Peleas literarias: Westphalen y Moro contra Huidobro

Emilio Adolfo Westphalen y César Moro responden en una carta anónima los insultos de Vicente Huidobro. Lima, febrero de 1936.

Vicente Huidobro pelea Moro

Vicente Huidobro o el Obispo embotellado

Es un espectáculo bastante triste contemplar los síntomas de una putrefacción moral, desagradable atisbar la suciedad moral de un “personaje” literario, hinchado de una vanidad pueril y de una estúpida pretensión de superioridad o, siquiera, de valor. Huidobro, ya en trance de culpable reconociendo la falta, no guarda ningún pu­dor, no tiene ningún inconveniente en mostrarnos por entero su bajeza moral. Antes pudo haber guardado las apariencias: se trataba de seguir pobremente, según sus propios pobres recursos, a algunos de los innovadores de la poesía de los últimos tiempos. Huidobro, a su sombra, era el mico que copiaba el gesto: nada más que el gesto, naturalmente. El mico se colocaba una faja al pecho y escribía en ella; «Huidobro, el más grande poeta del mun­do». Podemos, sin embargo, haber supuesto que guarda­ba otras gracias; la vileza de la ultima actitud de Huidobro es bastante característica. ¿O es que el cree que recién aho­ra se revela la farsa? ¿Que la verdad puede ocultarse con chillidos, golpes de pecho, calumnias y falsedades? ¿Que alguien puede sentir otra cosa que lástima y asco ante un ser ya bastante adulto y que, sin embargo no puede con­tenerse y defecar delante de todos? ¿Hay algo mas infan­til que creer que porque se cierran los ojos los demás desaparecen; que creer que tenemos la omnipotencia y que nuestros deseos son invulnerables? César Moro, en unas cuantas frases, supo definir precisamente a Huido­bro. Ahora este supone que puede librarse de ellas adjudicando gratuitamente a César Moro cuanta acción reprobable se le ocurre: como perfecto canalla cree en la eficacia de la difamación y en que sobre alguien han de hacer efecto las declaraciones de un infame soplón que en su miseria moral considera a los otros pertenecientes a su misma especie. No hemos de examinar una por una las declaraciones de Huidobro: tienen el mismo valor que las de cualquier estafador al descubrírsele el fraude: las palabras gruesas en cambio de razones; la mentira y la calumnia por única defensa.

Sólo debemos insistir en las afirma­ciones de César Moro y en su veracidad. El veterano no puede negar sus años ni su arrivismo, aunque él mismo siempre ha de ser el mismo, se llama arrivé. Naturalmente, la edad de Huidobro no tiene otra importancia que la que él mismo quiera darle. (Habría que leer su articulo (?): «Juventud contra vejentud (?)»), añadiendo al pie de la fir­ma la edad exacta de Huidobro: sólo entonces adquiriría todo su humorismo, nos revelaría todo lo grotesco y ridículo de su pretensión. ¿O es que quiere que le imaginemos con un chupón en la boca y llevándose los dedos a las narices? En cuanto a la estafa, ¿bastarán como descar­go los testimonios de las conversaciones habidas con personas ya muertas? -descanse en paz Juan Gris.

El caso de la “Jirafa”- y el “Árbol” es un ejemplo de la técnica de Huidobro; la acusación de Cesar Moro permanece en pie: acu­mula de tal modo Huidobro las circunstancias atenuantes, las disculpas son tan variadas; no había leído, además esto y aquello otro, y por si no bastare la historia del cuadro y el loco y el nombre del loco, las conversaciones en casa de la familia y los psicoanalistas y los Regoyos y todo lleno de las fechas que ya sabemos con cuanta matemática exactitud equívoca Huidobro; es decir, una aglomeración bastante sospechosa. Cuando una persona trata de engañar y de engañarse, sin duda ha de preferir las aguas turbias: Huidobro lleva su pegajosa viscosidad a todas partes. Es un marxista (?) que a pesar de ello escribe una novela sobre “la próxima” en el mismo tono de cualquier imbécil folletinista de magazine, y que lo quiere componer todo con un epígrafe y con una romántica e inofensiva llamada de auxilio: no hay que hacer nada, no debemos absolutamente hacer nada: «Rusia es la única salvación». ¡Actitud perfectamente revolucionaria, no han de negarlo nuestros maravillosos marxistas criollos! Actitud que no puede sorprendernos en un confusionista de vieja estirpe, en quien no tiene empaque de declarar «que no proclama nada con exclusión de algo», que proclama el hombre con todas sus facultades de hombre, el hombre TOTAL (?). Por lo tanto, actitud nada más que de servilismo y compromiso ésta, y que no puede merecer sino el desprecio y la mofa. Bien puede Huidobro abrazar a Hitler y a Stalin, ponerle una vela al diablo, y otra al papa. «No proclamar nada con ex­clusión de algo»: llorarle al buen dios y pretender servir (?) la revolución social: el hombre «TOTAL», es decir, el hombre dueño de todos los disfraces: ya policía o sacerdote o presidente de la república o mensajero de Apolo. He aquí el estafador «TOTAL», «ni cubista, ni creacionista, ni dadaísta, ni surrealista», nada más que mierda, simple­mente «TOTAL». Todavía recuerdo cuando Napoleón me decía: «Este Huidobro hará hablar de sí», y me parece que lo ha conseguido. Hasta ahora era Huidobro mismo el que se dedicaba a ello. En la feria de vanidades o en la verbena, delante de la carpa del fenómeno, con grandes aspavien­tos y voz retumbante, ¿O es que no es retumbante la voz de Huidobro?, anunciaba Huidobro: ¡Pasad, a ver a Hui­dobro, el “terremoto celeste”, la “estrella taciturna”, “el gigante inconmensurable”, “el que crea de la nada”, “profeta de hombre”, etc, etc. Acaso los niños y los ingenuos caían en la trampa. Huidobro, muy orondo, hacía ante ellos sus pequeños juegos de prestidigitación. Pero su negocio ha quebrado, la carpa está vacía. Sólo han quedado Huidobro el viejo y Anguita el joven, el discípulo que esperaba heredar el arte y los clientes y la carpa del “maestro” Huidobro, decimos, ha conseguido que por un momento hablemos de él: ahora aquí lo dejamos de nuevo pudriéndose en la mierda que tan abundantemente despide y la misma que lo rodea y la anguita que le lame los gusanos.

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