Gabriela Mistral pide conocer a Ciro Alegría

Ciro Alegría recuerda su amistad con a la Premio Nobel de Literatura chilena. Nueva York, 1947.

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GABRIELA MISTRAL

Durante el verano de 1947 pasé por el consulado del Perú en Nueva York, donde entregáronme una carta. Me sorprendió ver que era de Gabriela Mistral. Estaba fechada en Santa Bárbara, California. Con toda cordialidad me invitaba a ir a verla. Vuelto a casa discutí el asunto con mi mujer.

El viaje era costoso y largo, pero no andábamos mal de dinero. Hace tiempo que planeábamos visitar el Cañón Colorado y otros puntos del oeste. Gabriela Mistral tenía fama  de inestable, malhumorada y agresiva, pero bien podíamos escalar en Santa Bárbara un día a más dos, de paso a San Francisco. Gabriela Mistral, considerándola según versiones de las gentes, medio que me amedrentaba. Al fin nos pusimos en marcha.

Y así fue como una tarde, después de dar algunas vueltas paseanderas en el camino, llegamos a Santa Bárbara. Tardamos en encontrar una casa de apariencia modesta y simpática, situada en la calle Anapamú. Como que venía al caso el nombre autóctono.

La impresión que me llevé fue grande. Gabriela me extendió, con llaneza no exenta de altivez, una mano fina y tibia, mano de india. Su rostro, pese a los ojos verdes, me hizo recordar el de las indias que acunaron mi infancia. La misma nariz aguileña, la misma boca pulposa, la misma sonrisa entre suavemente irónica y decididamente tierna. En esos ojos verdes asomaba otro de los ancestros, el vasco, que también se hacía presente en la alta estatura y los huesos fuertes. El cabello lacio estaba peinado con descuido. La vestimenta tenía una campesina sencillez. Tal era el aspecto de Lucila Godoy Alcayaga, por otro nombre Gabriela Mistral.

Sus ojos solían escrutar con una tenacidad incómoda. Me miró un buen rato y luego nos invitó a sentarnos. Ella sentóse a su vez en un sillón que había en una esquina de la sala. Era lo que acostumbraba, según pude apreciar luego. Ocupaba siempre los mismos muebles, los mismos sitios. Una mujer que durante toda su vida no hizo otra cosa que recorrer el mundo, dentro del hogar entregábase a una tranquila rutina física.

Gabriela Mistral, en los comienzos de la conversación, se me presentó diciendo:

– Ciro, yo soy india…

Otro le habría preguntado por sus ojos verdes.Yo sabía muy bien que cuantos llevan sangre india, de no ser unos innobles renegados, le otorgan primacía o totalidad en su ser. Para dar otro ejemplo: Garcilaso de la Vega el Inca era un mestizo perfecto y en sus clásicos Comentarios reales se llama una y otra vez indio. Es como comenzar la reivindicación, dentro del propio ser, de cuanto los demás quieren oprimir. Gabriela me hizo muchas preguntas acerca de los indios peruanos. Simpatizaba con los mismos y el imperio del Tahuantinsuyo.

Como venía contando, fui a ver a Gabriela Mistral muy prevenido en contra de ella. Nuestro itinerario de viaje le otorgaba un día o dos. Luego resultó que, a pedido cordial de la poetisa y muy complacientemente de nuestra parte, estuvimos en su casa una semana. La amistad surgida el primer día se fue afirmando y ampliando, hasta llegar a esa intimidad confiada que es la esencia de la amistad. La Gabriela Mistral súbitamente hosca, tornadiza y violenta que pintaba la leyenda, no apareció. Siempre fue sobriamente dulce, buena y alegre. En el fondo de su alma había una gran pasión por la vida, un inconmensurable fervor. Había también un dolor profundísimo. Dejaba asomar francamente tal pasión, tal fervor, tal dolor, muy contadas veces. Generalmente las rescataba con mesura y, en ocasiones, como escondiéndose. Hásela motejado de viriloide y tal apreciación me parece una de las más grandes equivocaciones circulantes. Quizá se podría decir tal debido a su estatura y sus huesos fuertes. Pero el espíritu de Gabriela era puramente femenino. Tenía una sensibilidad finísima y reaccionaba como mujer y como madre frente a todas las cosas. Cuando pasaba era que circunstancias adversas le impidieron cumplirse humanamente. Su sensibilidad estaba por eso herida. La herida había sido agravada por enemistades, ingratitudes y luchas. Debido a todo ello es que reaccionaría violentamente, según me han contado. Por lo que oí, se encrespaba y reñía de modo femenino. De las personas a quienes consideraba enemigas -a veces ni lo eran- más bien huía. Cierto que le gusta mandar, pero ¿a qué mujer no le gusta mandar? El placer del mando afirma su personalidad. Algo más: Gabriela reaccionaba frente al desobedecimiento, de manera muy femenina también. Yo no hice lo que ella deseaba varias veces y nunca se molestó.

Comprendo que con lo dicho, presento una Gabriela Mistral casi inédita. La leyenda es otra y las versiones de su carácter dadas por muchos que la conocieron, distintas también. En todo caso, me complace estampar mi testimonio personal. Ella tenía la complejidad propia de los grandes espíritus y de un mestizaje que no lograba aún armonizarse, eso sí. Pero tales facetas son diferentes. Vista a fondo, era una gran mujer, un ser humano de primera clase, tanto o más rico e interesante que su propia obra literaria. Puédese decir lo mismo de muy escasos escritores y artistas…

Decía tener sangre quechua y estaba a la vista. Recordaba que su región de nacimiento perteneció al Imperio de los Incas. Conversando de asuntos de indios, estuvimos hasta que nos sentamos a la mesa.

Sorpresa mía fue que Gabriela me hiciera sentar, casi obligándome, a la cabecera de la mesa. Ahora no apunto el detalle por vanidad. Ella lo hacía así con todos sus huéspedes.

Coni Saleva, secretaria de Gabriela en esos tiempos, recordó a un tan ágil como famoso escritor colombiano, a propósito de una carta. La chilena lo enjuició a su manera:

– Escribe bien -dijo- pero no le tengo mucha fe. Siempre se está riendo. No se puede reír siempre. Y es un hombre a la intemperie.

De letras Gabriela sabía mucho, pero siempre estaba pidiendo informaciones o juicios. La conversación siguió, saltando de un tema a otro, después de comer. Se fue a dormir Coni Saleva. Se fue a dormir mi mujer. Con Gabriela estuve conversando hasta muy tarde, a menudo celebraba mis palabras. Coincidíamos en mucho y yo le había caído bien. De cuando en vez, tomando la actitud afectuosa de una madre, me aconsejaba que no fumara tanto, pese a que ella fumaba más que yo. Al darnos las buenas noches, me dijo que todavía teníamos mucho que conversar.

Mi mujer, entre sueños, me hizo una broma:

– El de ustedes ha sido un amor a primera vista -comentó. Era la nuestra una amistad surgida de la América ancestral.

Me placía sobremanera estar en casa de Gabriela y era evidente que a ella le agradaba también mi presencia. Congeniábamos y por lo tanto nos entendíamos. “No se vaya todavía, Ciro”, me demandaba, pero tuve que marcharme. Quería visitar mi mujer a su madre enferma. Gabriela nos acompañó hasta la estación, en el auto que guiaba Margaritte Peterson. Por el camino, y con no poca sorpresa de nuestra parte, nos propuso que fuéramos a vivir junto a ella en Santa Bárbara. Le argüí que tanto el trabajo de mi mujer como el mío estaban en Nueva York. Ya se verá luego que Gabriela no abandonó la idea. Deseaba siempre estar ceñida al costado de quienes quería, como muy lejos de los que malquería. Trabajo me costó soltarme de ella, al lado del tren. Más que su abrazo, me sujetaba la expresión fervorosa de sus ojos amigos.

Cuando el tren se puso en marcha, saqué la cabeza por la ventanilla. La alta y solemne figura de Gabriela Mistral destacábase en el andén, diciéndome adiós con la mano. Yo sabía que no lograba verme a distancia, pues la diabetes teníale afectados los ojos. Persistió sin embargo en su ademán y luego estúvose allí, mirando acaso nada, inmóvil, con una actitud más bien india.

Conversando con mi mujer, opiné que Gabriela Mistral no eran tan difícil de tratar como se decía. Aseguré inclusive que seríamos buenos amigos en el futuro y que esa despedida significaba encuentro cordial en cualquier lugar. Yo había calado su condición humana y me placía. Seguramente, ocurrió a Gabriela Mistral otro tanto conmigo. La amistad quedó sellada…

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