede objetar en el artista a este risueño desdén por la seriedad de un mundo que se toma así como demasiado en serio?

Al finalizar el recital que comentáramos al iniciar estas líneas, algo de un peso mayor que en el aire acometía la sala, terminó de leer y salió como corriendo. No me explico como en 90 minutos de buen humor y algarabía pudieron tocarse en la pastosa procesión de murmullos que epilogó el acto. Todo fue una sospechosa quietud como una pradera anunciando la tormenta. Entonces yo también me alisé la camisa y me fui a mi casa.

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