Juan Mejía Baca cuenta por qué era tan difícil editar libros en la época de Belaúnde

Publicado en Perspectiva. Lima, 28 de febrero de 1982.

Juan_Mejia_Baca

Juan Mejía Baca me invitó a pasar a su viejo escritorio, donde parecía un retrato más entre los muchos que adornaban las paredes: José María Arguedas, Alejandro Romualdo, Sebastián Salazar Bondy, Martín Adán, Ciro Alegría y otros. “Son todos los que han publicado en mi editorial -me dice orgulloso-. Es tradicional la gentileza de enviarme siempre su retrato”.

Solo entonces iniciamos la entrevista. ¿El tema? Tratándose de Mejía Baca, ex-estudiante de medicina, músico respetable (ocupó el lugar de Alfonso de Silva en una orquesta), editor de autores jóvenes y consagrados, infatigable y práctico difusor de la cultura, solo podíamos conversar con él de un tema sobre el que ha rondado toda su vida: el libro.

Juan Mejía Baca tiene ya 37 años en el oficio de librero y editor, lo que lo convierte en un profundo conocedor de la realidad del libro en nuestro país y en los restos de América, con los que tenemos no pocas desventajas.

Basadre decía que él encontraba una sutil diferencia entre la Conquista y la Colonia; yo, parafraseando, digo que no encuentro ni la sutil diferencia entre la Colonia y la República. Cambia el nombre de virrey por presidente, el de Toquemada por el de senador o diputado. Cambian los nombres, nada más; no hay esa cosa que permita decir que existe una política social en relación al libro y a sus autores. En Brasil, por ejemplo, a pesar de los militares, por artículo constitucional, el libro es intocable. No se puede gravar un libro, De modo que para poder arremeter habría que modificar el artículo. ¿Consecuencias en el terreno práctico, pragmático y hasta financiero? Hay cantidad de editoriales argentinas que imprimen en ese país porque tienen todas las ventajas.

Otro ejemplo lo podemos hallar en Cuba -continúa Mejía Baca-, allí se han publicado quince mil títulos en veinte años: el porcentaje de  analfabetos, que era del cincuenta por ciento, no llega ahora al tres por ciento, y, en ese pequeño porcentaje que no se puede vencer, están los tarados mentales, los enfermos, los que no pueden hablar. ¿Sabe usted cuántas piezas bibliográficas se han hecho en veinte años? La increíble cifra de quinientos millones. ¿Sabe usted que las Poesías completas de Vallejo cuestan la quinta parte que aquí en el Perú? Ojo que lo que digo de Cuba lo dicen los boletines de la Unesco; no lo dice Fidel Castro ni lo puede desmentir Huber Matos. Hablamos de realidades. Estoy hablando de Brasil, estoy hablando de Cuba y le podría hablar de México o de Colombia. Pero aquí, vea usted -y me saca unos cuadros estadísticos- en el año 50, usted mandaba tres kilos de cualquier cosa, piedras, caramelos, a provincias, pagaba un sol cincuenta; y si eran libros, pagaba un sol veinte, o sea había una rebaja del veinte por ciento. Si el peso era de un kilo, la diferencia era a favor del libro, porque se pagaba un sol por kilo, y por cada libro cuarenta centavos.

Mejía Baca continúa exponiendo la situación del libro, centrándose en los vaivenes del caso peruano.

¿Quién gobernaba? Odría. No vamos a concluir que el señor Odría favorecía a los libros, no, eso es una realidad, la interpretación viene después. Ahora, tarifas vigentes: usted paga por tres kilos de caramelos 320 soles, pero si son libros, el recargo es mucho mayor.

Estamos en el 82, con un gobierno civil y democrático. Yo no quiero sacar por conclusión que el señor Odría protegía los libros mejor que el señor Belaúnde, no, pero ¿cómo se puede hablar actualmente de baja de costo de los libros si la resma de papel bond cuenta alrededor de quince mil soles más el seis por ciento de impuestos? El papel lo comercializa el Estado. Como se ve, esto es un desbarajuste. ¿Puede la buena voluntad de alguien preocupado por el problema del libro modificar las cosas?

Tiene que haber una atención, y tiene que ser de una vez por todas. Hace algún tiempo, en un reportaje a una revista alemana, dije que hay dos tipos de sordos: algunos geniales como Beethoven y punta de imbéciles que se hacen los sordos porque les conviene, y no prestan atención a esas cosas.

Mejía Baca explica por qué es más ventajoso editar un libro en el extranjero que en el Perú.

Ahora, con la reducción del local y otros problemas que se me han ido presentando, mi editorial se va a dedicar solamente al libro peruano. Literatura e historia -y añade un poco entre apanado y exaltado- ¿Cómo se puede trabajar en estos momentos, si para repetir la edición de la Historia del Perú en doce tomos, tendríamos que poner cincuenta por ciento sobre la mesa y el otro cincuenta en una letra a sesenta días al recibir los títulos? En todo esto se tarda más o menos un año, y los intereses van subiendo. En cambio, si recibo mi crédito en España, no adelanto un centavo, no me ponen fecha ni puñal al pecho; entonces resto el trabajo y puedo tener lista la tercera edición. Aún pagando elevadísimos impuestos (los fletes aéreos cuestan un infierno de dinero), la ventaja de editar afuera es mucho mayor.

En España yo tengo mi crédito. No me hacen firmar papeles, créditos que aquí no juegan. El Banco Industrial le presta al que tiene con qué responder en el sentido material. Si usted tiene una imprenta le prestan, pero si tiene una honradez demostrada a través de su vida, no, porque eso no es valorizable.

Cuando le indago acerca de su creciente pesimismo, Mejía Baca se cruza de brazos y se queda en silencio unos instantes mientras el ventilador, las bocinas y las teclas de las máquinas de escribir arremeten con más fuerza.

Vea usted -me responde- yo no creo sino en realidades. En mi vida tengo eliminada varias palabras: la palabra suerte, por ejemplo, para mí no funciona; yo juego al trabajo.

Hay otros términos: pesimismo y optimismo. No los considero en mi vida para nada. Si en este momento me entero de que hay en marcha la acción para solucionar el problema, yo no negaría nunca mi cooperación.

Le pregunto, entonces, acerca del papel que juega el autor en todo esto.

En cuanto al autor, mi concepto es muy simple: sin el autor no hay nada. Hace algún tiempo llegó aquí el funcionario de una organización de cultura; cuando este señor revisó los tomos de la Historia del Perú me dijo que en las reediciones iba yo a ganar, ya que la Ley Internacional de Derechos de Autor consideraba que cuando se forma un equipo de colaboradores para una enciclopedia, se les pagaba una sola vez y listo.

Yo le respondí que, en primer lugar, no hay tal Ley Internacional, sino leyes nacionales en cada país. Por otro lado, ¿quiénes han hecho las leyes en gran parte? Los Gobiernos, asesorados por los editores que se preocupan por sus intereses, mas no de otra cosa. Parte del problema está en el autor, quien es, por lo general, un pésimo administrador de sí mismo, de manera que se conjugan una serie de factores. La explicación natural viene del hecho de que después de producir su “hijo”, quiere verlo a la luz, lo cual lo hace fácil víctima de los editores y distribuidores.

Al autor se le debe proteger en todos sus derechos. No se le debe proteger con esa protección tipo beneficencia, como si se tratara de un inválido. Debe recibir una pensión del Estado. Esto no es un capricho, no es una idea, no es una demagogia. Es cuestión de comprender el problema, de querer hacerlo.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s