Jorge Eduardo Eielson conversa con Michele Mulas

Fragmento de una conversación entre Eielson y Mulas. Realizado en un verano de Cerdeña en 1985.

Eielson y Michele Mulas

Nos encontramos en Gardalis, en la isla de Cerdeña, antiguo nombre de esta localidad, situada a pocos kilómetros del mar, a 15 minutos de viaje en automóvil. No obstante la escasa distancia de la playa, el lugar es una suerte de arcadia mediterránea, milagrosamente conservada a través del tiempo. Viñas, olivos, robles, almendros, cerezos, naranjos, y una gran variedad de flores silvestres y yerbas perfumadas, proliferan por doquier. Un arroyo cristalino atraviesa esta tierra privilegiada, en donde se encuentra un manantial, que surge justo en la propiedad familiar de Michele. El agua no es abundante, pero fresca y limpia, porque atraviesa rocas de granito blanco, formando ensenaduras, pequeños remolinos y cascadas espumosas. Muchas veces nos hemos bañado en estas, y hemos nadado en las ensenaduras. No muy lejos de allí, en la parte alta del terreno, surge la casa de campo de la familia, que ahora es propiedad de Michele (yen parte mía, pues adquirí la planta alta, que pertenecía a otros campesinos). La casa, completamente construida con bloques de granito, en el verano es un oasis de frescura, gracias a sus muros, de más de medio metro de ancho, y a los gigantescos laureles que plantamos en el jardín hace más de 30 años. El insólito micro-clima determinado por estas grandes plantas hace que se llenen de pájaros durante el verano, que allí construyen sus nidos, en lugar de emigrar a zonas más temperadas. Así, cada despertar es una fiesta, y cada atardecer un concierto, que ambos escuchamos con alborozo.

A la hora del aperitivo, después de nuestro trabajo cotidiano, siempre nos reunimos en la terraza del jardín. Esta vez son casi las siete de la noche, y el sol parece una fogata detrás de los árboles. Una luz dorada y reverberante atraviesa el follaje y llega hasta nuestra mesa. Regadas por Michele, las hojas de las plantas brillan, como si hubieran sido creadas hace un instante. Ante una copa de vino, reanudamos nuestra charla.

J.E.—Michele, me decías ayer que cuando eras niño, te gustaba jugar con un burrito…
M.—Era el burrito de la casa, y cuando creció, mi padre lo puso a trabajar en la noria, para sacar agua del pozo.
J.E.—Pero ¿por qué preferías el burro a los potros, ya que también los había en tu familia?
M.—No sé. Quizás porque el burrito era para mí como un juguete, cosa que entonces no tenía. Pero, eso no es todo. Lo que pasa es que el burro es más dócil, o quizás más dulce, más casero, no necesita grandes espacios, como los caballos, aunque sean todavía potros. También pueden montarse desde chicos, cosa imposible con los potros porque se dañan. La verdad es que mi padre tampoco quería que montara el burro, pero… ¡yo también era chico entonces…! Terminada la guerra, la vida era muy dura y yo, que apenas
tendría unos 12 años, junto con mis hermanos, ayudábamos a nuestro padre en el campo.
J.E.—Tengo entendido que ustedes eran considerados entre los ricos del pueblo…
M.— ¡Por eso mismo teníamos más trabajo! Pero mis hermanos no veían la hora de terminar la jornada para volver al pueblo. Yo, en cambio, me sentía feliz aquí. Y en casi todos esos momentos, mi único compañero era el burro. Hasta conversaba con él, le hacía confidencias, lo sentía como a un amigo…
J.E.—Me has contado también que algunas noches, tu padre te mandaba a vigilar el rebaño. ¿No te daba miedo,
tan chico, pasar la noche solo en el campo?
M.—No. ¡Era bellísimo! La oscuridad no me daba miedo, y además tenía siempre al burro, que pastaba cerca de mí. Con él exploraba nuestra tierra, a la luz de la luna, me echaba en la yerba y observaba el cielo. Me pasaba las horas mirando todo eso.
J.E.—¿Y las ovejas?
M.—¡Tampoco las perdía de vista! Si no, mi padre me habría castigado, pues era muy severo…
J.E.—Un padre-patrón, como se dice en la isla.
M.—Sí. Lo que dice Gavino Ledda en su libro es verdad, aunque mi padre no era tan duro. Solo que para nosotros era muy difícil pensar o sentir de una manera diversa a la suya. Lo que hiciste tú, por ejemplo, apenas llegado aquí, era incomprensible…
J.E.—¿Y qué cosa hice yo?
M.—¿No te acuerdas? ¿Cuando defendiste al burro que daba vueltas en el pozo? Le quitaste el bastón a Paoletto (un muchacho de los alrededores, que ayudaba a Michele) porque azotaba mucho al burro, y le pegaste a él, quién salió corriendo, gritando que te habías vuelto loco…
J.E.— ¡Naturalmente que lo recuerdo! Me parece ver todavía la cara de Paoletto, bastante asustado. Pero, hice bien ¿no te parece?
M.— ¡Claro! A mí me impresionó mucho que alguien hiciera de verdad lo que yo sentía. En esa época,1 a nadie
se le hubiera ocurrido defender a un burro, y pegarle al arriero. Todos vivíamos de la tierra, y ella tenía que ser regada siempre, a falta de lluvia.
J.E.—Comprendo que mi actitud resultara absurda, casi criminal…
M.—Sí, pero yo sentí que, en ese momento, todo un mundo se abría ante mí… fue algo que me cambió para siempre.
J.E.—Te sentiste como liberado…
M.—Sí, creo que así fue. Mientras conversarnos, Michele continúa regando los grandes laureles y otras flores del jardín. Se incorpora y desplaza la manguera, de una planta a otra. En esos momentos es como si alcanzara su máxima plenitud. El chorro de agua, abundante y pesado, pone en evidencia su físico
de hércules mediterráneo, y el tiempo parece detenerse. Sus facciones adquieren una rara serenidad, justamente, como la de las estatuas. Vuelve enseguida a la mesa, y continuamos nuestra charla.
J.E.—La gente del pueblo considera el campo como un lugar de pena, de trabajo, de vida dura y solitaria. Por eso no quieren vivir en estos sitios.
M.—Así es. Pero eso está cambiando. Se han cansado de vivir en las ciudades, a donde han ido por necesidad, y algunos se han hecho ya sus casitas en la tierra, y se dedican a la agricultura, aunque no les dé nada.
J.E.—Prueba de que también de jóvenes les gustaba la tierra, pero no podían permitirse cultivarla por puro placer, para el uso familiar y nada más.
M.—Por otra parte, como habrás notado; varias de esas personas me conocen, ven como hemos arreglado la casa, el jardín, la huerta, y quieren hacer lo mismo.
J.E.—Es un ejemplo de emulación muy reconfortante…
M.— Y eso que casi no saben lo que era esto antes de que llegara la electricidad, el agua… y tú. ¿Recuerdas la primera vez que viniste?
J.E.— ¡Ciertamente! La casa, en ruinas, había sido utilizada como establo y estaba llena de excrementos.
M.—¡Y no había una gota de agua! Algunas personas ya no reconocen este lugar, y hasta piensan que no es el mismo, que le hemos hecho la magia, o qué sé yo…
J.E.—¡A lo mejor es así! Y todo esto ya no está sobre la tierra. Es como una pequeña isla suspendida sobre la isla, fuera de la vida cotidiana ¿no te parece?
M.— Lo que pasa es que cultivando siempre papas y tomates, nadie podía apreciar la belleza de los árboles, de las flores, de las rocas, de los atardeceres, o del alba… Ante todo, había que sobrevivir.
J.E.—Sin embargo, tú dices que te gustaba ya el campo, desde niño, que gozabas mucho aquí, aunque tuvieras que cultivar la tierra, junto con tu padre y tus hermanos…
M.—Si, pero también ahora me gusta mucho cuidar el huerto…
J.E.—Es lo justo. El error sería abandonar una cosa por la otra. Hay un gran equilibrio en esto, que quizás antes te faltaba y que has sabido conquistar naturalmente. Michele me ofrece un poco más de vino en mi copa casi vacía. En la mesa, un gran ramo de lirios silvestres, emana un delicado perfume.

Los pájaros comienzan a llegar a sus nidos, y entre cantos y revoloteos se arremolinan en la parte alta de los laureles, preparándose para el reposo nocturno. Yo siento claramente la infinita armonía del instante, y no digo nada. Ni tampoco Michele. Poco a poco, la fogata del jardín se va apagando, los pájaros se calman y, en su lugar, comienzan a llegar unos extraños insectos con el pico larguísimo, que aletean velozmente en el aire, como los picaflores, y succionan el polen de las flores. El espectáculo natural continúa, como siempre, y Michele y yo lo seguimos sin jamás aburrirnos, siempre asombrados.

Al día siguiente, nos reunimos nuevamente, esta vez a mediodía, para nuestro ritual aperitivo.

J.E.—Esta tarde voy a ver qué estás haciendo. El taller de Michele queda a unos 80 o 90 metros de la vieja casa, y se lo ha construido hace algunos años, para lograr un completo aislamiento durante el trabajo.
M.—Si quieres… pero no he hecho gran cosa. He llevado adelante algunas piezas ya comenzadas, y estoy trabajando en otras semejantes.
J.E.—No importa. Quisiera verlas igualmente… si no te molesta.
M.—¡No, no! Solo que no encontrarás novedades.
J.E.—Yo no busco novedades, como bien sabes.
M.—Bueno, yo tampoco. Hago siempre lo mismo, solo que se transforma.
J.E.—A tu manera, tu proceso interior es semejante al de Mondrian.
M.—¡Ojalá! Él sí que fue un gran artista, partió de una idea muy fuerte y supo desarrollarla. Yo no tengo ideas, lo que hago es solo un tanteo…
J.E.— Todo el arte es un tanteo. La vida es un tanteo. Quizás en los tiempos de Mondrian todavía subsistía una cierta confianza en las ideas, en un futuro radiante, de progreso sin fin, heredado del Iluminismo, y que se hacía sentir incluso en el arte. Él supo hacer de esta mentalidad una extraordinaria obra de arte. Pero hoy las cosas han cambiado y tu actitud, justamente, es más actual, porque sigue el flujo de un pensamiento más incierto, quizás menos reflexivo, pero más orgánico, más ligado ala naturaleza, a los avatares de la existencia.
M.—Debe ser así. Sin embargo Mondrian sigue siendo para mí un modelo insuperable.
J.E.—Pero también te gustan mucho Miró, Klee, Calder, Rothko, Fontana, Pollock…
M.—¡Naturalmente! Si bien a Pollock, lo descubrí algo tarde, en Nueva York, hacia fines de los 60. Es decir, lo había visto antes, en otras ciudades, pero no en su propio espacio americano, y esto me parece muy importante.
J.E.—Es tan sencillo como comer ceviche en Europa, y comerlo en Lima, posiblemente frente al mar: solo esta vez se come realmente el ceviche. Además, recuerda que Pollock, en el fondo, era un tachiste, o informal europeo, ampliado hasta lo inverosímil, en escala con los espacios americanos, como observas tú.
M.—Pero no es solamente una cuestión de escala física…
J.E.—Por supuesto que no. A un cierto punto se produce una suerte de alquimia, y el espacio físico, la materia exterior, deviene psíquica. La danza de Pollock sobre la tela es una danza ritual que explora lo instantáneo y aleatorio, los misterios de la creación, en suma.
M.— ¡Exactamente! Y lo mismo me sucede a mí, de otra manera, pues todo lo que me circunda y que observo —como las plantas, por ejemplo—, reaparece transformado en esas formas modulares que yo repito siempre, aunque no sean nunca iguales…
J.E.—¡Tal y cual como las hojas de los árboles! Por eso hay mucho aire en tus piezas. Es como si respiraran, porque son las hojas de una floresta interior…
M.—…como el título de la presentación que me hiciste para una muestra. Si lo dices tú, quizás algo he logrado…
J.E.—Mucho más que algo, porque has sabido sintonizarte con tu época, sin dejarte arrastrar por ella. Por eso, siempre me ha gustado tu reacción hacia Nueva York, porque allí te vi muy entusiasmado, pero, al mismo tiempo, no has querido establecerte en esa ciudad. ¿Podrías decirme por qué?
M.—Bueno, tú tampoco lo hiciste.
J.E.—Es verdad. Pero yo quisiera saber tus propias razones.
M.—Me gustó mucho la experiencia de esa ciudad. Vi grandes museos, galerías, una arquitectura importante, conocí gente formidable…
J.E.—Recuerdo que Roy Lichtenstein te hizo un dibujo en las dos manos y te los firmó.
M.—Sí, fue muy divertido. Te repito que me gustó mucho el mundo del arte y los artistas. Pero lo demás me pareció muy chocante, frío, alienante, muy provisional, como si todo eso debiera desaparecer de la noche a la mañana.
J.E.—Estoy de acuerdo…
M.— Además, yo necesito pisar la verdadera tierra, y no el cemento.
J.E.—Y que debajo de la tierra haya no solo raíces, sino también estatuas, templos, palacios, tumbas milenarias, ¿verdad?
M.—Así mismo. Por eso me fascinó el Perú, porque allí también se siente eso, se camina sobre la historia… Me quedé enamorado del arte pre-colombino, que me parece más actual y más bello que todo lo que vi en Nueva York. Y a diferencia de Nueva York, no me gustó solo el mundo del arte, o la literatura, en donde cuentas con tantos amigos y admiradores…
J.E.—No tantos…
M.—Sino queme gustó toda la gente, queme parece muy humana, llena de esos valores, hoy tan descuidados en Europa…
J.E.— Me alegro de que lo digas, pues yo también lo pienso así.
M.— Además, allí comprendí mejor tu trabajo y tu pasión por el Perú antiguo.
J.E.—No me digas que comprendiste los nudos…
M.— No, porque lo único que hay que comprender de ellos… lo había comprendido ya, o sea su belleza.
J.E.—En la medida en que un nudo se convierte en obra de arte, en objeto estético, tienes razón. Pero los nudos no son solo eso…
M.—Lo sé muy bien. Pero se trata de algo diferente… tendría que ser un estudioso, o un hombre de ciencia…
J.E.—No necesariamente. Lo que tú entiendes por belleza —en este caso la del nudo— es una síntesis de muchas cosas encerradas en ese objeto, tan misterioso, que hoy es materia de gran atención en el mundo matemático y científico. Como artista que eres nada de esto se te escapa, aunque tampoco necesitas explicarte, ni explicar nada.
M.— No.
J.E.— Ni yo lo necesito. Pero, puesto que también escribo, deseo siempre saber más sobre ese objeto.
M.— Por mi parte, cada vez que te ayudo a hacer un nudo, me parece comprenderlos más y más…
J.E.— ¡Fantástico! Lo mismo me pasa a mí…
M.— Quizás solo la mente, la inteligencia solamente, no podrá entender nunca un nudo…
J.E.— ¡Es lo mismo que siento yo! Además, tú no me ayudas a hacerlos: los hacemos juntos. Es decir, ese tipo de nudo no se puede hacer solo, de manera que sin ti, ellos no existirían.
M.—La idea, de todas maneras, es tuya.
J.E.— Como te decía antes, las ideas cuentan muy relativamente. Yo diría más bien otra cosa: como sucede con el espacio, en el caso de Pollock, los nudos también se convierten en una entidad psíquica cuando el autor o los autores de los mismos transfieren su carga anímica y la plasman en ellos. Nuestros nudos, por ejemplo, no podrían ser hechos sino por nosotros. Es decir, sin el lazo de nuestra amistad, ellos no existirían.
M.—Te agradezco lo que dices…
J.E.— ¡Estoy seguro! Y su belleza, si la hay, se debe también a esto. Somos como esos olivos de por aquí, que si no se injertan, no dan frutos. Los nudos son los frutos de nuestra vieja y sólida amistad ¿No te parece?
M.—Tú piensas que el arte nace de la armonía entre las personas…
J.E.—En nuestro caso sí, nace de nuestra amistad. Porque creo que el arte siempre nace del amor —la verdadera amistad es una forma elevada del amor— sea de un hombre por una mujer, de una madre por un hijo, de un hermano por un hermano, y más genéricamente por todos los seres. El arte es siempre un acto de amor…

Improvisamente se acaba la cinta del registrador, en la que, como lo hacemos siempre, habíamos registrado el canto de los pájaros de Gardalis. Registramos también el ruido de las olas, en el mar, las campanillas de las ovejas, cuando se acercan a la casa, y todo eso lo escuchamos en Milán, mientras trabajamos. Ahora, mientras cambio la cinta, Michele se da un salto a la huerta, y regresa cargado de duraznos y yerbas aromáticas para el asado. Una vez más me digo que nuestra amistad es un milagro. Hay algo de concreto, luminoso y arcaico en su persona, como si toda la historia del Mediterráneo se hubiera encarnado en él. Su estupenda generosidad, su «joie de vivre», su eterna sonrisa, no son sino los signos exteriores de una civilización que estará siempre viva en nosotros, que somos sus herederos.

En tiempos de vacas flacas para los pueblos latinos, Michele rescata noblemente su apogeo de otrora. ¿Es esto, quizás, lo que tanto había buscado en mis viejos poemas limeños, aún adolescente? Sí, debe ser esto. Y me enorgullezco de mis remotas raíces mediterráneas. Mientras tanto, él ya ha puesto la fruta en la mesa del comedor y las yerbas en la cocina. Nuevamente en el jardín, tal vez para tomar contacto con la odiosa realidad, le hablo de algo que él prefiere evitar siempre.

J.E.— Me decías que hoy día en Europa ya no hay valores… y que, en cambio, subsisten todavía en el Perú… Pero a mí me parece que en Cerdeña se conservan todavía…
M.— Sí. De hecho, los conservan nada más, como tú dices. Los han puesto en formol o naftalina. Pero se trata de valores muertos, que no han sabido renovar, que ya no tienen vigencia… Y esto crea problemas aún peores.
J.E.— A propósito ¿no fueron esos problemas los que dañaron tu matrimonio con Luisa? Perdona si te lo pregunto… si no quieres responder…
M.—¡No, no! No importa. Ha pasado ya bastante tiempo. Te diré, a ella le fascinó que fuera artista, que viviera en una gran ciudad del continente, como se dice aquí, que conociera gente, y otras cosas. Lo que ella no sabía es que la vida cotidiana de un artista no es una eterna fiesta, que también hay que luchar, soportar injusticias, apretar los dientes …y seguir adelante…
J.E.—Es probable que, ingenuamente, buscara en ti una seguridad que tú, como artista no podías ofrecerle.
M.— Además, le faltaban mucho los suyos, parientes, amigos, costumbres locales…
J.E.—En otras palabras, le faltaba la normalidad de una familia. Es posible que, en principio, estuviera muy enamorada de ti, pero que eso no le bastase…
M.— No lo sé…
J.E.— Recuerda también que Luisa perdió a su hijo, a vuestro hijo. Y eso, como es natural, la golpeó profundamente…
M.—Sí. Es verdad. Pero yo ¿qué culpa tengo? A mí también me Dolió mucho, y no por ello la he considerado culpable. Una fecundación extra-uterina no es culpa de nadie.
J.E.—No. Pero sus estragos pueden ser incontrolables, Psíquicamente hablando. Y así volvemos a la eterna alquimia, a la transmutación de la materia. La fascinación, el misterio de la mujer, reside en esto: ella se realiza cabalmente en la maternidad. La vida no se puede concebir si no da origen a otra vida.
M.— Pero Luisa tenía tendencias feministas, no creía demasiado en un rígido rol femenino…
J.E.—No veo por qué se deba oponer una cosa a la otra… Al contrario. La mayor autoridad, o consideración, a que la mujer aspira en nuestra sociedad, es sacrosanta. Pero, justamente, ella debería emanar también de su condición maternal. En realidad, como sucede ahora con muchas mujeres, reina una gran confusión, divididas entre pasado y futuro, entre femineidad y feminismo, entre su milenario sometimiento al varón patriarcal —hoy heredado y menoscabado por la sociedad burguesa y por la iglesia— y su irrenunciable privilegio de criatura deseable, ávida de amor, y a veces, no solo de amor…
M.—Es cierto. Existe una gran confusión, y es una lástima, para todos…

Michele me mira significativamente, como dando por terminado el argumento. Yo me siento incómodo, y le ruego excusarme, sin decírselo. Sé de su innato pudor. No ama hablar de ciertas cosas, y tiene razón. Sobre todo si atañen a sus sentimientos. Que no pertenecen solo a la esfera del amor o la amistad. Como cuando, casi a hurtadillas, ayuda a las personas en dificultad, ancianos, enfermos, inmigrantes clandestinos de África o Albania que se encuentran con frecuencia en las calles de Milán. Estas injusticias no provocan en él una ira inútil, sino una inmensa piedad. Y yo lo sigo. No hago sino seguirlo. Distribuimos lo que podemos y, sobre todo, su luminosa sonrisa, sus palabras llenas de afecto y optimismo. Michele se pasa la vida diciendo a los amigos que yo he sido, y soy, su maestro. No es verdad. O si algo le he enseñado, pertenece solo al terreno de la técnica: técnica para aprender siempre algo, técnica para sobrevivir. Aún si se trata de una técnica sui generis, en la que nada ha sido previsto, en la que techno y arte —a la manera clásica—son la misma cosa. Mientras que lo que él me ha enseñado, y me enseña todavía, está más allá de cualquier procedimiento, es una materia radiante, que me llena de euforia y que se llama humildad. Pero la verdadera humildad, como la auténtica belleza, no son reconocibles fácilmente.

La gente confunde la humildad con la pobreza, o con la simple timidez, o con la mediocridad. ¡Qué grave error! Taisen Deshimaru decía que la humildad es un diamante tan puro, que nadie lo ve, o no puede verlo. Y en esto se refería a la vida cotidiana, como a un auténtico ejercicio de humildad. De manera más radical—puesto que la suya era una revuelta y un desafío— lo mismo pensaba San Francisco de Asís.

Michele, casi sin saber nada de esto, pone en práctica su natural y profunda humildad. Así como su ojo, afinado por los siglos, distingue siempre la belleza en las personas o los objetos que lo rodean, así su alma no se equivoca cuando se trata de compartir algo con los demás. Para lograr un poco de esto, yo he tenido que prepararme toda la vida, frecuentar, aunque fuera brevemente, un auténtico maestro zen, leer muchos libros, escribir muchos poemas, hacer muchas obras de arte, meditar, gozar y sufrir mucho. Michele, no. Michele nació así.

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