José Watanabe, el joven narrador

Oswaldo Reynoso recuerda cómo conoció a José Watanabe. Publicado en Libros & Letras N° 20-21. Lima, 2007.
Watanabe poesia

“Cuando el trapiche se agita y se juntan los engranajes para triturar la caña, es la molienda. Cuando, al final de la molienda, las ruedas ya sin aceite del trapiche ásperamente friccionan, es el chirrido y el miedo. Y cuando el trapiche chirría, salen hombres a robar niños para aceitar los engranajes. (Solo el aceite de los niños calla el ruido). Entonces en las calles es el silencio. No hay ronda. No hay canción”.

Este es un fragmento del cuento “El trapiche” que Watanabe publicó en el primer número de Narración (setiembre de l966). En ese entonces, tenía veinte años de edad. La nota que acompaña el relato señala: “Tiene concluido un libro de relatos sobre la situación de los trabajadores en los grandes latifundios azucareros, al que pertenece ‘El trapiche’. Nació en Trujillo”.

Creo que ese anunciado libro de relatos nunca llegó a editarse. Cinco años después, publicó su primer libro de poesía Álbum de familia. Watanabe se vincula a Narración de una forma casual. Una noche de verano de 1966, en el bar Palermo, Eleodoro Vargas Vicuña me dice: hay que salir urgentemente de Lima, ya no soporto el enclaustramiento capitalino y hay que respirar nuevos aires en cualquier ciudad del país. Yo también estoy harto, le dije, de esos critiquillos oficiales que no solo han querido destruir mis libros Los inocentes y En Octubre no hay milagros, sino que la han emprendido contra mi persona, que han metido sus narices en mi vida privada y que no se cansan de llamarme pornógrafo. Pusimos sobre la mesa el dinero que en ese momento teníamos. Eleodoro hizo
un cálculo mental y dijo: Esto nos alcanza para tres días en Trujillo. En nuestra mesa colocamos un letrero: Los esperamos en Trujillo.

A la vuelta no más de Palermo nos subimos a un ómnibus rumbo a esa ciudad. Llegamos al amanecer. Nos alojamos en un hotelito barato y a las diez de la mañana salimos a buscar un restaurante para desayunarnos. En una esquina, nos topamos con Hugo Bravo, periodista de El Comercio y palermitaño de todas las noches. Leí el letrero y he venido a buscarlos, nos dijo riendo a carcajadas. Más allá, en una placita, vimos un ruedo de personas. Nos acercamos y en medio del ruedo estaban el mimo Acuña en plena actuación y Víctor Zavala con un sombrero de payaso en la mano pidiendo una colaboración al respetable. Al vernos, Acuñalevantó en alto el letrero que habíamos dejado en nuestra mesa de Palermo. No recuerdo en qué momento se acercaron unos jóvenes y nos dijeron que eran miembros del Grupo Literario Trilce y qué desayuno ni desayuno: cerveza. Y estaban muy contentos de conocernos y que si habíamos traído libros y que gestionarían una presentación con lectura incluida en la universidad. Nos estrecharon las manos diciéndonos sus nombres: Juan Morillo, Eduardo González Viaña, Ibáñez, Esquerre, Watanabe y otros que no recuerdo. Y nos fuimos a Huanchaco: mar, cerveza, exquisitos platos de pescado y mariscos y, sobre todo, conversa sobre literatura y la grave contaminación de la crítica oficial limeña.

Casi todos eran narradores. Nos propusieron para el día siguiente una sesión de lectura de sus relatos. Recuerdo que Watanabe casi no hablaba y nos miraba detenidamente. Sus compinches de letras y de trago nos dijeron que las muchachas más guapas de Trujillo lo perseguían y que de todo el grupo era el más pintón. Y Watanabe sonreía discretamente. A los pocos meses dejó Trujillo y nos fue a buscar a Palermo. En esos días, estábamos en plena organización del grupo Narración y de la edición de una revista. Leyó el proyecto del editorial y con un leve movimiento de cabeza de aceptación nos entregó su cuento “El trapiche”. La lectura de sus dos primero párrafos me impresionó. Apenas tenía veinte años y su prosa era directa, hermosa y profunda, los diálogos eran ágiles y la estructura general de buena factura.

Así comienza su relato: «Molienda. Odiada molienda. Se agitan las entrañas del dragón deacero. Gimen ruedas y engranajes. A dentelladas la caña se hace azúcar. Un rumor sordo sale a veces del ingenio y termina en un pito largo y agudo. Y chirría. (¿Dónde nace la noche? ¿En la cueva de qué cerro despierta su sombra? No lo sé. Pero ya está aquí, oscura y triste)”. Y esa noche, de vuelta a Trujillo de Huanchaco, nos acomodamos echados de espalda sobre la carrocería de una camioneta. Watanabe, que estaba a mi lado, me dijo: Acabo de leer el artículo de un científico que afirma que mirando con intensidad las estrellas se puede encontrar a Dios. Oswaldo, sé que eres ateo. Haz la prueba de mirar el cielo. Miré el cielo y le dije: No lo he encontrado y creo que nunca lo encontraré. ¿Tú lo has encontrado?, le pregunté. Aún no, me contestó. A lo lejos, veíamos las luces de Trujillo. “Afuera chirrido y humo. Afuera, sobre las casas, devorante, la bestia”. Así termina su cuento “El trapiche”.

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