Eielson: Creo que lo que hago es de veras peruano y está ligado íntimamente a mi idiosincrasia.

Entrevista de Renato Sandoval y Hugo Salazar a Jorge Eduardo Eielson. La República, 18 de setiembre de 1988.

_eielson_jorge

R.S./H.S.- En una entrevista que te hacían en 1957 te preguntaban cuál había sido el objeto de tu viaje al extranjero, y tú, a la sazón con diez años de experiencia europea a cuestas , respondiste: “Sobre todo para poner un poco de orden en lo que nosotros llamamos cultura, para luego olvidar la cultura y poder después vivir en paz conmigo mismo”. Ahora, después de cuarenta años fuera del país, ¿dirías que por fin te olvidaste de la cultura, que finalmente alcanzaste la paz?

J.E.— Bueno, en realidad no sé qué decir. Me imagino que sí. Hace tanto de todo ello; recuerdo, eso sí, que los tiempos previos a mi partida fueron muy difíciles. Todo en mi vida era caos, confusión, hastío. Hasta que ganéuna beca a Francia, y me fui, pensando que muchas cosas irían a cambiar. Y así fue,solo que no resultó tan fácil como algunos podrían imaginar. Empezaba para mí una etapa diferente, no por nueva menos dolorosa que la anterior.

R.S./H.S.— Alguna vez dijiste que Lima no era una ciudad para vivir sino, al contrario, un lugar ideal para morir.¿Sigues siendo de la misma opinión?

J.E.— Es cierto que alguna vez dije eso pero no hay que tomarlo al pie de la letra. En todo caso no es peyorativo decir que es un buen lugar para morir. Porque en principio es un hecho que todos vamos a morir algún día, y qué mejor lugar para hacerlo que en la tierra natal. Y tampoco es cierto que Lima me resulte insoportable y del todo antipática. Si algo añoro de ella es, más bien, ese lado suyo, cálido y salobre como la arena:un calor, un recuerdo de juventud, los amigos, el saberse querido por algunos… Sin embargo, me fui, muy joven y, en el fondo, no he sabido lo que es vivir en Lima,aunque siempre he estado indirectamente en contacto con ella a través de terceras personas.

R.S./H.S.— ¿Cómo ves la situación en el Perú?

J.E.— En cierto sentido encuentro mejorado el país. Obviamente no se trata de mejoramientos políticos o económicos,pues eso es otra historia; pero anímicamente sí lo veo diferente. La actitud de las personas ha cambiado; ahora la gente es más abierta,quizás también más crítica. Y no es que lo haya percibido en grupos cerrados, no; lo he visto en la calle, cantidades de detalles que sería largo enumerar. Diría que se siente cierto tipo de calidad humana que antes no existía y que ahora se empieza a percibir con los contrastes violentos que tiene siempre este tipo de conquista. Este proceso de mejoramiento debe ser causa y/o consecuencia de un estadoprofundodeviolenciageneralizadaquenohesentidoperoquepuedoimaginar.Yotambién en Italia viví una situación semejante cuando ese país estaba en vías de lo que es ahora. Entonces se gestaba allí lo que seguramente se está gestando ahora en el Perú y que requiere violencia: un avance hacia aquello que nosotros llamamos«civilización». Frente a ese estado de cosas me sitúo yo como hombre,como peruano que soy. Porque yo creo que lo que hago es de veras peruano y está ligado íntimamente a mi idiosincrasia. Evidentemente hay en ello toda una dimensión universal, que es producto de mi vida y no necesariamente por el hecho de haberme ido a Europa sino por haber participado de algún modo en la cultura planetaria en movimiento. No se deja de ser peruano porque se habla inglés o francés. Yo no pienso en inglés ni en francés; pienso como peruano, defiendo a mi país.
R.S./H.S.— Significa eso que de algún modo has considerado la posibilidad de regresar definitivamente al Perú.

J.E. — Ahora veo  con mucho  cariño la posibilidad de hacerlo, solo que, como es quizás obvio no es tan sencillo llevarlo a cabo de la noche a la mañana. Pero lo veo bastante probable. No sería raro que en los próximos tiempos regrese para quedarme del todo aquí.

R.S./H.S.— Y al retornar acabarías seguramente con la nostalgia del Perú que en ocasiones se refleja en tu obra. Al respecto circula por allí una curiosa anécdota que cuenta que cuando sentías nostalgia del Perú, te enviaban cartas conteniendo lentejas.

J.E.— ¡Vaya! ¡Qué cosa tan rara! Primera vez que escucho algo semejante. No niego, sin embargo, que es una hermosa invención. Lo cierto más bien fue que me hice enviar arena del  desierto, no tanto  por  nostalgia como  por  afán de autenticidad. Pues eran los tiempos  en que  trabajaba en mis cuadros sobre los infinitos desiertos costeños y me obsesionaba que los materiales fueran auténticos y no artificiales.

b i o g r a f í a    d e     p o e t a

R.S./H.S.— Háblanos un poco de ti; por ejemplo de tu infancia y de tu entorno  familiar.

J.E. — Lo intentaré. Ante todo mi abuelo era  de origen noruego. El nombre «Eielson» significa «Hijo del campo», y si a eso se agrega que «Jorge» significa «Hombre del agro», resulta que soy doblemente campesino. Es lo que en realidad siempre he querido ser y lo estoy siendo en Cerdeña, el lugar en donde ahora vivo. Además nací un trece  de abril que, dicen, es el día del ciervo. En la actualidad me quedan dos hermanas; no tengo a nadie más.

Tenía, eso sí, un hermano que me llevaba diez años pero que murió al cumplir los veinticinco. Fue algo muy trágico; recuerdo incluso haberle dedicado un poema. Pero aparte de eso, podría decir que mi infancia fue muy buena; todavía lo siento así. Nunca tuve problemas  con lo que quise hacer; fui a diversas  escuelas, después al Conservatorio, luego a la universidad, a la que asistía muy poco, lo mismo que a la Escuela de Bellas Artes.

De mis tiempos escolares, podría decir que estuve una temporada en el Anglo-peruano y también en el Alfonso Ugarte. En este último me enseñaron Luis Fabio Xammar y José María Arguedas. Yo admiraba mucho a Arguedas como profesor,  y eso que aún no sabía nada de sus escritos. Una anécdota que siempre recuerdo fue la vez en que tuve que escribir, como tarea para el curso de Historia Universal que enseñaba  Arguedas, una serie de composiciones sobre los trágicos  griegos.  De pronto un día lo veo correr  hacia mí con lo que yo había escrito en sus manos. Estaba furioso.

Se detuvo y me preguntó de dónde lo había copiado. Le respondí que no había copiado nada, pero como no me creía se enfurecía más y más. Al ver, sin embargo, que yo insistía en lo mismo pensó que de repente no le estaba mintiendo y me preguntó si tenía otras cosas escritas. Le dije que sí y en otra ocasión se las mostré. Creo que le gustaron.

R.S./H.S.— Y después del colegio, el conservatorio, la universidad, ¿qué fue lo que hiciste?

J.E.— Me fui a Europa y estudié  muchas, tal vez demasiadas cosas. En Roma, en los años cincuenta  por ejemplo, estudié dos años dirección cinematográfica. Por aquella época estaba metido mucho en el cine y en mi cabeza todo era cine y cine. Ahora, en cambio, ni siquiera voy a una matiné. También hice teatro. Incluso tengo una pieza que la pusieron en Lima en 1950 y que se llama Maquillage. Además incursioné en la fotografía de la que, no obstante, poco a poco me fui alejando para buscar otras formas de expresión.

p o e s í a ,  d e s t i n o  i r r e n u n c i a b l e

R. S./H.S .—  Nos  gustaría  ahora  hablar  sobre  tu  poesía. Preguntarte lo que parece inevitable cuando se toca el tema contigo: ¿Por qué abandonaste definitivamente la escritura?

J.E.— En realidad nunca he dicho que la haya abandonado, y menos definitivamente. Ocurre  simplemente que en un momento determinado me canso de escribir; dejo una cosa para dedicarme a otra —las artes plásticas— que siempre me había interesado pero que también las distintas  circunstancias me obligaron a postergar. Así ocurrió. Yo ya había escrito algunas cosas y me faltaba tiempo para hacer otras. Ahora mismo, por ejemplo el tiempo para descansar es el que me falta, pero también el tiempo para trabajar; me faltan en realidad los dos tiempos.

R.S./H.S.— Pero, ¿no se podría decir que por ese entonces habías llegado a agotar tu relación con la palabra?

J.E.— En efecto, hay un momento  de saturación en mi relación con la palabra, con la poesía verbal, escrita.  Pero resulta  también que más me divertía tratando de hacer otras cosas más allá de esos niveles lingüísticos específicos. Los resultados quizás no valgan nada, pero esa actitud de búsqueda insatisfecha de nuevas formas de expresión es la que encuentro más apropiada.

R.S./H.S.— Y esa búsqueda  de la que hablas, ¿nunca te devolvió después al camino de la poesía escrita?

J.E.— Pues  la verdad que sí. En la década del setenta, por ejemplo escribí algunos poemas. Producto de esas «recaídas» fueron «Arte poética», «Poema casi en prosa sobre la poesía, el verso y la rima cotidiana» y «La sonrisa de Leonardo es una rosa cansada». Más adelante, en 1980, escribí Ptyx , un poema largo con el que creo haber vuelto seriamente a la escritura.

Esta última composición la escribí en Europa un día en que llegué como huésped a una casa divertidísima, llena de laberintos y recovecos muy parecida a otra casa de París en la que había estado  en 1948 , y en la que sucedieron una serie  de cosas muy difíciles de olvidar.

El hecho en concreto,  entonces, fue que al llegar a esta segunda casa algo dentro  de mí se removió repentinamente; tal parecía que había hecho un viaje al pasado, pues todo me hacia recordar  o, mejor dicho, revivir mis experiencias en la casa original. Todo era igual: la casa, los olores que iban y venían al interior de ella, el parque de enfrente… Hasta que me enfermé  y no tuve más remedio que ponerme a escribir ese poema, que después ha sido publicado parcialmente.

R.S./H.S.— Entonces ¿la posibilidad de nuevas «recaídas» siempre está vigente?

J.E.— Bueno qué le vamos a hacer; ya me acostumbré a vivir con mi enfermedad.

R.S./H.S.— ¿No es cierto entonces que para ti la poesía escrita  ya no tenía nada que decirle a este mundo?

J.E.— Nunca he creído que la poesía hubiera terminado y que ya nada tenía que decirle al mundo. Ahora bien, para hablar por ejemplo de la pintura, si un joven de veinte años comienza haciendo instalaciones o ambientes  porque simplemente está convencido de que la pintura ya no tiene razón  de ser,  está  en todo su derecho  de pensar  de ese modo; solo que tendrá que trabajar veinte años más para darse cuenta de que se había equivocado.

m u e r t e ,   j u e g o  y   v a n g u a r d i a

R.S./H.S. — El elemento lúdico es también una de las constantes de tu obra. ¿Qué función le darías frente a la fuerte carga dramática que igualmente contiene tu poesía?

J.E. — En principio no creo que haya contradicción entre lo lúdico y lo dramático. Todo es y está en continuo juego. El dolor mismo es un juego trágico. Incluso hoy en día la teoría lúdica  se  ha extendido a las  ciencias matemáticas con una serie de signos y códigos interpretativos. El gran problema. de esta teoría es que tiene reglas propias, las que a su vez forman un juego. Siempre  el artista  debe romper las reglas para después plantear otras y así ad infinitum.

R.S./H.S. — ¿Y cómo ves la función de la vanguardia en el arte en general?

J.E. — Para mí simplemente la vanguardia no existe.  O en todo caso es absurda. Por ejemplo, los movimientos vanguardistas de los años sesenta decretaron, incomprensiblemente, el fin del arte,  por la sencilla  razón de que, según  su  opinión, en el mundo ya no quedaban  talentos después de lo que ellos habían hecho. Eso es totalmente falso; pues  no se  puede  decretar la muerte de algo que vivió durante  muchos siglos, desde los albores mismos de la humanidad,  solo porque ahora se les ocurrió que tenía que morir.

R.S./H.S. — ¿Pero no crees siquiera  en la vanguardia en el sentido de cambio?

J.E. — Para que haya cambios no es necesario que haya vanguardia.

R.S./H.S. — ¿Y el artista no sería aquel que abre nuevos caminos, que señala nuevas rutas?

J.E. — El camino no lo señala nadie. Las cosas están  allí desde un principio.

R.S./H.S. — Ya que hablamos de cambio, ¿no piensas  en el cambio más radical: la muerte?

J.E. — No, no pienso en la muerte; seguramente es ella la que pensará en mí.

R.S./H.S. — ¿Y nunca has pensado en el suicidio?

J.E. — No; en el suicidio como acto mecánico  en que tomas un arma y todo lo demás, en eso nunca. Pero sí puede que haya tenido una actitud más o menos autodestructiva frente a la vida por la década del cincuenta,  en los tiempos de Habitación en Roma, que me parece un libro desgarrado. Sin embargo, a la enfermedad le temo mucho más; tampoco pienso en ella, pero le temo más que a la muerte.

Anuncios

There is one comment

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s