Ribeyro recuerda cómo descubrió su vocación literaria a los 14 años

Entrevista de Reynaldo Trinidad a Julio Ramón Ribeyro. Lima, 1973.

Ribeyro cuentosEn una apacible residencia empinada a doscientos metros sobre el nivel del mar, con los cuarenta y ocho kilos de su humanidad, por obra y gracia de la úlcera y dos operaciones, el insigne escritor nos abre la ventana de su inescrutable mundo interior:

– Desde este instante quedo a disposición de ustedes por una hora y media, como máximo.

Son las diez y media de la mañana. Sábado 1 de diciembre.

¿Qué le parece si recorremos algunos lugares que usted menciona en sus relatos? -proponemos.

– Vamos -responde secamente el gran narrador.

Entonces tomamos La Costanera y mientras el vehículo se desplaza raudamente a Barranco, contemplando la gris opulencia del mar -de ese mar que tan nostálgica, amorosa y repetitivamente evoca Ribeyro en muchos de sus cuentos-, le preguntamos:

¿Qué significado tiene el mar dentro de su vida como hombre y escritor?

-Bueno-dice encendiendo el primer rubio de la mañana-, el mar fue uno de los principales escenarios de mi infancia, porque me gustaba la natación. Yo chapoteaba entre olas, en invierno o verano, indistintamente. Además, no sé, me producía una sensación de libertad: me invitaba a la aventura y me brindaba la oportunidad de mirar de cerca el trajín de los prójimos que pugnaban por sobrevivir entre el mar y las playas.

Luego se enfrasca en un denso silencio, porque Julio Ramón Ribeyro -como dijo Ismael Frías-es un “hombre tímido, callado, casi secreto”, que hace de esos defectos y virtudes inexpugnables centinelas de sus recuerdos y vivencias que, a la postre, alimentan su vasta producción literaria.

– Yo no doy a conocer individualmente mis anécdotas -explica, tratando de justificar su rasgo-, porque en cada una duerme un cuento, esperando la hora del “levántate y anda”. Además, creo en las virtudes del silencio y en los peligros de la charlatanería.

Pero sí podría bosquejar una breve autobiografía, ¿verdad?

Claro. Nací en el barrio de Santa Beatriz, Lima, el 31 de agosto de 1929, fruto segundo de Julio Ramón y Mercedes, mis padres. Mis estudios los cursé en los colegios Montessori y Champagnat y en la Universidad Católica. Acá estudié Letras y Derecho, aunque no llegué a sacar mi título, porque como practicante de abogado sufrí una enorme frustración: siempre me solidarizaba casi inconscientemente con los golpeados por la adversidad. Luego obtuve una beca del Instituto de Cultura Hispánica y me marché a Madrid, hace veinte años, con apenas noventa dólares en el bolsillo. Ahí debí permanecer solo seis meses, pero me quedé seis años. En ese lapso trasegué por toda Europa, en plan de aventura, desempeñando los más inverosímiles oficios (portero del hotel de la Harpe, en París; recogedor de periódicos usados; cargador de paquetes en las estaciones de tránsito; etcétera), que de alguna manera me acercaron al mundo de los marginados. Luego de esos trajines por el Viejo Continente, retorné al país, para permanecer dos años entre Lima y Huamanga, hasta que un buen día de 1960 nuevamente alcé vuelo hacia París, donde trabajé como redactor y traductor de la agencia France-Presse, cerca de una década. Ahí compartí labores con Carlos Espinoza (hoy funcionario del Ministerio de Industria y Comercio), Alfredo Torero, Luis Loayza y Mario Vargas Llosa, siempre dentro de una gran fraternidad. Y, desde hace cierto tiempo, me desempeño como agregado cultural de la embajada peruana en Francia y representante de nuestro país ante la Unesco. Además estoy casado con Alida Cordero y tengo un hijo, de 7 años. Tal es mi vida en síntesis aunque debo aclarar que en forma paralela a mi quehacer de hombre común, siempre cultivé con silencioso ímpetu la literatura. Frutos de esa terquedad son, precisamente, mis novelas Crónicas de San Gabriel (traducida al holandés, francés, polaco y húngaro), Los geniecillos dominicales y El mar, las islas*, todavía inédita. Además de mi obra de teatro Santiago, el pajarero y más de cien cuentos, muchos de los cuales se encuentran en dos tomos de La palabra del mundo. En estos momentos, estoy abocado a reunir material histórico sobre la gesta del rebelde huaracino Pedro Pablo Atusparia, que, en 1885, encabezó una sublevación campesina. Atusparia es un personaje fabuloso a quien nuestra historia aún no le otorga el sitial que le corresponde. A base de los datos que consiga, escribiré una novela.

Y ahora, a veinte minutos de nuestra partida, un sol espléndido bruñe generosamente la tersa arenilla de las playas barranquinas. Ribeyro se regocija y comenta: “Me alegro que estas playas, antes angostas y solitarias, hayan sido abiertas al pueblo. Por acá retozaba con mis grandes amigos de infancia Alfredo Castellano y Pedro Perucho Buckingham, unos tipos bien dotados para la creación literaria que por esas contradicciones que suelen darse en la vida tuvieron que abandonar tal vocación para dar paso solo a los segundones”.

Y, después de este insospechado concepto que debe herir a más de un becerro de oro, el cuentista se somete a los requerimientos del fotógrafo. Dócilmente se para, se sienta, se contonea y se entrega a las placas del gordo Carlos Alegre. Este le dice, amenizado, que tiene un marcado parecido facial con el malogrado Sebastián Salazar Bondy. Ribeyro se carcajea y replica:

– Sí, ambos comos flacos y narigones, aunque yo carezco de esa chispa criolla que caracterizaba a Sebastián.

Luego de las tomas, lo invitamos a visitar el escenario de su mejor cuento -según apreciación personal-: “Por las azoteas”. Asiente. Y enrumbamos hacia Montero Rosas, a media cuadra de América Televisión, Santa Beatriz. Aprovechamos el recorrido para reiniciar el interrogatorio:

Un escritor como usted que en sus obras aborda constantemente la problemática socioeconómica del Perú, ¿qué concepto tienen sobre el actual proceso que dirigen las Fuerzas Armadas?

– ¡Ja!…, como lo he dicho más de una vez a sus colegas, no quiero entrometerme en asuntos políticos, porque soy un funcionario del gobierno, ¿comprende? Solo puedo decirle como César Vallejo: “Hay, hermanos, muchísimo que hacer”.

Pero entre capitalismo y socialismo ¿por cuál opta usted?

Lógicamente, por el socialismo. La experiencia del liberalismo económico en el plano mundial es frustrante: esa concepción de la lucha encarnizada por la vida, esa lucha feroz por alcanzar el bienestar y la comodidad es inhumana, cruel. Es un freno a la realización plena del hombre. Nada más.

Como es obvio, este abrupto punto final al diálogo político no puede sino conducirnos a abordar el quehacer literario del insigne cuentista. Entonces preguntamos:

¿Por qué usted cultiva con tanto fervor el cuento y no la novela, si esta le puede brindar mayores satisfacciones y beneficios, tanto materiales como espirituales?

– La verdad es que la importancia que se atribuye a mis cuentos ha echado un poco de sombra a mi producción novelística, porque si solo comparamos el volumen material de lo que he escrito, la novela sale imponiéndose ineludiblemente.

¿Cuándo descubrió su vocación de narrador?

– Creo que a los 14 años. Si mal no recuerdo, sufrí un arresto en el colegio y, para matar el tiempo, escribí un cuento que se titulaba “Benito, el pescador”, cuyos episodios transcurrían en los acantilados de Miraflores. Desde desde esa primera incursión, se me dio por borronear carillas que las guardaba celosamente en la intimidad. Recién a los 20 años publiqué mi primer relato, en el primer y único número de la revista Correo Bolivariano, con el título “El hombre gris”. Era un cuento muy malo, donde se relataba la vida de un personaje que, a la postre, ha resultado ser el padre del resto de mis personajes.

Se dice que la mayoría de sus cuentos son autobiográficos. ¿Es cierto?

– Efectivamente. Mis relatos, en un lenguaje estadístico, contienen el ochenta por ciento de realismo y el veinte por ciento de imaginación. Al decir realismo quiero decir experiencias propias o ajenas directamente contadas por sus protagonistas al escritor. Por esto último, mi próximo libro reunirá una serie de historias que me han confiado mis amigos, con el título Lo que tú me contaste. El recuerdo es un archivo inagotable de material narrativo.

¿Por qué comenzó a escribir a los 14 años?

– Tal vez porque la lectura de cuentistas como Chéjov, Maupassant y Flaubert, entre los extranjeros, y Valdelomar y Diez Canseco, entre los peruanos, generó en mí una necesidad de emulación.

Imperceptiblemente el auto frena en seco frente al 117 del jirón Montero Rosas. El chofer anuncia: “Ya llegamos”. Ribeyro desciende ansioso y, con una melancólica sonrisa, dice: “Acá viví, jugué, lloré… Más abajo vivía Washington Delgado. De acá nos íbamos a pasear al castillo Rospigliosi, aunque nunca nos dejaron entrar”. Y mientras nosotros tratamos vanamente de convencer a la mucama de esa residencia para que nos diera acceso a la azotea, Ribeyro gambetea la pelota de unos niños que, despreocupados, jugaban en la calle. “Yo era una empedernido jugador callejero”, comenta, tratando de despistar a la gente que, por ese singular temperamento novelero criollo, comienza a rodearlo obstruyendo la faena del reportero  gráfico.

A pesar de los obstáculos, por una casa vecina, logramos trepar la azotea donde el autor de La palabra del mundo solía sosegar el maltrecho espíritu de un anciano a cambio de un cotidiano obsequio de caramelos. Paseando los ojos por entre ese hacinamiento gris de tablas, tratos, alambres, cables de luz y otras cosas olvidadas, apenas murmura: “Antes las azoteas eran más sucias, pero más hermosas”.

¿Está de acuerdo con los críticos que le atribuyeron la primacía dentro del panorama cuentístico latinoamericano de los últimos tiempos?

– Quizá sea uno de los más fecundos y variados, pero… Latinoamérica ha producido excelentes cuentistas como Borges y Rulfo, a los cuales, tal vez, algún día logre aproximarme.

¡Caramba!, ya sobrepasamos el tiempo convenido.

¿No cree que dos décadas de exilio voluntario por el Viejo Continente lo ha alejado de la realidad peruana…?

– No creo, porque, si bien me he alejado físicamente, me he acercado espiritual e intelectualmente al Perú y a América Latina. Por ejemplo, la forma más cómoda de tomar contacto con escritores latinoamericanos es ir a París y encontrarlos reunidos ahí, y no justamente corriendo cada uno de sus países.

Ya que ha mencionado París, ¿qué concepto le merece esa cosmópolis?

– París es una ciudad donde cualquier cosa puede suceder a cada momento.

¿Ha sentido en carne propia la pobreza, digamos, como Vallejo?

– Como Vallejo, no. He pasado muchos días tomando un café con leche a las cinco de la tarde y tratando de dormir lo más que podía para no tener hambre, pero no he sufrido tanto. Quizá porque entre los peruanos ha existido una gran confraternidad. Cuando alguien atravesaba por un momento difícil podía estar -confiadamente- a la expectativa de los giros o encomiendas que podían llegar a cualquiera de nosotros. Recuerdo comidas memorables, con pan nazareno y vino, barato se supone, ¿no?

Comprendemos que usted está bastante apurado, pero ¿podría darnos un par de reglas de oro para cuentistas de inicio?

– ¿Reglas? bueno, por exigencia propia, puedo decirle: a) eliminar las dos primeras páginas del origen, porque ahí siempre suele ponerse lo innecesario, y b) no romper la unidad del relato por un punto aparte inoportuno.

Son las doce y media de la tarde, con brisa marina y sol estival. Julio Ramón Ribeyro, quien alguna vez dijo, tomando las palabras de Cesare Pavese, “escribo para defenderme de las ofensas de este mundo”, nos extiende la mano, con un adiós. “Adiós” y reingresa lentamente a su hogar, fumando el noveno pitillo del día, con su saco sport, su desteñido blue jean y sus llanos mocasines. Desde el umbral nos sonríe melancólicamente. No podemos evitar que en nuestra memoria se revuelquen dos de sus formidables frases: “Los perros, como muchas personas, necesitan de un amo para poder vivir” y “Para qué llorar, si las lágrimas ni matan ni alimentan”. Ribeyro es un mudo que habla a través de sus obras, sencillamente.

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