Eielson sobre Martín Adán: Todo él es pregunta

Texto publicado en La poesía contemporánea del Perú, I. Lima, 1946.

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«Tened paciencia —escribe Rainer María Rilke en una de sus cartas— por todo lo que no está resuelto en vuestro corazón, tratad de amar los problemas mismos como estancias cerradas, como libros que están escritos en un idioma muy ajeno». Es que todo lo que no está resuelto es, o bien metafísica o bien poesía. Todo lo que anida más allá de cada cosa y somete a pregunta incesante. Pero la Naturaleza que es presencia suprema y cuanto nos es dado conocer y amar, es el cabo más brillante concedido a la criatura humana para su propia gloria y asidero. Allí reside entonces la poesía, que es cerebro, ala y corazón de la Naturaleza. La poesía echa raíces en las tinieblas, es verdad, pero se orienta a la luz, busca la guerra de las más altas clarividencias, el combate puro de las potencias humanas y divinas, donde algo que no es ni Dios ni el hombre se anuncia a solas y transcurre sin decidirse entre la alcantarilla y la nube, entre el relieve grácil —de brisa o mármol— de una columna, y la fuerza negra, alada, de lo que está siempre debajo del corazón y de la vida y nos empuja a amar, a conquistar y morir, impunemente, sin saber por qué. Esto y nada más es la poesía. En ello reside su ser y su existencia aparte, su triunfo perdurable.

Cuando por primera vez leí las poesías de Martín Adán todo esto bastó para decidirlo, por sí solo, como un entero poeta. Todo él es pregunta, sustancia de pregunta, de cada verso, de cada poema suyo emerge la pregunta arrebolada, en llamaradas de asedio por algo que ya no es o no será nunca él. De su propia palabra oral he podido confirmarlo: toda mi poesía es de tono elegíaco, ha dicho. El ser poético de Martín Adán es ese no ser constante, que, de cualquier modo, es una suerte de ser y saberse a sí mismo. Por ello la poesía —la forma solitaria del ser—cabe en él y se confunde oscuramente en la pregunta única que él levanta de su seno nocturno y vigilante. Pero obtener la respuesta, desde afuera del hombre, no es humano. Creer el encaramiento, a costa de cuántas peñas y gargantas, descendiendo bruscamente para volar más alto, esto es humano. Él lo ha comprendido así. Se ha atrevido a concebir que para llegar hasta la terrible y eterna luz —donde un Dios obra escondido— no basta el simple estado de gracia, sino que es preciso también, del más triste estado de naturaleza. Mística blasfema del poeta que reprocha a Dios su obra y no obstante la ama y encuentra en ella la única forma posible por la que Él pueda darse a sus sentidos. En «Cauce», la encarnación de la Naturaleza, del mundo creado, en la rosa, es evidente:

Dios ciego que haces la rosa
con mano que no reposa

Pero ¡ah!,nada ha obtenido con el reproche—de resultados siempre negativos— por este curso natural, incesante y doloroso, el abandono lo gana, el goce del mismo y la destrucción por el goce, el aniquilamiento de la razón que no puede trasladarlo a regiones más altas:

Corro, ella en mí se abisma:
Yo en ella: entrambos en pasmo

¿Qué le queda al poeta que así se ha entregado a tan crudo estado de naturaleza? Le queda la fe, el corazón. Martín Adán se mueve bajo la más pura sombra pascaliana. Su poesía refleja como en un espejo la faz del hombre que cree antes que la del que piensa. Perceptible en él el tono agónico, sediento, del poeta que ha encontrado en la poesía, en la rosa, en la Naturaleza, el último asidero de divinidad, como el sublime pensador galo lo encontrara, por otras vías, en la meditación de las ciencias físicas o naturales. Por cualquiera de estos caminos puede hallarse un remanso, un desahogo a la pasión que invita a morir, a destruirse impunemente. Pero el poeta, siempre bajo el alto signo pascaliano, no olvida que aquel Dios invisible que persigue está ya en él, pues de otro modo no le buscaría:

En mi clara sombra de dentro,
real como Dios, de modo infinito
y sensible, yaces muerto

La vigilia interior se ha agudizado en estos versos de Aloysius Acker, poema aún inédito cuya íntegra figura se desconoce. La presencia en él de un Dios real y sensible es segura, pero algo le impide la plena visión. Aloysius Acker, aquel amigo o hermano suyo nombrado en el poema es, tal vez, la conciencia de su carnalidad obsesionante que lo ata al polvo y lo salva, sin embargo, de la nada. ¿De qué modo suprimirse, cómo despojarse de terrenalidad, si ella es su sustento y su cepo de vida; qué cauces tomar para llegar hasta lo último de sí, hasta donde se agita esa escondida palabra que es Dios? La exclamación dolorosa no tarda en abrirse:

¡Ah, nada ser, nunca bastante,
a no existir o no morir…!
¡Sombra de mí sobre el instante!
¡Siempre la niebla sobre el mar!

No existir o nomorir es el problema, la duda es inmensa. Pascal encuentra a Dios mutilándose, anulando toda conciencia de sí, trocando una pasión en otra; la pasión de la existencia por la de bienaventuranza. Martín Adán, poeta, ser de cuerpo entero, contemporáneo y complejo, celoso de su humana forma de la cual extrae cuanto ella tiene de esencial, de eterna y mortal a la vez, se resuelve en poesía. Sabe que la vida es ese estar en el mundo, asistemático, brutal aunque hermoso, cargado de las más oscuras asechanzas, pero barrido también por un misterioso viento, umbría y enjoyada escoba del Señor. La raíz existencialista vive en él abonada de eternidad. El poeta se apoya en la rosa, se apoya dolorosamente en la rosa que pasa y espera, en la rosa tremenda que resume su naturaleza y su propia  eternidad. Sus maravillosos Sonetos a la Rosa tienen el sabor tierno y terrible y el angélico empuje de lo que, por eterno muere, en sí mismo, al paso que la agonía perenne del río, del tiempo que fluye, de la vida más profunda y mudable.

En «Narciso al Leteo» —líquido y cristalino soneto— ha quedado apresada la hermosura de un mundo que se ultima gota a gota, minuto a minuto, mientras la eternidad, como un sueño, permanece. Presente está también el tiempo en el siguiente soneto, como agua que se escucha, corre y golpea, por debajo de cada estrofa:

Como nadie moría, la hermosa
se compuso a esperar a lo divino,
que no cura de tiempo ni camino
sino que está esperando y es la rosa.
Así envejece el mármol de la diosa;
así la mente escucha al adivino
suceder; así el triste bebe el vino,
así se forma de querer la cosa.
La hembra sensible, la raíz hundida,
en humus de nacencia y sepultura,
con todos los rigores de la vida…!
Y en rigor de angustia y compostura
se alza la rosa que a esperar convida,
sin más aviso que ella en su hermosura.

En La campana Catalina, largo romance octosílabo, el auge de belleza casi impide la visión de la propia faz del poeta. Escrito en celebración de Alberto Guillén, es una blanca y punzante elegía, con aire de pena fresca que dispersa cera y ceniza y canta por el amigo muerto. Su muerte es dulce y pequeña y en la patria apenas pesa su cadáver, pero Dios que vela en el fondo del valle se une a él y lo redime. La égloga arequipeña canta dulcemente en él el ámbito mortuorio, el paisaje limpio y soleado despierta sin esfuerzo:

Ave y nube singular
que labran de gusto el valle,
hasta la colmena en cierne
de tu Yanahuara cande.

O cede ante visiones de quebradiza y vívida delicia:

La corona de aguijones
de las sienes se te cae
y en aureola de iris
de élitros la truecan ángeles.

Pero es necesario avanzar hasta sus últimos sonetos de «Travesía de Extramares», escritos sobre temas de Chopin, o, sobre todo, hasta las «Estrofas de Escrito a Ciegas», para penetrar, y, retomando el hilo anterior, reconocer las más hundidas vetas de su ser poético. En los sonetos se le halla más tortuoso que nunca,su lenguaje repta dolorosamente en busca de luz, aplastado por el más llano y pesado razonamiento. Utiliza viejos modos castellanos, arcaísmos, palabras de sonidos hoscos y vetusta letra, términos náuticos, musicales, en derroche sapientísimo e inútil. Sin embargo, el conjunto es un torrente másculo, sonoro y enjuto, en donde la más insignificante nervadura responde a fines estéticos e ideas exactas. Cabría aquí el discutido verso de Keats:

Beauty is truth, truth beauty
(La belleza es verdad, la verdad belleza).

«La sazón es todo» de Shakespeare, que propicia el triunfo de lo humano estético, la humana sazón,variable, sujeta a estados, florecimientos o abatimientos del ser profundo, no entregada a yugos racionales, sino directa y caliente. En el soneto VII, «Andante», de ritmo quieto, natural, gobernado por fuerzas iguales y contrarias, la Naturaleza aparece tal cual es, en visión sombría y paradisíaca, pero como recluida en un viejo marco, de acabada cuadratura y motivación exacta. Cada soneto no es sino una glosa —retórica— de efectos instrumentales, armónicos o melódicos, con significado aparte del tema y del espíritu chopiniano. La inspiración cristiana persiste a través de todo esto como sostén de una dulzura que quizás un inconsciente pudo tratar de ocultar. La poesía mística de habla española configurada por una suerte de elevación erótica desde San Juan de la Cruz hasta los últimos acentos ardorosos de algunos poetas actuales, encuentra en Martín Adán un nuevo espejo de pie, menos puro tal vez, cargado de un oscuro y vago residuo de paganismo, pero por sobre el cual se adivina siempre un cierto tono de oración y vigilia sacudido por un «pathos» irreductible. En el soneto «Berceuse», X de Travesía de extramares, se encuentran versos caídos en la mística y cándida nana de San Juan:

¡Apártate, mi amor, que eres de amores!
mi cordero no pazca entre tus flores,
y ni aún mi azor anide en tu hondo velo.

El entronque último, humano, con sus poemas anteriores, ya casi perdido aquí en una poesía «logicísima» —como él la llama— reaparece devorante y sediento, otra vez, en las agitadas estrofas de Escrito a ciegas. Aquel no ser pascaliano o el no morir obsesionante de Aloysius Acker, ha encontrado respuesta en un fortalecimiento más humano de la fe. La respuesta es pues inmanente y significa vivir, ser humano, ser hombre sobre todo. Como para Unamuno, el desollado salmantino, para él la fe es vida, creación. Y la poesía —la sustancia de la fe—, flor y fruto de ella sola, el único quehacer, la única volición posible para quien tan claro ha visto y se ha empapado del ser divino. Querer algo es ya crear, dar nombre, tender la voluntad al acecho de lo que nada es para designarlo y, agónicamente, a él sostenerse:

¡Quiero querer! ¡Qué prenda, Noche, tu llamarada
ya en mi cuerpo pensado, ya en mi nombre ignorado!
¡Que las generaciones sean por cribar mi nada!
¡Que los dioses a todo salgan por mi costado!
¡Quiero querer! Mi boca que hizo nombre y beso,
haga de beso nombre que el abrazo deshizo!
¡Que un rescoldo cano de quejido, de exceso,
salte tu llama, cruel la pueril, Paraíso!

Y sobre todo este verso cargado con la última de su ser actual:

Y porque muerte muera y porque nombre arrecie

Esta poesía de vigilia que halla su manadero sustancial en una conciencia romántica cristiana, unida a una indoblegable voluntad de forma, surge resuelta ambiciosamente, al modo de Leopardi, conservando la figura, la forma clásica, pero albergando en ella un contenido romántico, lacerado y tempestuoso. La lectura de sus últimos poemas ha corroborado este aserto. La forma ceñida, rigorosa, colérica y tierna a la vez, lograda como a golpes de consciencia e inconsciencia, de luz y de sombra, palpita y salta su contenido como papirotazo de grávida y sonora luz. La concepción poética puede entreverse entre marcos de torturantes estrofas. Adán ha abandonado la pintura de la Naturaleza. Como Picasso, en «Guernica», al arribar a la cima de dolor, recurre al blanco y negro del hombre, a una expresión sintética, escuetamente musical, del mundo. Sus cuartetos tienen algo de pentagramas con signos de músico escritos tormentosamente, no más allá del soneto, muy cerca de la música vasta e irreductible.Mas el poeta subsiste y sangra en el ritmo interno, característico y poderoso. Algunos sonetos semejan hermosos mútilos, ya fingen un busto a la altura de los cuartetos o dos bellas extremidades que no llegan a formar un cuerpo entero, viviente, de soneto. La obsesión onomatopéyica por reproducir en todas sus gamas el piano chopiniano no maltrata y trunca la forma. Creo que mayor simpatía interior, más ritmos afines y encuentros sonoros majestuosos, hallaría el poeta en la materia atormentada, perfecta y sublime, de Beethoven.

El alejamiento de Adán del mundo natural se ha hecho sensible en toda su producción última.Sus estrofashan trocado lozanía por significado o sonido, sin tasa ni medida; casi se diría que se avejentan sin entregarse, en un ciclo personal sin salida, en un goce y regoce en que habita solo el goce y la frente del poeta. La alta poesía que nace de un encuentro valeroso consigo mismo y con la Naturaleza en un punto tal de equilibrio en el que ya nada, ni este ni aquella, se derrumba, se halla sostenida, sobre todo, por la fuerza elemental de la persona y por aquella que es su límite humano. Por ello, expresarse no solo es salirse de sí, sino que también volver a sí de algún modo. Y no de otro modo se atribuye poesía a un poeta.Martín Adán puede ser, por ello, un rechazo constante y una pregunta siempre en vuelo, raíz y flor de sí mismo; todo en él es legítimo por cuanto nada es separable de sí y cuanto de sí nace, muere sobre él perfumado en derredor, para dicha de iniciados.Muy lejos andaya este poeta cristiano de las playas celestes, cuajadas de milagrosa arena, de los santos poetas castellanos, muylejos, élmismo, de sus sonetos, de amargo y mundano humorismo, de «Itinerario de Primavera », de la prosa poemática, plástica, ácida y madura a la vez, hija de un Picasso culterano, barroco y surrealista, de «La casa de cartón» o de sus romances agrios, escritos con agua y vinagre. La fe se ha robustecido y solo el amor a un Dios oculto, que es dicha y pena de su avance, golpea en su corazón, con golpes distintos, y lo postra en el valle oscuro, con el oído ebrio y la mano ciega porque, como él ya lo ha dicho.

Ser poeta es oír las sumas voces,
el cuerpo herido por un haz de goces,
mientras la mano a escribir no osa.

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