De cómo Ciro Alegría escribió El mundo es ancho y ajeno

Historia del nacimiento de su obra más premiada y del reconocimiento por parte John Dos Passos. Memorias. Mucha suerte con harto palo, 1978.

Ciro Alegría

Cuando la editorial Farrar and Rinehart de Nueva York anunció su Concurso Latinoamericano de Novela, Enrique Espinoza me incitó a presentarme. Le respondí que estando auspiciado por la Unión Panamericana, posiblemente pesaría mucho las influencias oficiales y yo, como de costumbre, no tenía ninguna. Mi condición de exiliado agravaba el caso. Luego hicieron conocer los nombres de los integrantes del jurado de Nueva York: Blair Niles, Ernesto Montenegro, John Dos Passos. Era gente de capacidad y honradez comprobadas.

Pero el tiempo pasaba y yo no tenía cuándo empezar. Se sabe cómo bregamos los escritores en todas partes y más en nuestros países. Yo lograba ganarme la vida escribiendo artículos para los periódicos, vendiendo tal cuento, componiendo solapas y buscando libros de “dominio público” para las editoriales, corrigiendo pruebas y originales de otros, etcétera. Y en tal etcétera va envuelto un permanente trajín de huidizos logros. Entonces se produjo un hecho desacostumbrado. Un grupo de amigos resolvió darme una subvención mensual a fin de que tuviera todo el tiempo disponible. Ellos fueron los doctores Otto Hoffman, Franz Hoffman, Carlos Van Eyweik, Mario Prado L., Gustavo Molina, Oscar Avendaño, Federicho Chávez y el señor Federico Mekis. Yo no conocía a ninguno de ellos, pero me habían leído y bastó que Federico Chávez, autor de la iniciativa, se las propusiera, para que la aceptaran con noble entusiasmo. Me complace dejar constancia del hecho y darles testimonio de mi gratitud. Esa beca del aprecio y la generosidad me permitió escribir El mundo es ancho y ajeno.

Me puse a escribir. Quedaba poco tiempo y era cuestión de trabajar sin tregua. Cuando tenía cosa de doscientas páginas se las entregué a Enrique Espinoza para que opinara. Me ofreció leer aquel fajo en una semana. La sorpresa estuvo en que al siguiente día, llegaban Catita y él por mi casa. Era domingo y yo estaba sentado a la puerta de mi modesto refugio de La Cisterna, pueblecito situado a quince minutos de Santiago de Chile. A una cuadra les noté el júbilo que se traían en la cara. Pasando de la curiosidad al entusiasmo, habían leído las doscientas páginas la noche anterior. Espinoza me sugirió cambiar algunas palabras, corregir uno que otro párrafo. Tengo confianza en su juicio y lo hice. Por aquellos días Catita estaba en vísperas de dar a luz. No obstante, Espinoza siguió llegando con harta frecuencia por La Cisterna, ansioso de ver cómo seguía el libro. Discutíamos las páginas escritas. De pura fatiga no quise hacer algunos certeros cortes y la consiguiente recomposición que me aconsejó. Un día se apareció con el novelista Manuel Rojas y todo era, según deduje, para darme ánimo. Yo estaba convaleciente de una enfermedad y, a veces, el exceso de trabajo me hacía subir la fiebre. Otro día se apareció Espinoza con una cinta de máquina de escribir, con papel. Después aparecióse con un mecanógrafo… Su estímulo y el que también me prestó Rosalía Amésquita, quien copió además gran parte de los originales, me ayudaron a vencer la fatiga de un trabajo sin tregua. En cuatro meses terminé la novela y no lo digo con el tono de quien cuenta una hazaña. Escribió con tal prisa obligado por las circunstancias. Bien hubiera querido tener años para componer un libro que es parte fundamental de mi vida misma…

Recuerdo que terminé la novela al alba del día en que cerrábase la admisión. Espinoza llegó por la tarde con papel de carátula, una maquinilla perforadora, grapas. Cuando todo estuvo mecanografiado, el mismo Espinoza cuadernó las páginas y les puso el título y mi nombre. Fuimos de prisa a la oficina encargada de recibir los originales. La dirigía el escritor José Santos González Vera. Llegamos con quince minutos de retraso.

– Era hasta las cinco el plazo -dijo González Vera-. Ya no hay cabida…

Se trataba solamente de una broma. Mis originales aumentaron el número de obras que atestaba la mesa. Espinoza tomó desde ese momento una actitud de completa confianza. No le cabía duda de que el jurado chileno seleccionaría mi novela y el de Nueva York la premiaría. Yo consideré prudente no esperar demasiado. Cuando un cable me anunció el triunfo llamé por teléfono a mi buen amigo. Le comuniqué la noticia con entusiasmo.

-¡No le dije!-me respondió sin ninguna sorpresa…

Mi querido hermano Gerardo:

Mi novela pasó ya de la selección local i ahora está en viaje a Washington. Ya escribí a tío Constante dándole las gracias i a ti te agradezco por tus buenos oficios. A él también le doi algunos detalles sobre el concurso, que me parece que ya te los envié a ti. El fallo se dará el 15 de marzo, de modo que hay un buen tiempo de espera. Ojalá obtenga algo, pues ya estoy verdaderamente agobiado por el gran problema que es para mí afrontar la lucha por la vida sin tener salud. No diré que la mía haya entrado de nuevo en crisis,pero tengo que cuidarla como a un cristal frágil i así no puedo mantener un esfuerzo muy prolongado i toda tarea tiene que ser ocasional. En fin, qué se hará. Paciencia i barajar. Le escribo a mi papá. Mis abrazos para Hilda, Nilo y Elmer. ¿Qué hay de Marcabal? Espero que la suerte nos trate mejor este nuevo año. Pienso, que de obtener yo el premio, quizá podrías venir para abrirte campo más ampliamente.

Recibe todo el cariño de tu hermano,

Ciro.

El jurado nacional de Chile -los había en nuestras veinte repúblicas- compuesto por Rubén Azócar, Alberto Romero y José Santos González Vera, seleccionó mi novela y la de un autor del país, y el jurado continental de Nueva York integrado por Blair Niles, John Dos Passos y Ernesto Montenegro, le dio el premio en el concurso mencionado…

Mi querido Yayo:

Acabo de recibir un radiograma (10 de la noche del día del 28) en el que se comunica que he triunfado en el concurso de novelas.

Te abrazo en este alegre momento de nuestras vidas i te pido que avises a mi papá i a toda la familia.

Esta victoria es también tuya, por todo lo que me has ayudado.

Tu hermano,

Ciro.

PD. Recibí tu carta i el cheque. Gracias.

Cuando días antes de mi viaje a Estados Unidos, los escritores de Chile me dieron un almuerzo de despedida, fue Manuel Rojas quien pronunció el discurso principal. Aún recuero sus palabras…

Creo completar esta historia diciendo que, recibido el dinero del premio, devolví a mis favorecedores cuanto me habían dado, añadiendo cierta cantidad de mi parte al saber que pensaban ayudar a otro escritor, esta vez chileno, que anduviera en circunstancias parecidas a las mías…

Por aquellos tiempos fui objeto de nutridas atenciones de las que hablaron oportunamente los periódicos y El mundo es ancho y ajeno comenzó su viaje por el mundo. La cuenta de tal jornada la hacen mejor que yo los editores, los críticos y el público.

Bien mirado, todo esto es la anécdota. La historia básica del libro comienza en mis años formativos…

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There are 2 comments

  1. Ruth B Vargas

    Alegría escribe con tal pasión y describe con tal perfección las vicisitudes de la comunidad indígena Rumi, que te sientes transportado mágicamente a ese escenario y piensas en el triste destino no solo de Rumi, sino de este mundo actual controlado aun por terratenientes, banqueros y grandes corporaciones.

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