Valdelomar va a la cárcel 48 horas

Reportaje con humor de Enrique Bustamante y Ballivián a Valdelomar. Publicado La Opinión Nacional, 28 de junio de 1914, página 10.

Valdelomar

Hemos reporte a Valdelomar.

¿Y por qué no?

Valdelomar está saturado hoy por el agua lustral de la actualidad política y tiene el envidiable prestigio de una prisión de 48 horas. Nosotros le envidiamos.

Nosotros pobres seres anodinos y amorfos, envidiamos está notoriedad que los cachacos han brindado a nuestro querido compañero de fatigas periodísticas. Y esta sería la hora de nuestra inconsolable desesperación, si no tuviéramos la dulce esperanza de dar con nuestros huesos miserables en las profundidades mefíticas de Bolognesi.

Decimos esto  porque ya son dos los que de esta casa han salido muy peripuestos y orondos para caer en manos de los cazadores de hombres.

Federico Guillermo More, que sufre allá en las heladas serranías de Sicuani su cuarto de hora de ensueño prefectural, y Abraham Valdelomar, que acaba de pasar dos días como huésped ilustre del Comandante Pardo.

Un buen dia de éstos, toda esa muchachada alegre y bohemia que con el crepúsculo cae por esta desmantelada redacción, a hablar mal de todo el mundo, del gobierno inclusive, ha de ir en masa a una mazmorra. Lo esperamos, lo deseamos. Y veremos como íntima alegría, el regocijado desfile de Bustamante y Ballivián, de Silva Vidal, de Casterot, de Alcántara Latorre y de toda la tertulia, atados codo con codo y caminito de la Intendencia, donde, al decir de Valdelomar, no tratan al público tan mal como se dice.

Pero hemos reporteado a  Valdelomar; y, como es de invariable práctica en estos casos, vamos a presentar y hacen apología de nuestro hombre.

Venga no venga al caso te diremos lector que Abraham -padre de Isaac- nació en Chincha, la tierra de las viñas, desde muy temprana edad, sabía, pues, catear admirablemente un vino añejo y disntinguía, a la legua, el vino de uva del vino de agua… Pero, a Valdelomar no le bastaba está limitada ciencia de Noé, se ahogaba dentro de las estrecheces de la vida provinciana, y una mañana se embarcó en Tambo de Mora y resultó en Lima.

¿Que Málaga dibuja? Pues yo también dibujo. Y Valdelomar innovó en la caricatura; fue acertado, fue genial, se lo disputaron las revistas y triunfó.

¿Que otros escriben? Pues yo también escribo. Y Valdelomar cogió la pluma y se hizo un colaborador solicitado por todos los periódicos, inclusive por este que sabe y aprecia -y paga- cuánto interés tiene lo que escribe.

¿Qué otros hacen política? Pues yo también hago política. Y Valdelomar se supuso la cabeza de las huestes triunfadoras de don Guillermo; se hizo un Demóstenes de la arenga política; hizo de cada plazuela una tribuna; habló a las muchedumbres con el argumento incontrastable del Smith Wesson y se convirtió en una notabilidad inapreciable en la organización de jornadas cívicas.

Valdelomar llegó al poder; del poder pasó a Europa, en calidad de diplomático y de Europa lo trajo, mal de su gana, este maldito 4 de Febrero, que Dios confunda en su calendario.

Éste es Valdelomar, es decir éste era Valdelomar, joven artista y escritor hasta hace una semana que le cogió en brazos la actualidad políticay le ha obsequiado con el envidiable prestigio de una prisión de 48 horas.

Valdelomar nos recibió, no cumple a la suntuosidad de los grandes hombres públicos en lujoso despacho, no, Valdelomar, a falta de despacho, nos recibió con los brazos abiertos, en mitad del arroyo y con un buen humor a prueba de catástrofes.

Un abrazo efusivo.

– ¿Conque libre?

– Ya lo ves, libre. Por un día, o dos o diez; pero libre.

– ¿Y cómo te tomaron?

– Cómo tomarme, te diré. Primero, me tomaron serio; y, después me creyeron un conspirador terrible; el brazo derecho de don Roberto; el más decidido enemigo del régimen, el más implacable y peligroso de los conjurados…

– ¿A ti?

– A mí que sabes que, por ahora, no conspiro sino contra la inviolabilidad de la gramática…

– Pero, ¿qué hacías en casa de Durand?

– Nada. No hacía nada. Pasaba por allí, vi el barullo policial, soy amigo de la familia y entré, para salir al poco rato en compañía de dos sujetos mal encarados y peor vestidos que no sabían de seguro de las higiénicas propiedades del jabón hacía lo menos un par de años.

– ¡Qué horror!

– ¡Qué olor, dirás!

– Sigue, sigue…

– Verás: Yo tenía en la mano un rollo de cuartillas, un cuento, el mismo que aparece en este número de La Opinión, “El vuelo de los cóndores”. Verle un comisario y echarse sobre él fue todo uno. Tan rápido y tan certero fue el golpe policial, que no pudo escapar, a pesar de sus alas, ni uno solo de mis cóndores… En casa de Durand y con papeles, ¡claro!, lo menos tenía yo que ser un macabro conductor de correspondencia revolucionaria… Y, sin más explicaciones, a la Intendencia.

– ¿A pie o a coche?

– En coche y con los mismos individuos que no sabían una palabra del jabón.

– ¡Qué mala compañía, chico!

– Y, ¡qué mala atmósfera! Cuanto te puedo decir es que las emanaciones de un batallón después de maniobras, son pura agua de Colonia junto a las de estos dos pebeteros…

– ¿Y en la Intendencia?

– Te diré. Soy simbolista. En mis artículos y en mis dibujos, he sido siempre simbolista. Y al ver la barba de candado del Comandante Pardo, lo primero que se me vino a la imaginación fue el símbolo: el candado. Temblé. Con ese candado iban a cerrar las puertas de mi calabozo y me sentí aherrojado, sepultado vivo, por toda la eternidad desesperante de un juicio militar.

– ¿Y después?

– El interrogatorio. ¿Qué hacía usted en casa de Durand? Nada. ¿Por qué estaba usted allí a esas horas? Por nada. ¿Para qué llevaba usted esos papeles sospechosos? Para nada. Nadaba en la nada, chico. No sabía nada, no decía nada, no quería nada.

– ¿Pero tú sabías que Durand estaba en su casa?

– Ya lo creo. Como que me lo dijo el comisario.

– ¿Un comisario?

– Un comisario. “Sepa usted mi amigo que aquí está Durand y hoy le prendemos”. Ya ves: fue la misma policía la que me dio la noticia y yo no tenía por qué dudar de la palabra de la autoridad. Además, poner en duda a la autoridad en estos tiempos, es cosa que trasciende a desacato, a agresión a mano armada, y a otras cosas parecidas que tienen su fin irremediable en el Panóptico.

– ¿Y cómo te trataron en la Intendencia?

– Bien, relativamente bien. No te digo que aquello es un boudoir perfumado y tibio; pero se puede descabezar un sueño, sin mayor contrariedad que una que otra rata que se permite la osadía de excursionar tu cabeza. ¿Qué culpa tiene la autoridad de la osadía de los roedores? Ninguna. Pero esto de las ratas no es sino muy de tarde en tarde. A lo más, cada diez minutos. Después, un poco de frío pero, ¡qué caramba!, afuera también nos helamos.

– ¿Y cama?

– Buena, gracias. Una tarimita no muy mullida, pero soportable. Apenas si por las mañanas se siente en el cuerpo algo así como el recuerdo lejano de una paliza: pero te das cuenta pronto de que no ha habido tal garroteadura y te consuelas. Hay que saberse acomodar.

– ¿Y Fuentes, viste al doctor Fuentes?

– Sí, desgraciadamente, sí.

– ¿Por qué desgraciadamente?

– Mejor no lo hubiera visto. El doctor Fuentes a la media noche y en las siniestras soledades del Ministerio, es otro hombre distinto al doctor Fuentes, afable y simpático, que todos conocemos a plena luz del sol. Es otro Fuentes, raro, hirsuto, tétrico. Cuanto te puedo decir es que la noche que lo vi soñé con Barba Azul.

– ¡Qué pesadilla!

– ¡Horrible! ¿Quieres un consejo?

– ¿Cuál?

– Nunca veas de noche al doctor Fuentes.

– ¿Y Ferro?

– Todo lo contrario. Te crees encontrar con un Ferro heroico, trágico, sombrío, déspota y te tropiezas con un muchachón buenmozo, sonrosado, amable, que interroga con la dulzura y untuosidad de un confesor. A las pocas palabras te mete el tú. Tú has visto a Durand. -No, señor, no lo he visto. Vagando en confianza, te da un golpecito afable en el abdomen y te dice: “Anda, como amigo, dime tú has visto a Durand”. Te envalentonas ante tanta dulzura, te alienta familiaridad del trato y te destapas. “Sí, lo he visto” -¿Adónde? -En la sala. -¿En la sala? – En la sala… en un retrato de este tamaño que tiene..

– ¿Te tiraría un sopapo?

– Pues no, señor. Se ríe, le hace gracia, te da las buenas noches muy cortés y se va… Se va convencido de tu inocencia, te devuelve tus papeles y te pone en libertad. Y aquí me tienes.

Y, en efecto, aquí tenemos a Valdelomar sonriente y lozano, tan bohemio como de costumbre y tan simpático como siempre…

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