Los malentendidos en la vida de Manuel Scorza

Artículo publicado en El País, a la semana siguiente de la muerte de Scorza. 4 de diciembre de 1983.

Manuel Scorza foto

Fe de erratas

A veces estoy por pensar que en el libro de mi vida nadie se interesó en la fe de erratas. El departamento de corrección que vigila el libro de la existencia de cada hombre cuidó de señalar en mayúsculas los desastres. Y de tiempo en tiempo, en minúsculas, las alegrías. Pero ningún funcionario se ocupó de corregir lo que yo considero la parte más importante de mi vida: la fe de erratas. Aunque pensándolo bien, si se las hubiera señalado a tiempo, no sería quien soy y no estaría en esta columna diciendo que el hombre que está más cerca de la muerte que del nacimiento tiene la urgencia de ser feliz. No he leído mi ficha en el servicio de inteligencia ni tampoco la que debo tener en la CIA. Pero estoy seguro de que también están plagadas de malentendidos. El primer malentendido debe ser que yo fui conspirador desde los 18 años. Esa edad tenía cuando la policía asaltó mi casa, asustó a unos niños que habían ido a intercambiar bolas de colores con mi primo y me sacaron, revólver en mano. Muchos de los vecinos de ese barrio, donde el desprestigio era prestigio, se jactaban de tener parientes en la cárcel; algunos alardeaban o llegaban hasta inventar prisiones. Esto los aureolaba de honor inalcanzable para nosotros. Injusticias del destino: nuestra familia no necesitaba fantasear. Muchos de mis tíos y de mis primos estaban en la cárcel, y por razones justificadas. Pero mi padre, que fue siempre un hombre modesto, no queriendo que se le tomara por petulante, nunca nos permitió alardear. Soportamos, pues, mal la jactancia de los Toro, o del cojo García, o de Willy Zárate, que pretendían tener amigos o familia en la chiasma. Cuando la policía me extrajo de mi casa, bajo apariencia de peligrosísimo conspirador, la vecindad comprendió que para ellos había terminado el tiempo de alardear.

Pero era una errata. Yo no era conspirador, ni revolucionario, ni nada; simplemente estaba enamorado de Nora Seoane, y le había dedicado un poema de amor, que se publicó en La Tribuna el día en que el partido aprista se sublevó contra el Gobierno de Bustamante. Pero quedé como aprista, y permanecí en la cárcel, pateado, golpeado e insultado cada vez que para demostrar mi inocencia intentaba recitar mi poema. Todo esto lo tomé como adelanto de lo que me esperaba por la ignominia de amar y ser escritor.

En México, Juanito Chang, Luis de la Puente, Gonzalo Rose, mi hermano Miguel y yo trabajarnos en una lavandería. El hambre nos hizo enjabonar, refregar y planchar bestialmente durante 15 días. Cuando reclamamos nuestros salarios, el amante de la dueña, un inspector de Inmigración, solicitó nuestros permisos de trabajo. No los teníamos. Habíamos violado tres leyes: trabajar sin permiso, creer que el dinero se gana trabajando y confiar en los propietarios de la lavandería Teissy. Merecimos que se nos dijera: “O se van sin cobrar o se largan de México”.

Era yo muy amigo de Luis de la Puente y compartíamos un cuarto en los tiempos en que él preparaba su primera expedición de guerrilla a Perú, la que traicionó Gastañeta. Sé que aparezco fotografiado, fichado por la policía y clasificado como un peligroso subversivo. Pero también era una errata. Luis y yo éramos asmáticos y a veces me sentía muy mal. Por eso me ofreció su cuarto, a fin de estar siempre listo para colocarme las inyecciones urgentes que podía exigir mi enfermedad.

Mi siguiente querida errata la conocí en la Guatemala de Arbenz. Su corazón era de oro, y mermó 25 dólares de su sueldo para ayudarme a llegar a México; era hermosa, era fea, era gorda, pero no se sentía mal en su cuerpo. Se enamoró de un argentino también asmático. En México volvieron a encontrarse Hilda Gadea y Ernesto Che Guevara, que ya se preparaba para embarcarse en la historia. Pero antes decidieron casarse. El poeta Juan Gonzalo Rose fue testigo del matrimonio, y los otros poetas peruanos les dijimos cosas lindas, les recitamos poemas de amor en la fiesta. Obviamente, la CIA no podía pensar sino que constituíamos un cónclave de terroristas. Pero era otra errata. Yo no era guerrillero, sino un poeta extraviado en la melancolía.

Volví a Perú. No sé por qué fui a Huancayo. Ah, ya recuerdo. Nuestro movimiento necesitaba ubicar a un hombre fundamental para emprender su reconstrucción en el centro. No lo encontré donde supuse; ignoro las razones por las que decidí buscarlo en casa de sus hermanos de leche; allí estaba, y hacía 15 días que se emborrachaba. Amaba, poeta él también, a una deslumbrante loretana. La amaba irremediablemente. La esperaba todos los domingos en la puerta de la iglesia, mucho antes de que la misa terminara, y uno de esos domingos la muchacha salió justo en el momento en que él se enjugaba el sudor con una mano y con la otra sostenía el sombrero. Con la adorable mala fe que caracteriza a las amadas, ella dejó caer unas monedas sobre su sombrero. Así, con delicadeza femenina, lo lacró de mendigo. Nunca se recuperó del desastre. Tan abatido lo encontré, que me pidió lo reemplazara en un mitin. Y que luego encabezara la consabida marcha de protesta. Cumplí. Como siempre, la policía bloqueó las calles. Nos atacó. Nos dispersamos velozmente. Yo -poeta lírico, ante todo- me coloqué a la vanguardia de los que escapábamos de la policía, ignorando que una de sus tácticas más comunes es aguardar a las multitudes cuadras más abajo para surgir sorpresivamente y coger a las masas entre dos fuegos. Pero en ese caso no se pudo. Calles abajo, la policía se apareció con sus uniformes, sus metralletas, sus bolsas de granadas lacrimógenas; pero nosotros avanzábamos a tal velocidad que no pudimos detenemos. Hay leyes fatales en la mecánica. Una de ellas enuncia que un cuerpo que avanza en el espacio sin encontrar resistencia puede seguir hasta alcanzar los confines del universo. Yo no llegué tan lejos. Pese a todos los esfuerzos, pese a mi desesperado intento, no pude detenerme. Y, sin querer, caí y derribé a los guardias sorprendidos y al oficial desconcertado, que se imaginaron que semejante arremetida sólo podía ser el comienzo de un motín. Pero era una errata más.

En el local del movimiento, nadie, absolutamente nadie, quiso aceptar la versión verídica. Mi propio jefe se enfureció al oírla. Se necesitaba a toda costa héroes que hubieran vencido a la policía. Y no hubo manera de cambiar esta errata.

Imagino que así debe ser la historia que muchos héroes no pueden revelar desde sus monumentos. Este artículo es igualmente un equívoco: yo pensaba escribir un artículo sobre un inquietante texto de Germán Poma de Ayala. Pero alguien que no quiere que cumpla con estas notas me regaló unas imperiales botellas de vino húngaro. ¿Cómo releer la Nueva Crónica después de la quinta copa?

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