Ribeyro: De niño yo quería ser militar

Fragmento de la entrevista de César Calvo a Julio Ramón Ribeyro. Publicado en La Nueva Crónica, Lima 1971.

Julio Ramón Ribeyro

EL CORONEL RIBEYRO, ALLÁ EN CHORRILLOS

– Julio, en vista de que te niegas aún a decirle algo a Lima, tengo derecho a hacerte una pregunta lerda o lenta, para no ofenderme. ¿Qué cosa querías ser tú de niño?

– De niño yo quería ser militar. Quería ser coronel.

– ¿Igual que ahora?

– Mira… Ahora yo quiero ser escritor… En esa época no, porque no había ningún escritor en mi familia, y sí muchos militares. Y yo quería ser militar. Tenía unos tíos que eran oficiales y que me llevaban al cuartel de Chorrillos. A veces me quedaba a dormir allí, en el cuarto de la tropa, y en las mañana del domingo montaba a caballo con los soldados y paseaba por Chorrillos. La influencia familiar despertó en mí una vocación castrense que desapareció poco a poco. Hubo un momento en que no quería ser absolutamente nada. Estudié Derecho porque me lo aconsejó mi padre. Llegué incluso a trabajar en un estudio de abogados, hasta que me di cuenta de que para destacar había que servir a los ricos. Entonces dejé la profesión aquí y me fui a Europa…

– Ernesto Sabato me dijo alguna vez, sospecho que deambulando por el parque Lezama de Buenos Aires, que para ser un gran escritor hay que ser primero un gran hombre. ¿Tú compartes este criterio?

– En realidad, sospecho que no. La historia literaria demuestra muchas veces lo contrario. Entre las virtudes morales y la calidad literaria no hay necesariamente una correspondencia directa. Ha habido, y hay, grandes sinvergüenzas que son escritores notables, sin alusiones personales.

– Ni autocríticas, espero.

– No. Estoy pensando en Céline, en el Pound de cierta época y en… No, mejor no lo pongas…

– ¿Y en tu caso?

–  Creo que las limitaciones que puede haber en mi obra se deben un poco a mis prejuicios de tipo moral. Quiero decir que por haber tratado de llevar una vida justa y honesta he renunciado a una serie de experiencias que hubieran podido enriquecer lo que escribo. Incluso, por respeto a la amistad, o por mostrarme acogedor, a veces sacrifico mi tiempo de escritor a otras actividades, recibiendo gente, conversando con amigos, leyendo librejos de aprendices, concediendo entrevistas… Otra vez sin alusiones.

– ¿No recuerdas haber hecho ninguna maldad?

– Escribiendo sí, pero viviendo no. En síntesis, te diré que, para mí, más importante es ser un hombre honesto que un gran escritor.

EL GENERAL VELASCO Y UNA PARTIDA DE PING PONG

– Hoy almorzaste con el general Velasco, ¿no?

– Sí. Estaba invitado a Palacio, pero el presidente estaba muy ocupado en una reunión con algunos ministros. Entonces, para hacer tiempo, su yerno Ítalo Zolezzi y yo jugamos una partida de ping-pong. Fue una partida encarnizada que duró cerca de una hora. Naturalmente, como somos muy malos jugadores, los dos perdimos.

– ¿Ya habías conocido antes a Velasco?

– Bueno, hace quince días estuve conversando con él y con Hugo Neira, y un periodista argentino, Salas. Pero lo conocí hace aproximadamente ocho años, cuando era agregado militar en la embajada nuestra en París. Tuve oportunidad, aquella época, de conversar con él varias veces…

– Políticamente, ¿qué impresión te causó entonces?

– Bueno, tengo la impresión de que por aquel tiempo el general Velasco no tenía proyectos políticos, aunque sí una clara conciencia de los problemas del país. Nos impresionaba por su sinceridad, por su honestidad. A diferencia de otros militares que yo había conocido y que se envanecen cuando llegan a las más altas graduaciones, él continuaba siendo un hombre enteramente simple, como hasta ahora, fiel a su origen popular y modesto de una familia del norte, con definidos sentimientos antioligárquicos. Y sentía un gran cariño, me acuerdo, por la gente humilde del Perú.

PARÍS

– ¿Tú fuiste reaccionario alguna vez?

– Sí

– ¿Cuándo dejaste de serlo?

– Creo que cuando viajé a Europa por primera vez. Antes de ello, hasta 1952, en mis discusiones y conversaciones universitarias yo adoptaba una actitud retrógrada. Incluso pensaba, por ejemplo, que el indígena peruano era un ser completamente degenerado, que los gamonales tenían razón, que las comunidades eran improductivas y atrasadas, en fin… Ya en Madrid, alternando con latinoamericanos más lúcidos que yo, comencé a darme cuenta de que estaba equivocado. En 1954, cuando viajé a París, se operó definitivamente un gran cambio en mí. Eso se debió, en gran parte, al hecho de que tuve que trabajar en oficios penosos… Fui obrero en una estación ferrocarril, portero en un hotel sórdido. Comprendí la vida durísima del que tiene que trabajar ocho o diez horas diarias, usando brazos, su fuerza física, y después no le queda tiempo ni curiosidad para leer ni educarse, ni para ir a un espectáculo, y lo único que le provoca es quedarse a dormir. Me di cuenta de que era una situación despiadada y sin salida, que los trabajadores en nuestro mundo llamado libre estaban como exonerados del porvenir y que eso se debía cambiar radicalmente.

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