Travesía de Extrabares con Martín Adán

Fragmento de la deliciosa crónica Travesía de Extrabares de Gregorio Martínez. Publicado en Libros & Artes n° 28-29. Escrito en 1981.

Martin Adan caricatura

MARTES 13, “BAR PALERMO” 5 P.M.

A “Palermo” llegamos al atardecer, como los chirotes, con una buena punta entre pecho y espalda; sin embargo, Cesáreo Martínez, mi tocayo, dijo al entrar: “Todavía estamos frescos”. Juan Ojeda volteó a mirarlo, le agarró fuertemente la muñeca, en un interminable gesto de amistad, y dijo a su vez: “Me parece correcto, Chacho; además, no hay comienzo sin desarrollo”. Caímos como pedrada en ojo tuerto. En una mesa, solo, estaba David Motta, un arqueólogo cotahuasino radicado actualmente en Huancayo, a quien los pobladores de los lugares donde realiza excavaciones siempre lo confunden con el jefe del proyecto y a este lo toman por su chulillo. Motta es un crítico corrosivo de las novelerías extranjerizantes, del cientificismo dependiente y, también, del autoctonismo impostado de los miraflorinos. Ocupamos la mesa de Motta y calientito nomás pedimos cerveza, antes que se nos pasmara el vuelo. Estábamos en la entrada,al lado izquierdo, cerca de la mesa donde siempre se ubicaba el novelista Oswaldo Reynoso, tras la vitrina que servía de mampara y en cuyo vidrio horizontal se veía patas arriba a la gente que pasaba por la vereda; un espectáculo realmente edificante, pero edificante para inflar carpas y templar trapecios. Ojeda fue al baño y regresó con cara de asombro. “La poesía está allí”, dijo, con esa retórica tan suya, y señaló hacia la mesa que estaba colocada frente al lavadero de vasos. Eran cuatro o cinco viejos, dueños de sí, que tomaban pisco en copitas, excepto uno que tenía delante una botella de cerveza.

“¿Quién?”, pregunté; siempre ignorante, todo el tiempo rezagado, alumno de escuelita nocturna. “Martín Adán”, me contestó Chacho, mi tocayo, con su voz aguardientosa y su peinada a lo Gardel. “¿Cuál?”, volví a preguntar. Esta vez nadie me contestó. Todos miraban absortos al viejo enorme, enfundado en mugriento gabán de lana espiga, ensombrerado, con espeso y silvestre bigote amarillento, ojos saltones, enrojecidos, turbios, ya sin color, bajo el ala del gastado sombrero de paño o fieltro, como dirían los cultos. Juan Ojeda, con una risita inocente y malévola, dijo “Hay que capturarlo”, “Eso”, acertó Motta; siempre provinciano, cada vez más cholo, nunca miraflorino, jamás pituco de la Católica. Y Martín Adán se dejó capturar como un manso cordero, él que es tan huraño y esquivo aun con sus condiscípulos del Colegio Alemán, sea Estuardo Núñez o algún potentado de la industria y la banca. Del brazo de Ojeda llegó hasta nuestra mesa. Entonces lo volví a mirar y lo encontré mucho más alto todavía. Para cerrarse el gabán, trasminado por el humor de su cuerpo, utilizaba un imperdible enorme, al que de vez en cuando le dedicaba especial atención y lo mostraba con ánimo de impresionar. De pies a cabeza olía a berrinche. Silencioso, viejo y aparentemente aniquilado, con un jadeo seco como el de los asmáticos, tomó asiento entre nosotros. Sentíamos el enorme peso de su presencia y se nos quebró la naturalidad; los chispazos de humor e ingenio se convirtieron en frases de cartónpiedra, en elocuencia de pacotilla; Juan Ojeda, más que nunca, agarró un plan de mirada profunda, y me acordé de Antonio Gálvez, el único que se atrevió a perturbar la solemnidad de Ojeda, una tarde en la puerta de “Palermo”, al tasarlo sonriente, moviendo una pierna y apoyándose en la otra: “agarrando mirada profunda, nada cojudo”, y Juan apenas distendió los labios, amargo por lo bajo, pues le hinchaba las bolas el humor, pero desde entonces, patísimas, iban juntos al colegio Melgar, donde enseñaba el Gordo Gálvez, y se jugaban con clase y parsimonia, una mesa de billar en la sala de profesores, porque eso sí, Juan sería grandilocuente y ceremonioso, siempre tiza y con los zapatos lustradísimos, pero no solo bajaba al llano sino que lo conocía a fondo, sabía pisar su aserrín, hacerles quecos a choros y homosexuales, y además, (lo digo para darles luz a los sapos) había salido a la mar como pescador en Chimbote, y mascaba su jerga, y borracho era temerario para las broncas. La presencia silenciosa de Martín Adán nos cortaba el aliento; más aún su mirada turbia de pez muerto, ¿así sería el pez banana?

“PALERMO” 10 P. M.

En la otra mesa había quedado, a medio consumir, la botella de cerveza de Martín Adán. Reconocí, entre los viejos que tomaban copitas de pisco, a mi jefe de cuando trabajé en el Jurado Nacional de Elecciones; gordo, miope, mofletudo, don Julio seguía igualito: feliz, eroticón, lascivo, ingenioso, único. Recuerdo que nadie, ni el Instituto Nacional de Planificación, ni el Catastro de la República, había podido sacarnos de la duda sobre si existía o no, en Lima Metropolitana, entre la treintena y pico de distritos, uno que se denominara San José de Surco; y si existía, ¿en dónde miércoles estaba ubicado?, ¿cuál era su jurisdicción?; conocíamos de sobra el distrito de Santiago de Surco, pero ningún San José de Surco; cuando ya habíamos perdido toda esperanza, dimos de sopetón con don Julio en la Mesa de Partes, “concha”, dijo, y golpeó con el puño su escritorio forrado con papel secante verde, “allí es donde van ustedes a acalambrarse tirando parados ¿y no saben cómo se llama?”; recién se nos encendió el foquito, el susodicho San José de Surco había sido Barranco.

–“¡Maestro!”, dijo alguien y desprevenidamente empezamos a caer en el cojudismo, ese mal endémico del intelectual peruano. Martín Adán, la camisa podrida en el cuerpo, era en ese instante la imagen exacta de sus versos: “Poesía no dice nada/ Poesía se está callada”. Por eso desandamos el cojudismo para retomar el rescoldo de la realidad. Algunos se preguntarán ¿qué es el cojudismo? Sin duda es un estado mental, es la quinceada monda y lironda, el error grueso que se comete por querer impresionar o parecer inteligente, es la atomización de la izquierda, el creer o haber creído que la Fuerza Armada puede hacer la revolución, el atracar o haber atracado sucesivamente con el estructuralismo, con Marcuse, con Mac Luhan, con el “neomarxismo”, en un plan putañero, y también con la escritura por la escritura, con la novela Cobra del cubano renegado Severo Sarduy, y ayer nomás con la ahora basureada novela francesa o con filmes como El año pasado en Marienbad, o creer que nadie sabe que aceptó un puesto en la primera fase no por velasquista sino por el caro amor a los chicharrones, o desvivirse por los viajes, por las becas y otras pestes, otras miasmas, otros venenos. Pero ¿quién mide el fuego de la admiración cuando esta es real y sincera? Para Juan Ojeda, la existencia de la poesía de Martín Adán en un Perú hambriento, atrasado y dependiente era la confirmación de sus propios sueños, el sustento de sus desmesurados proyectos literarios.

Motta se fue, luego se rompió el yeso. Era casi medianoche, habíamos arrumado botellas. Entonces Ojeda empezó a sacar el cuchillito de su rara sonrisa. En mirada penetrante atravesó la mesa y puso en guardia a Martín Adán. Ojeda estaba con el cuchillito de su sonrisa. “¡Martinica!” gritó de pronto. Martín Adán se despabiló, alzó el mentón cubierto por una barba canosa de varios días y, remecido por una seca carcajada, dijo con cacha: “Recién comienzan a ser hombres”. Se soltó a reír con pausa y gozo, luego añadió: “Han estado muy tiesos, muchachos, peores que el mayordomo suizo de don José Riva Agüero que nos recibía, señorial, en la puerta de la casa cuando íbamos a visitar al Maestro”. A partir de ese momento nos mandamos de hacha a la conversación, a veces al interrogatorio impertinente, por ratos incluso a la pendejada, a la batidera, al vicio, estimulados por el propio Martín Adán, quien fue el primero en aventarse al relajo, tanto que Ojeda, ya con los pies completamente fuera del plato, le decía “Martinica, pata, chupa pues patita”. Y Martín Adán, feliz, achinaba los ojos de contento, y rajaba de Belaúnde y su quinta generación: “A ese perendengue yo le dije, Fernandito, en el manicomio se vive con más seguridad que en Palacio y también se puede discursear” (a los cinco meses los militares lo sacaron en piyama de Palacio).

Dos o tres veces lo llevamos al baño, recorriendo todo el largo del extenso bebedero; pero nadie allí, cuna de bohemios e intelectuales, reconoció al viejo raído a quien sosteníamos para que caminara. El más solícito era Juan Ojeda: “A ver, Martinica, dame tu brazo”, le decía y ambos se miraban sonrientes, luego se echaban a caminar por entre el nido de mesas. Cuando ya nos habíamos desbocado, los Santiagos –hijos del dueño de “Palermo”– bajaron la cortina metálica del establecimiento. Ni un trago más. Así era “Palermo”, rígido, sin ningún encanto ni amor por la clientela, alcontrario, como que nos aborrecían, porque aprovecharon el terremoto del 70 para remodelarlo, previo cierre de un año, y echarnos prácticamente a la calle, a ese bar a media caña que es el Wony. A la 1 a.m. en punto cerró “Palermo”. Cargamos con Martín Adán, simplemente cruzamos la pista de La Colmena y nos instalamos soberanamente en el Chinochino.

MIÉRCOLES 14, “BAR CHINOCHINO”

El “Chinochino” era el empalme obligatorio para quienes salían de “Palermo”. Allí las mesas hasta tienen una inclinación para que corra la cerveza. Es el reino de la “Cocotte” (doña Huaraca para otros), una vieja flaca y bailarina que gorrea cerveza en cada mesa y dilapida noche a noche las hilachas de carne de su cuerpo. Según cuentan, el nombre “Chinochino” quedó perennizado un día que llegó borrachísimo el pintor Pancho Izquierdo López y al ver a los dos hermanos que atendían el bar los miró y señalándolos dijo: “Chino tú, chino tú; chinochino”. Pedimos cerveza, el tiempo del “besorrojo” ya había pasado, época heroica de Bola (Eduardo Aguirre), de Manuel Acosta Ojeda, del Gordo Portal. Conversar allí era más difícil, había que hacerlo a gritos. Pero Martín Adán nunca grita, pese a la embriaguez y los harapos mantiene una aristocracia en las maneras, una finura digna, una clase aparte, como cuando en 1934, a los 26 años, luego de culminar su doctorado en San Marcos, su tío, Óscar R. Benavides, entonces mandamás en Palacio de Gobierno, lo envió como gerente del Banco Agrario de Arequipa. Juan Ojeda, quien durante toda su vida, además de poeta, solo fue esporádico pescador en Chimbote y profesor de geografía durante una mañana, le había preguntado, “Martinica, si alguna vez en toda su larga existencia agarró chamba o siempre fue eterno partidario del ocio”. Martín Adán soltó su carcajada seca como si le hubieran dado en la yema del gusto. “Solo una vez en la vida”, dijo.

Había muerto el gerente del Banco Agrario de Arequipa, un miembro de la rancia aristocracia local. El presidente Benavides aprovechó para colocar en ese puesto a su joven y brillante sobrino, escritor de nota desde los 17 años, doctor a los 25, y con una sostenida fama de genio. Cuando se enteraron los Ballón, los Goyeneche, los Ricketts, se sintieron ofendidos. “Será mucho sobrino del presidente, pero Arequipa es Arequipa”. Martín Adán envió un telegrama escueto anunciando su llegada: “Allá voy, saludos”. El día de su arribo los acartonados funcionarios del banco lo rodearon en silencio. Uno de ellos tomó la palabra y dijo: “En nombre de los dignísimos funcionarios de este banco y de las personalidades notables de Arequipa, quiero preguntarle, doctor Rafael la Fuente Benavides, cuál es su programa gerencial”. Martín Adán se empinó por encima de ellos con todo el empaque de su apostura juvenil, sanmarquina, limeña y aristócrata y les respondió: “Señores, yo he venido con el exclusivo objeto de hacerlos cojudos. Ahora vuelva cada uno a su puesto”. Al cabo de unos meses renunció a la gerencia y nunca más en su vida volvió a desempeñar otro trabajo que no fuera escribir poesía.

En el “Chinochino” la embriaguez ardía, reventaba en el piso encharcado de escupitajos, cerveza y aserrín. El frío de mayo empezó a joder. Martín Adán estaba hablando ahora de su época de estudiante en el Colegio Alemán, su temor intelectual a Luis Alberto Sánchez que, entonces jovencito, ya enseñaba allí; su noble aprecio por Mariátegui; el desapego con que escribió La casa de cartón cuando adolescente. Le dijimos: “Sánchez y otros críticos dicen que La casa de cartón tiene algo de Proust, de Joyce, y que es el libro fundador de la narrativa moderna en el Perú”. Martín Adán se ríe, se limpia los bigotes amarillentos, y dice: “Ellos no saben, carajo, que es un pajazo de adolescente; por eso no he vuelto a escribir novela. ¡Qué Proust ni qué Joyce! Esos son monstruos. La casa de cartón es nada más que una travesura, un alarde de muchacho aburrido. Yo he leído a Proust en francés y a Joyce en inglés, pero esa novelita que tanto da que hablar a los críticos sin talento no es más que una serie de apuntes de un observador que se aburría soberanamente; además yo no tenía enamorada por ese tiempo, la había perdido”. Ojeda le emparó la frase en el aire. “Martín, ¿es cierto que te gusta?”. Martín Adán miró el dedo moreno, la uña bien recortada, y abarcó con su mirada turbia a Ojeda. “Eso no me lo pierdo”. Todos soltamos la carcajada. Con el sombrero enterrado hasta las cejas, Martín Adán seguía hablando: “No pienso morirme sin probarlo, aunque en verdad ya me estoy pasando de cojudo porque el hombre que a los cuarenta años no lo ha probado es sencillamente un monigote de papel”. Entre risas y jodas echábamos más leña a la candela: “¿Cierto que los estudiantes de San Marcos que iban a visitar a Riva Agüero cuando este se fue a la Católica eran todos cabros?”. Martín nos entendía sin dificultad pues nos ayudábamos con ademanes. “¿Por qué?”, respondió malicioso, “¿en la Católica no había?”

Pedimos unas aceitunas para bajar la marea. Martín Adán dijo que no y siguió únicamente con su cerveza. Nos turnábamos para llevarlo al baño. A las cuatro de la mañana los mozos del “Chinochino” empezaron a voltear las sillas sobre las mesas y a echar agua al piso. Los más tercos en seguirla tuvimos que salir. A esa hora Lima era un cementerio. Ahora siquiera hay carretilleros con café, antes ni eso. Todo cerrado. Sabíamos de dos lugares. El chifa “Unión”, en la avenida Iquitos de La Victoria, y el bar “San Carlos”, en una esquina de Grau, frente al Policlínico Obrero. Tomamos un taxi para poder cargar con Martín Adán, pero estábamos de malas, ambos lugares habían culminado la jornada. El “San Carlos” es un bar de día y noche, solo que estaban haciendo la limpieza y tenían para rato, por lo menos hasta las siete.

“BAR-CAFÉ GRAU”, 5 A.M.

En la acera del frente un establecimiento intentaba abrir sus puertas. Allí vendían solo café y sánguches, pero aún no atendían. De todas maneras nos sentamos para hacer tiempo y pedimos que con la demora necesaria nos sirvieran café para los cuatro. Después de media hora nos sirvieron. Martín dijo que él no. El nisei que atendía nos miraba con preocupación, le parecía terriblemente extraña la presencia de un viejo haraposo y ensombrerado entre nosotros. No se aguantó y nos abordó. Le explicamos qué significaba Martín Adán para las letras peruanas y desde entonces la atención del nisei fue esmerada. Café tras café y dale a la conversación, pero el “San Carlos” no abría. Como a las seis y media de la mañana alguien de nosotros que había asomado a la puerta señaló que en la esquina de Grau y Abancay había un lugar abierto. “Ese es el Master Cook”, dijo Ojeda, eximió conocedor de los bares de Lima y autor de los nombres de algunos como “El Apolo”, en la esquina de Abancay y Puno, donde siempre nos salía el sol; o el “Sodoma y Gomorra”, ubicado en el terreno que ocupa ahora el edificio de Lotería del Cusco; o “El Cuchitril”, cerca a la librería de don Juan Mejía Baca; “El Pacharaco”, una cuadra más abajo, hoy convertido en chifa; “El bar sin personalidad”, en la esquina de Colmena y Azángaro, o “El Telefonito”, para otros.

RESTAURANTE “MASTER COOK”, MIÉRCOLES 14 6:30 A.M.

Lo primero que hicimos fue comernos un cau cau cada uno, excepto Martín Adán; él, solo cerveza, ni siquiera caldito de choro. “Martinica”, le dijo Juan Ojeda, “¿es cierto que la versión completa y definitiva de tu poema “Aloysius Acker” solo será publicada después de tu muerte?”. Martín Adán secó su cerveza. “Ah, muchachos”, sentenció, “lo que se dice de “Aloysius Acker” no existe, hay lo que hay, y cada vez vuelvo a escribir lo que ya está escrito”. Sacó dos o tres libretas atadas con ligas del bolsillo interno de su gabán y empezó a leer poemas recientes: “… Dios es como el perro que mea…”. Durante cinco horas, hasta que el sueño nos enmancornó a nosotros, no a él, Juan Ojeda y Martín Adán estuvieron recitando cantos enteros de La Divina Comedia. Después Martín solo agarró en latín a Virgilio, a Catulo, y entre bruma y cerveza nos acordábamos de las lecturas con Dora Bazán en el curso de latín. Pasado el mediodía nos retiramos del “Master Cook” para buscar más dinero y continuar la travesía. La botella de cerveza creo que apenas llegaba a quince soles. Tomamos un taxi y nos dirigimos a “La Casa de las Américas”, en Balconcillo. Ya en los predios de La Victoria, Martín Adán se sintió fuera de su territorio, “¿dónde estamos?”, preguntaba a cada rato, “¿qué lugar es este?”. El nombre y la fisonomía urbana de Balconcillo no le decía absolutamente nada; sin embargo, recalamos en la cebichería “Las Américas”, época en que todavía conservaba cierto encanto y era especial en cebiche y chilcano para gente de amanecida, músicos, putas, bebedores.

CEBICHERÍA “LAS AMÉRICAS”, 3 P.M.

Ya la clientela cebichera se había retirado, únicamente quedábamos nosotros tomando cerveza, gracias a la largona que nos dio el Chino Ley, pescador de cordel y asesor de la cebichería y mozo de ocasión. Una linda muchacha atendía en el mostrador. Puro capulí y un aire lánguido y tristísimo. Cesáreo Martínez se templó al tiro. “Mía”, dijo atravesándola con su mirada de poeta maldito e instigado por Ojeda. La muchacha parecía estar encinta. Sin consultarnos hallamos en el Chino Lay al culpable. Con ventaja y alevosía, seguramente, la había doblegado; o había empleado, sin duda, las argucias milenarias de su cultura. Toda la conversación y las conjeturas iban acompañadas de cerveza y música de rocola. Martín Adán había entrado al ritmo. Entonces fue que propuso que Cesáreo Martínez se casara con la muchacha triste. Llamamos al dueño del establecimiento, un japonés gordo, para que fuera el testigo y Martín Adán se ofreció para apadrinar la boda. A partir de ese momento todo el trago corrió por cuenta de Martín Adán. Fue un movimiento simple que luego lo repetiría infinidad de veces: metió la mano al bolsillo interno de su gabán y sacó un rollo, como un cartucho de dinamita, de billetes de cincuenta soles sujetos con ligas. Con el rumbo perdido, sin brújula, salimos de la cebichería ya avanzada la noche. Nos habían estado atendiendo a puerta cerrada. Cruzamos hacia la Plaza México y estuvimos en el bar “Don Antonio”; luego nos internamos hacia Lince. En una extrañísima peña criolla, por la avenida Militar, matamos el día miércoles 14 de mayo.

JUEVES 15, BAR “CHINOCHINO”

En la madrugada del jueves llegamos al «Chinochino » después que cerró el «Bayao», en la calle Belén del centro de Lima. Nos ubicamos en un apartado y con calma y frescura pedimos tres cervezas como si recién fuéramos a comenzar. Después del primer vaso nos sobrevino un cansancio terrible que en lugar de derrumbarnos sobre la mesa nos hizo salir asustados. «Chinochino» ya no era un bar sino un hormiguero; y allí se quedó Martín Adán, solito, con su botella de cerveza, batallando por la poesía.

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There are 6 comments

  1. Yadir G

    Muy buena la crónica, aunque me pongo a pensar que tan borrachos eran jajaja, pero si nos damos cuenta, me parece que la formula es distinta en estos tiempos: una buena conversación puede hacer larga una borrachera, ahora no hay temas tan impresionantes como para no dejar de tomar.

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