José Watanabe escribe sobre su experiencia nisei

Publicado en Los imperios del sol de Guillermo Thorndike. Lima, 1996.

Jose Watanabe nisei

Hace años mantengo con algunos amigos una chacota alrededor de mi supuesta incondicionalidad hacia lo japonés. Ellos fingen responsabilizarme por las fallas de sus aparatos de fabricación japonesa y yo simulo asumir esa responsabilidad. Sin embargo también me compensan: ¡Recibo las más gratuitas felicitaciones por las películas de Kurosawa! Pero al margen de esta anécdota, hay quienes suponen que los niseis efectivamente vivimos una dualidad cultural.

Es indudable que nuestra nacionalidad tiene algunos elementos peculiares en la medida que su formación ha sido influida por la cultura paterna (me refiero a ese conjunto espontáneo de maneras de ver y obrar de que hablaba Gramsci). Pero muchas veces se olvida que la cultura de nuestros padres no permaneció intacta sino que recibió las influencias del medio y de la clase a la cual se incorporaron. Con los años nuestros padres llegaron a ser, por decirlo de algún modo, mestizos culturales. Yo vi ese aspecto en la hacienda Laredo. Trato de recordarlo en las notas que siguen.

Laredo era una puerta hacia la sierra. Allí se daban el encuentro los vendedores que bajaban con ganado y panllevar y los comerciantes intermediarios que venían de Trujillo. Después de las transacciones se almorzaba en las fondas de doña Santas Sato, de Nakamura, de Nakanime o en la chichería de Pancho Tamakawa. Ellos personalmente preparaban los platos regionales como si desde siempre hubieran conocido esta sazón.

Todos los japoneses que se habían establecido en Laredo eran propietarios de pequeños negocios o arrendatarios de la hacienda, como los Otake o los Masko. Sin embargo este país había empezado para ellos en las tareas de los campos azucareros donde compartieron las mismas condiciones de explotación que los peones lugareños. Allí empezó su proceso de asimilación cultural. Quizás el primer acercamiento fue aprender el uso de la coca para resistir la tarea diaria (¡doce surcos de caña, de cien metros cada uno, tumbados al machete!). No había en Laredo un solo japonés que entonces no haya aprendido a coquear. Llegaron, incluso, a penetrar en los aspectos mágicos de la coca. Recuerdo a Don Otake coqueando ensimismado junto a mi padre enfermo. Una noche nos anunció que esa era la noche definitiva. No mucho rato después, efectivamente, mi padre murió. Más tarde la preguntamos cómo lo había sabido. “La coca”, nos dijo.

Cuando ellos llegaron a trabajar a los valles azucareros, no había entre los peones un nivel de organización capaz de articularlos en la lucha colectiva. Los levantamientos se hacían en pequeños grupos aislados. Los japoneses, pues, estaban solos. Cuando en 1095 ajusticiaron en Chiclín a dos abusivos capataces compatriotas suyos, el hecho fue presentado simplemente como un pleito entre ellos.

En este contexto, los inmigrantes vieron en el ahorro su recurso para desvincularse de la hacienda que los explotaba con exceso. El famoso espíritu ahorrativo de los japoneses no es, entonces, una tendencia racial. Para aumentar su capacidad de ahorro, tanto el hombre como la mujer recibieron tareas por separado, lo cual no era usual en los matrimonios locales. El cumplimiento de la tarea les daba derecho a una ración de carne y arroz, otros víveres debían ser comprados con el salario. Ellos imitaron esas compras, las sustituyeron con alimentos que fueron descubriendo en los alrededores. Los brotes más tiernos de la caña brava que crecía en la ribera de los ríos, las hojas nuevas del camote y la yuca, pasaron a ser parte de su dieta. También fue incluido el cañán, un pequeño lagarto de los arenales cuyo uso alimenticio se había olvidado. Este caso creó la leyenda que atribuía a los japoneses el servirse los animales más inverosímiles. Así ahorraron. Así fueron llegando al pueblo para invertir en fondas, peluquerías, pulperías. Otros, que desde el Japón ya traían un pasado agrario, se dedicaron a cultivar frutales y verduras en fundos arrendados.

Y entonces vinieron los tratos todos los días. La relación con las mujeres que fiaban en la tienda, con el obrero pensionista de la fonda, con el niño que lloraba en la peluquería. Habían quedado atrás los primeros galpones que ocuparon recién arribados, donde sus mujeres hacían de alfeñiques, que eran miniaturas de azúcar coloreada en forma de canastas, de pajaritos, de frutas. La gente recordaba que los niños, temerosos de esos rostros nada familiares, nombraban al más audaz para que vaya a comprarlos. Ahora el pueblo decía: “Aquí los japoneses se hallan”. Y este “hallan” tenía un peso casi ontológico. En este marco, es significativo que en Laredo los negocios de los japoneses no hayan sido saqueados durante los años de la Segunda Guerra Mundial, lo que sí sucedió en ciudades como Lima o Trujillo.

¿Cuánto quedaba en ellos de japonés? (Aunque este concepto sea bastante genérico, siendo que la gran mayoría de inmigrantes vino de la isla de Okinawa que tenía una cultural regional propia) ¿Cuánto quedaba en Tamakawa que en su chichería tocaba la guitarra y cantaba el malicioso “cómete las papas y déjame el cuy”? ¿En los que se unieron con mestizas? ¿En la gran mayoría que se convirtió y practicó los rituales del catolicismo? En todo caso no se trata de insinuar que una buena parte de su culturase había refundido hasta perderse, sino de constatar el hecho de que en la vida diaria lo japonés no tenía la vigencia necesaria como para llevar a los hijos a un problema de identidad realmente profundo. Nuestra nacionalidad básica no ha sido determinada por ellos. Más allá de la raza, los niseis estamos incluido en las contradicciones de una nacionalidad peruana que aún está en formación.

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