Las últimas horas de César Calvo

Recuerdo de Maruja Valcárcel sobre la muerte del poeta Calvo. Publicado en Lima, 2002.
Cesar Calvo muerte

Y llegó la llamada final; era su madre otra vez: “Dice César que se siente mal; ya llamé al doctor porque tiene el vientre muy hinchado. Me ha dicho que le dé algo para los gases y que lo lleve mañana al hospital Dos de Mayo”. Entonces le pedí que apenas llegara al hospital me lo hiciera saber para ir a verlo. Así lo hizo, y cuando llegué, diciendo que era su hermana para que me dejaran pasar, lo vi en la cama, ya conectado al balón de oxígeno y con el vientre exageradamente hinchado. También el rostro estaba muy hinchado.

“Ya estás aquí” -me dijo.

“Dios mío, pero ahora qué hiciste; bueno, no te preocupes, ahora se arregla todo; dime dónde están tus papeles del Seguro”.

“Los tiene Tamashiro”, -contestó.

Y después de darle un beso salí hacia la puerta. No sé, de pronto, cuando volteé a mirarlo para hacerle adiós con la mano tuve una visión dolorosa: lo vi con su cabeza reposando en mis brazos y regresé sobre mis pasos para abrazarlo muy fuerte y acariciar su rostro.

“Te voy a bendecir por si acaso, aunque tú no creas en estas cosas”, -le dije. Abrió los ojos muy grandes, y mirándome como si fuera un niño me dijo:

“Sí creo”.

Lo demás fue una suerte de calvario porque fue extremadamente complicado trasladarlo al Hospital Rebagliati, pues insistían en que él no había pagado las últimas cosas y no se le podía recibir. Intervinieron dos amigas muy queridas de César. Se trataba de Katiusha Barrios y Tatiana Berger, que en ese momento trabajaba en el Congreso, con el equipo de la doctora Martha Hildebrandt, otra antigua y buena amiga de César. El punto era que ella consiguiera que aceptaran a César en algún hospital del Seguro porque se moría. Finalmente consiguió su traslado al hospital Almenara, pero allí llegó inconsciente. Si de algo puedo dar fe, es que en ese hospital todos los que estuvieron cerca del poeta hicieron todo lo que habían aprendido de medicina y más. Yo diría que de pronto lo quisieron mucho y me permitieron entrar para estar a su lado, vestida con ese traje verde que usan los médicos y las enfermeras del área de cuidados intensivos.

Uno a uno fueron entrando: su madre, sus hermanos. Se estaban despidiendo. Le pregunté a la doctora que se había quedado para el turno de noche que, de uno a diez, cuán grave estaba. “Once” -me dijo-. “Ya están complicados todos los sistemas; pero, en fin, de repente ocurre en milagro”. Me esperé sentada sobre una camilla en el pasillo de al lado, acompañada de Tatiana, y de pronto vi a través de la ventana que todos corrían de un lado para el otro. Era la muerte que llegaba y salió uno de los doctores a decírmelo. Lo que ocurrió después fue extraño: el cadáver de César tendido sobre la camilla; ya habían llegado algunos amigos; estaba el poeta Reynaldo Naranjo, Tamashiro y el escritor Germán Carnero con su esposa. Sería Germán quien traería desde su casa un terno suyo para vestir a César, y Naranjo insistió en que también fuera con su bufanda. Pero había que esperar hasta el día siguiente y tuvimos que llevar a César, empujando la camilla por los pasillos exteriores del hospital y bajo una garúa fría, hasta la morgue. Al día siguiente, tempranísimo y acompañada de Germán Carnero, fui hasta la funeraria para los arreglos del caso. Regresamos a la morgue con el encargado de las pompas fúnebres y tuvo lugar lo que yo llamaría una misa, un ritual milenario, auténtico y hermosísimo, donde subimos con nuestras propias manos el cuerpo de César para colocarlo sobre una mesa y empezar a vestirlo con el terno de Germán. También ayudó Igor, uno de los hermanos de César. Hice salir a los empleados de seguridad del hospital que insistían en quedarse: “Retírense de aquí, este es un asunto de familia”. Y se fueron. Le limpié el rostro, lo peiné, le acomodé bien la corbata, firmé donde se me dijo para poder pasarlo a la carroza funeraria y lo llevamos hasta el Salón de Letras de la Universidad de San Marcos, para que sus amigos y su familia se quedaran cerca hasta el último viaje.

Así fue. Sobre su libro, sobre los originales de su último libro que él entregó en mis manos, hablaré después. Yo le prometí encargarme de que apareciera tal como él lo había escrito. Es su legado para el país que amó y sintió como una herida en el costado. Porque era necesario escribir lo que escribió para que las generaciones que nos sigan se lancen al campo de batalla, para recuperar la humanidad y el honor.

Anuncios

There are 4 comments

  1. carlos

    Estoy escribiendo la Historia de Chaclacayo y un Capitulo estádedicado a reinvindicar a todos los poetas que vivieron en esta hermosa Ciudad.Ojalá que algún familiar deCésar se pùeda contactar conmigo.Mi correo es: carturrin@hotmail.com

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s