José María Eguren se desentraña a sí mismo

Entrevista de César Francisco Macera al poeta José María Eguren. Lima, 1940.

José María Eguren

Ilustración: Álvaro Portales

José María Eguren, todo un poeta

Algunas veces se le ve andar muy rapidito por las calles del Centro, vestido de negro con un capelo de copa baja, redondo y caído de ala.Como si lo impelieran magnetismos extraños, apártase de los grupos de las veredas y de las esquinas. Menudito y soñando, este hombre que tiene el mérito de haber cantado muy finamente en poemas inestimables que ya resisten tres generaciones por su buena calidad, tela indígena que no pierde color, es hoy un anciano maravilloso. Acerquémonos a él para oír un lenguaje imprevisible y contemplaremos su alma transida de amor a la naturaleza y a la alegría. No busca la originalidad en las palabras, su conversación es muy sencilla; huye de toda afectación.

Donde está es en los objetos que describe y que para él tienen ya perfecta realidad, honda pero traducible. Con este mundo que habitamos, con esta ventana, aquel tranvía y el cruce de los automóviles y las gentes detenidas ante el farol rojo, no tiene nada que ver. Nada empírico, nada representativo le interesa. Eguren, sonriente y cándido, vive en la provincia de sus entes literarios, formas y figuras que nadie le ha enseñado, que él ha descubierto caminando. Todos saben que iba y volvía a Barranco en larga marcha, libre marcha en la madrugada o muy entrada la noche, al medio día, a todo sol. El riel, el molino, los campos sembrados, los cerros que bordean Lima eran los instrumentos de su trabajo. Mal hace el crítico que lo juzga un poeta sin referencia con la tierra.

Largas temporadas pasó en las haciendas de Pro y Chuquitanta, y cuando era adolescente, salía de caza con una magnífica escopeta, a grandes zancadas por los caminos llenos de flores silvestres, de acequias e inacabables pircas. Pero un día disparó sobre un cuervo, y como no lo hiriera disparó otra vez. Cayó herido el animal y al acercarse a verlo descubrió maravillado que era un palomo grande, con un pecho metálico y en las alas negras tenía unas líneas blancas, limpísimas. ¡Qué espanto le produjo el haber dado con esta ave extraordinaria que nunca fue vista por aquellos parajes y que a los burdos hombres de la hacienda se les antojó un ave de la Patagonia! Desde luego que, como no la había matado, se dedicó a cuidarla y la salvó, aunque encerrada en la jaula la enorme paloma se asfixiaba.

Desde entonces Eguren dejó de cazar y cuando fue con otros, su escopeta no hizo fuego. Recorría, sí, los campos, averiguando el nombre de las flores, las costumbres de los animales, el canto de los pajarillos, anheloso de encontrar algo por sí mismo. Así se ha preocupado por saber por qué las aves más raras buscan los lugares más siniestros. Donde hay árboles retorcidos, con tallos cortos y raíces visibles, en montículos secos o corroídos por heridas de tierras metálicas, el poeta ha encontrado animales feísimos, caparazones de ébano, valvas acechantes, bichos que cojean con toda sus patas.

Y en cambio, lo dijo ayer:

– Las mariposas amarillas eligen flores de su color para posarse. Y en los campos de cebolla he visto unos animales traslúcidos del mismo color que el fruto. Hay lugares en la Hacienda Chuquitanta que a ciertas horas están sin un solo ruido, y en cambio sorprendemos, por alguna parte, una asamblea de pájaros cantando en orquesta, aves que suenan como una fuga de Bach y que se desplazan por el cielo, en una lanzada múltiple para arriba.

– Yo he andado mucho por Lima, para escribir y para pintar.

Muestra un cuadro que es una especie de mapa para la referencia del pensamiento, dicho lienzo parece servirle a el como a los anatomistas o los geógrafos,d e noticia y resumen para conocidas etapas intelectuales. Cuando ya el poeta no quiere andar tan lejos, tiene miniaturizado el paisaje y pasa su dedo con cariño por el filo del cerro de. Regle donde Espinoza Cáceda ha puesto una escultura de. Santa Rosa que se ve desde el mar y por el cerro del Agus- tino donde hay aparecidos y un tesoro. El San. Cristóbal y la Isla están allí y en el campo pálido, recién cosechado, una menudísima vaca parece una mosca parda adorrnecida.

– ¿Y usted escribía versos en cualquier parte, en alguna libreta, con taquigrafía?

– Cuando veía algo. Una mañana de un molino abandonado salieron unas voces. ¡Qué agradable sorpresa! Escribí un verso y las voces eran de unas mujeres que estaban en excursión y se habían subido al molino. Vea usted, yo no soy matemático: no entiendo esa pretendida exactitud. Vivo cercando el misterio de las palabras y de las cosas que nos rodean. Y no creo hacer filosofía a pesar de haber escrito cincuenta artículos que fueron una cosecha demasiado abundante de una época de mi vida. Huyo de la muerte, y de la idea de la muerte. Me agrada mucho en estos días ir de visita donde Isajara, que es una gran artista, donde las señoritas Izcue y las señoritas Gálvez, allá en el Campo de Marte, donde ellas pintan y conversan conmigo. No admito nada fúnebre. El pobre cuervo (señala al gallinazo que está en la ventana de enfrente) es un ave calumniada. Debían pintarlos de colores. Dicen las viejas de Lima que cuando estaba por morir un presidente se posaba un gallinazo en una torre de la catedral y aquí les odian más por lo que parecen que por lo que son. Venga usted conmigo, le voy a enseñar mi museo íntimo. Suba usted la escalera. A mi lado, despacio, asciende el poeta con su faz cándida y sorprendida de siempre, un poco fatigado. En una habitación salita hay muchos cuadros y retratos, recuerdos de amigos pintores y escritores, lienzos del propio Eguren como el de los árboles raros que le gustaba a Castillo, referencia a que él alude también en su conversación. Valdelomar en un retrato dedicado apasionadamente. Medardo Ángel Silva que mantuvo correspondencia con Eguren, aquel poeta ecuatoriano que un día gritó en la redacción de un periódico: «Esto no se puede aguantar más, y se pegó un tiro. Este poeta era tan amigo de los libros que, cuando cobraba un sueldo, corría a casa de su madre a entregarle el dinero que de otro modo hubiera dejado en la librería”.

Un poco más allá: un retrato de mi hermana.
—Me gusta mucho la música, pero tengo miedo por- que confunde y absorbe tanto que no quisiera salir de allí, y cuando alguien toca no lo dejo. Mi madre tocaba muy bien al piano. Para ella no he escrito versos; tendrían que ser tan estupendos, que no me atrevo.
Una fotografía dedicada por Chocano. Su corona en la frente.
— El día de su coronación yo estaba cerca de el. Ya le iban a poner el laurel cuando me vio perdido entre el público porque no había logrado mi sitio en la tribuna oficial. Entonces me hizo señales y grito: Ven. Después me obligó a que me retratara a su lado.

-¿Qué opina usted de Chocano?
-¡Oh!, exclama, un poeta enorme. Tan grande, y tan vasto que si algo se le pide, algo se le encuentra. Critiquen y digan lo que quieran los injustos y los malos, el siempre tendrá más de lo que se le pide. Soy amigo de Chocano desde muy joven —era mayor que yo algunos años y fue a sus manos que cayeron mis primeros versos. «¿De dónde te has copiado esto me dijo. Se conoce que no los has transcrito bien porque tiene faltas de ortografía». Chocano decía de Eguren que era nuestro Verlaine.
-¿Cuáles son sus más viejos amigos?
– ¿Entre los que han muerto?
– Entre los que viven.
– Fiansón, Beingolea… No, mejor no enuncie usted nombres. ¡Tantos amigos tengo! No quiero preterición para nadie. Fiansón es un poeta mal conocido hoy en día. El fue el introductor del parnasianismo en Lima y es autor de buenas composiciones como la «Neblina», «Hacia Damas—co», «Foederis Arca». Claro que algunas veces en un verso aparecía la palabra sopa entre otras pertenecientes a la mitología griega: a ¡Pero como vas a poner esta vulgaridad, esta tontería, «inmediatamente la corregiréarar, prometía. Al día siguiente el verso con sopa aparecía en El Comercio.

La habitación-museo está alumbrada por lamparas de colores. En una esquina hay un aparato de cartón negro con un círculo en el centro, un objeto de apariencia fotográfica.

– Es la base de un pequeño telescopio que he construido. Véalo usted. Tendrá 35 centímetros de largo, con una gran lente por un lado y otra pequeña que sirve de mirilla. Con este aparato, el poeta Eguren mira hora en el reloj de la Inmaculada o busca la forma del monumento San Martín que está a cinco cuadras de su casa. Sobre sus inventos el poeta habla largamente, con entusiasmo. Es autor de una pequeñísima maquinita como de un centímetro cúbico con la cual ha tomado muchas fotografías. Queda en mostrar otro día las miniaturas del paisaje que ha obtenido con su máquina y las fotografías en colores que ha impresionado, y con una mano extendida aparta una cortina con gesto de mago que abre el telón de los títeres. Su dormitorio.

—Hago todos los esfuerzos para ser ordenado. Todavía no he aprendido a imponerme un orden violento. Sin embargo, se dónde están todas mis cosas. En una esquina he pintadounas unas cigüeñas sobre una cortina que pende allí para formar un cuanito al que pienso ponerle techo. Tiene muchos libros, su mesa con pinturas y una venta desde donde presencia el vario panorama de las casas vecinas. El paisaje que de allí se contempla con sus terrazas, da una sensación morisca. Y el poeta goza mucho y ríe mucho hablando de los pájaros que a determinadas horas del día se paran en la cornisa, y de unas niñas que juegan y de un señor muy buen músico que vive al lado.

– Un día lo voy a amarrar al piano. Se llama Pietro.

En la intimidad cerca de él, es perceptible su grande inquietud mal contenida por la edad y su espíritu constan- temente activo y demostrativo, su discurso que se interrumpe apenas demostraría el vasto e incontrolable bagaje de cosas que quieren asomarse desde su mundo. Sentado en su cama busca, cerca, en algún sitio donde están unos recortes de papel, unas fotografías. Sus cuadernos con referencias tomadas de revistas y diarios.
— ¿Se ha enamorado usted muchas veces, don José María?
Sonríe muy despacio:
– Sí, dice, muchas veces. Pero nunca dije de quién. He gozado y he sufrido mucho. He dejado pasar la oportuni- dad de ser feliz con una mujer, por escrúpulo. En estas cosas el hombre debe ser muy delicado. En la revista de sus fotografías y de sus autógrafos aparecen cartas de muchísimos escritores y artistas de toda América, juicios críticos que le dedican tantísimos escritores. Cabotín, Mariátegui que le ofreció un número íntegro de Amauta en el que colaboraron más de veinte escritores. Basadre, Núñez. En Les Nouvelles Litteraires leo un extenso suelto de crónica que se refiere al poeta pintor. Arnald Steiger, profesor de filología románica en la Universi-dad de Zúrich, cita que sobre este poeta, traspasado de musicalidad, había hecho su tesis una de sus alumnas en Suiza, donde muchos de los versos de Eguren son conocidos en lengua francesa.

Hablamos sobre un homenaje nacional a su persona, que está en el ambiente.

—Yo estoy muy enfermo, dice. No sé con qué ánimos concurriría a ceremonias en donde deba tomar una actitud. ¡Tanto como tendría que pensar y escribir para eso! Si usted puede, disuada a mis amigos de hacer nada. Me pide después que no transcriba nada de lo que ha dicho sobre su malestar. Pero no puedo dejar de recordar un remedio que él tomó para la fiebre palúdica.

– ¿Cómo se curó, usted poeta?
– Tomando heliotropo se me fueron las fiebres. De entre sus recuerdos del pasado surge la época de. Cáceres. Fue a propósito de los cerros que rodean Lima y que el poeta conoce como la palma de su mano (el Agustino, San Jerónimo, San Cristóbal, el Cerrito de las Ramas,. San Bartolomé, el Cerro de Vásquez). En este último fue diezmado un regimiento de Iglesias cuando la primera entrada de Cáceres.
– Mi hermano era amigo del gran guerrillero y yo siendo muchacho me puse el kepí de los caceristas. Cuando la coalición, veía pasar las balas y después de un humito se oía el estallido. ¡Qué cosa brava y recia la lucha en la población! La Lima pacífica que usted conoce no lo era ya. Entonces ardía de pasiones encontradas, Piérola y Cáceres, dos grandes hombres, dos caudillos.

– ¿Usted conoció a Cáceres?
– Sí. Estuve con él una tarde en que había ido a visitar a Evangelina para agradecerle una actuación en el Ateneo de Madrid, en la que había hecho recitar mis versos. El bravío jefe era a la sazón ancho de espaldas, alto, recio, pero contrariamente a lo que me suponía su carácter, o el aspecto de su carácter, era más bien suave y dulce. Conversó conmigo sobre su viaje a Alemania y la ocasión en que lo recibió el Kaiser muy orgulloso del conocimiento. Sólo cuando, entre los diversos temas de la conversación, men- cioné a ciertos oficiales que habían sido sus íntimos, lo vi arder. Los ojos brillantes, el rostro bravío, las patillonas, las mandíbulas contraídas. Se puso de pie y se paseó de un lado a otro. Grande él, imponente… Sólo a otro hombre he visto esos ímpetus que revelan el carácter, a don Manuel González Prada, que como él era muy dulce, hermosa figura, no- ble espíritu. Pero tenía voluntad arremetedora y alma de conductor. Para González Prada la cultura fue un freno doloroso, ¿que no hubiera hecho él si no hubiera sido tan consecuente y tan fino, tan inteligente?

Pronto vuelve el poeta a sus emociones de la hacienda de Pro, a lances de cacería, a paseos, a recuerdos de poemas como «Las Mariposas» y «Tardes de Abril», que no recuerda dónde están, a largas tenidas con su hermano. Jorge, que leía incansablemente toda la Historia de Francia de Thierry traduciéndola al paso con rara perfección.

-Algunas veces me han regalado cuadros que cortésmente no he aceptado. Quiera usted creer que sabiendo que eran mejores, que tenían más valor que otros que a mí me gustaban. En arte hay muchas jerarquías pero ninguna decisiva. No creo que ninguna sea excluyente. No hay arte inferior. Todos son distintos. Claro que en cuanto se hace realmente arte. La buena poesía y la buena prosa expresan cosas distintas y admirables sin que una sea superior a la otra. ¿Quién ignora que hay cosas que el lógico no ve? Y también ¿por qué negar mérito a esa rara habilidad para escribir que tienen ciertas personas, especialmente los periodistas? Siempre he envidiado esa facilidad para escribir un artículo sobre Roosevelt, y poco después uno sobre el. Cambio o sobre la literatura eslava.

Parece que con toda finura el poeta puro sonríe y con ingenuidad nos dice:
-Yo, en cambio, puedo escribir fácilmente sobre estética. Porque solo se trata de decir lo que siento. Aunque también reconozco que esto es fácil, demasiado fácil porque no me produzco como filósofo, sino siempre como poeta. Mi divagación crea un clima ávido de descubrimientos. Y sépalo usted, tanto se llega a ellos por el camino frío del pensamiento lógico como por el vasto, desordenado y misterioso de los ensueños poéticos.

El poeta está de pie.Un poco pálido. La cabellera rebelde apagada por las canas no totalmente blancas. Tiene arrugas finas en una frente amplia, sus ojos son chicos y escrutadores y su mentón muy delicado, en la boca pequeña ligeramente hundida vaga una sonrisa inocente.
Abre los brazos en un ademán que quiere decir: Todo está ganado, o todo está perdido.

Cuando bajamos la escalera, él dice:

-Una vez escribí un poema muy bonito. iOh, quién pudiera recordarlo! ¡Quién hubiera seguido algún sistema de mnemotécnica!

Ha amado tanto la perfección que de sus vastas imaginaciones sólo quedan las notas puras, de inexpresable vastedad, de música intangible. Su vida ha sido sencilla como la de una flor. Cuando se aparta de los grupos humanos de las esquinas y sigue su camino apuradito, empinado, liviano, parece un ángel atraído por la voz de Dios.

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