Herman Melville describe Lima y Stevenson el Callao

Texto de Estuardo Nuñez en el libro Viajes y viajeros extranjeros por el Perú, Lima 1989.

Herman Melville

No cabe duda de que Lima dejó en el alma de Melville un recuento sugestionante y poético. En Moby Dick (cap. XLII) se halla este párrafo que Anderson cree derivado de su residencia en la capital (desde el 8 de diciembre de 1843 al 3 de enero de 1844) y de la impresión que le produjo una acuarela panorámica de la capital de su compañero Meyers:

“¿No es el recuerdo de sus terremotos demoledores de catedrales, ni el embate de sus frenéticos mares; ni la infecundidad de sus cielos sin lágrimas, pues que nunca producen lluvias, ni el espectáculo de sus vastos espacios donde se alzan botareles inclinados, yacentes piedras sillares y cruces terciadas (como en un astillero de tumbadas flotas ancladas), ni sus avenidas suburbanas con paredones que se apoyan los unos contra los otros como revueltos mazos de naipes, lo que hace que Lima, la sin lágrimas, sea la más extraña y triste ciudad que usted pueda ver? Ello se debe a que Lima ha tomado el velo blanco, y existe el más alto horror en esta blancura, que define su tribulación. Vieja como Pizarro, esta blancura mantiene siempre nuevas sus ruinas, no admite el jovial verdor de su decaimiento: extiende sobre sus rotos terraplenes el rígido palor de una apoplejía que fija sus propias distorsiones”

Pero Melville no se detiene en una apreciación puramente paisajista y entra ya a elaborar una teoría o hipótesis sobre la psicología de Lima como ciudad. Entre el grupo de los circunstantes de la “Taberna dorada” (sin duda, la hospedería limeña que se llamó “La bola de oro”), la mayor parte de ellos, marinos españoles o peruanos, el protagonista Ismael de Moby Dick, que sabe saborear auténtica “chicha” peruana, sostiene una larga plática y alguien del grupo le replica:

“Me es imposible resistir el deseo de expresarle, señor marinero, en nombre de todos nosotros, limeños, que no se nos ha escapado su sentimiento de delicadeza al sustituir, en su bien poco halagüeña premisa anterior, la lejana Venecia por esta ciudad en que vivimos. ¡Oh, no haga usted reverencias ni se sorprenda! Es fuerza que conozca el dicho familiarizado ya, a lo largo de estas costas, de Lima la pervertida que, por cierto, viene a confirmar su aseveración: más iglesias abiertas día y noche que salas de juego, y sin embargo… Lima la pervertida… tanto vale por Venecia, la del bendito evangelista San Marcos. ¡Santo domingo la purgue! yo también la he visitado… ¡Pero venga esa copa! Gracias. Ya está servida. Despáchese ahora. (Cap. LIV)”.

Más adelante se agrega otro personaje: “No hace falta viajar… Todo el mundo es Lima…”, como para dejar la verdad puesta en su sitio.

No hay duda de que Melville quiso recoger una versión común entre las gentes de mar acerca de Lima y su puerto el Callao, tan próximo a ella entonces y más aun ahora, hasta el punto de que en la geografía de Melville una y otras ciudades se confunden y resultan un mismo centro de población. Debo recoger, porque viene al caso, unos versos atribuidos a Robert Louis Stevenson, que anduvo por estas costas del Pacífico poco después de Melville, como tripulante de una goleta guanera, tomados alguna vez por nosotros de labios de un viejo lobo de mar, y que pintan un Callao emporio de vicio y corrupción:

A place where thieves and murderers dwell

A place that is worse than a christian hell

And know as Callao.

La versión marinera no deja dudas acerca de la peyorativa opinión que merece todo puerto de forzosa recalada, a los que las mismas tripulaciones francas hacen lugares proclives al exceso alcohólico o a la expansión sexual, después de meses de penosa y austera travesía. Tales prestigios nada edificantes lo comparten siempre los grandes puertos del mundo, y sin duda el Callao, por no decir Lima, tuvo tanto o más que Valparaíso, en toda la costa del Pacífico, primacía como centro de aprovisionamiento y expansión a mediados del siglo XIX, para los balleneros, para los cargueros de guano, los mercantes a la China y la India y los barcos de guerra de toda nacionalidad que vigilaban intereses y rutas ultramarinas.

En la imaginación de Melville, Lima llega a constituir un motivo literario, una nota de personalidad, una metáfora vital, como cuando quiere representar la enormidad y lo abrumador de la cola de un cachalote que se desploma sobre el arponero exhausto pero anheloso, “como una torre de Lima”.

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