Sebastián Salazar Bondy sobre los juguetes de guerra

Publicado en el diario La Prensa. Lima, 24 de diciembre de 1957.

Salazar Bondy

Ilustración: El Comercio.

La guerra de las jugueterías

Tal vez la más maravillosa de las artes sea el juego. Son los niños en ello los mejores, los más completos creadores, porque para que los mayoresse decidan a jugar —y es tan raro un acto así de libertad, de poesía viva—es preciso que se desprendan de infinitas convenciones, pudores y resistencias íntimas y sociales. El niño, en cambio, aun solo, inventa el juego y sus instrumentos, los fabrica con lo que tiene a la mano, porque son los adultos los que han puesto en circulación el juguete industrial. Y la producción, en este ramo, ha alcanzado una perfección abrumadora. Entrar a una juguetería, para cualquiera que conserve más o menos intacta la inocencia primordial, es ingresar a un mundo encantado, a tal punto que un alto porcentaje de las cosas que ahí se venden parecen haber sido hechas más para el regocijo de los padres que para el de sus hijos. Es clásica la imagen del hombre que se dedica a entrenarse con el trencito eléctrico ante la vista estupefacta de sus niños, a los que no se permite el acceso a los complejos mecanismos del remedo ferroviario.

Habría que hacer una clasificación de los juguetes, porque los hay abstractos, humorísticos, pedagógicos, intelectuales, mecánicos, etc. Y en ellos un género al cual el cronista quiere llegar: los juguetes bélicos. Son, además, los que más seducen la fantasía de los infantes, los que provocan en ellos una reacción más entusiasta. Nuestra época los ha consagrado como los reyes de la juguetería. Se dirá acertadamente que siempre los hubo, que en los museos se conservan, por ejemplo, las pequeñas naves agresivas que los vikingos daban a sus herederos para habituarlos a la vocación ferozmente conquistadora de aquel pueblo. Pero no podrá negarse, sin embargo, que es este tiempo el que con mayor empeño se ha propuesto iniciar, a los que comienzan a adaptarse al mundo, en la práctica de la guerra, que es la práctica de la muerte. Es un modo, es verdad, de adecuar las almas al espíritu del siglo, a su signo.

 Entrar a una juguetería, para cualquiera que conserve más o menos intacta la inocencia primordial, es ingresar a un mundo encantado

soldaditos

Los hijos de los franceses que decapitaron a los Capetos recibían como aguinaldo amoroso el símbolo de aquella era: reproducciones fidedignas de la guillotina, y seguramente era el dedo anular de aquellos chicos el que en la ficción lúdica representaba al ajusticiado en el momento de recibir el golpe de la revolucionaria cuchilla. Tanques, revólveres, portaviones, ametralladoras, cohetes, etc., todo el repertorio de la agresión está allí, en los escaparates de las jugueterías de Lima y París, de Nueva York y Moscú, mezclados durante este mes de diciembre a los pacíficos adornos de la Navidad, pinos y escarcha, establos e imágenes sagradas, Noeles y estrellas. ¡Y qué bien funcionan! Tomar un cañoncito antiaéreo y apretar su gatillo es desear ardientemente que surque el cielo del establecimiento para abatirlo un raudo avión enemigo. Si el adulto asume esta actitud, cómo no la han de experimentar quienes poseen la imaginación tan prestar a ver encantamientos y alucinaciones al más insignificante de los estímulos mágicos. El juego de la guerra se ha perfeccionado técnicamente tanto como la propia guerra y, al mismo tiempo, ha ido desplazando a los otros entretenimientos, a los que no postulan la destrucción, sino, por el contrario, avivan los sentimientos fraternales, edificantes y constructivos que se hallan en germen en el ánimo infantil. Esto es grave.

El juguete más antiguo, más ilustre y noble, es el antropomorfo. No hay cultura, por elemental y primaria que sea, que no exhiba entre sus creaciones la muñeca. La tuvieron también nuestros antepasados prehispánicos. Ella enseñó a las mujeres a ser mujeres, a ser madres, y a los hombres a considerar la forma humana como la más digna y respetable, es decir, a ser hombres. Inclusive los soldaditos de plomo eran una imagen reducida y elocuente del hombre vivo como tal. Todos hemos defendido alguna vez estos ejércitos de menudos y rígidos amigos como seres existentes, dignos de consideración y amor. Y ya han sido sustituidos por las armas. Un viejo cuento propone la idea de la animación nocturna de las jugueterías, en que todo se mueve, dialoga, entra en cordial relación y actúa libremente. Si ese prodigio sucediera esta noche en cualquier almacén, la anécdota encarnada por los juguetes sería terrible. Sería la guerra, la terrible guerra que se nos viene anunciando y tras la batalla, entre la humareda y los desechos, campearía como victoriosa una sola y tétrica muñeca: la de la muerte.

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