Eielson al conocer a Pasolini: Compartía sus ideas pero no apreciaba sus poemas

Publicado en la revista Sí. Lima, 23 de diciembre de 1991.

Pier Paolo Pasolini

Extracto del artículo Prosa amarga de las riberas de Italia

Mi visión arcádica de la península ha persistido desde entonces, por debajo de las vicisitudes de la existencia y de la paulatina mutación de la sociedad italiana, que ha pasado, en pocas décadas, de una economía de base agrícola a una economía industrial avanzada. En ese sentido, siempre he compartido con Pier Paolo Pasolini una precoz comprensión del inevitable deterioro humano que dicha mutación habría provocado. Y no podía ser de otra manera en aquellos años 50 romanos que tanto marcaron mi propia existencia. Compartía sus ideas y sus sentimientos, pero no apreciaba sus poemas, que si bien denotaban un lirismo auténtico, me parecían demasiado populistas, con todo lo que ello comporta de retórico y dirigido, sea en el nivel lingüístico que en el propiamente poético. Una poesía, en suma, que volaba bajo deliberadamente, para mejor alcanzar al hombre común. Vana tentativa, pues su poemas son hoy en día muy poco leídos y, no solo es mi opinión,el aspecto menos significativo de su importante obra literaria y cinematográfica.

Conocí a Pasolini en un establecimiento de baños al pie del Tíbet, que ambos frecuentábamos asiduamente, durante los veranos de 1953/54/55. Alguien nos presentó e inmediatamente me dijo que era escritor. En una de esas ocasiones me mostró sus poemas y la relativa indiferencia de mi reacción fue suficiente para que nuestra incipiente amistad se enfriara sin remedio. Naturalmente, yo nunca le mostré mis escritos, pero pienso que su reacción habría sido muy parecida a la mía. Poesía aparte, Pasolini fue sin lugar a dudas una personalidad de gran estatura civil y moral, como lo fueron D. H. Lawrence, Henry Miller o Jean Genet, geniales artistas, víctimas de la mediocridad humana, cuya mojigatería ha producido, como era de esperarse, una verdadero tropel de escritores “transgresivos” que hoy día proliferan entre Europa y los Estados Unidos.

Pero el  valor de Pasolini -aun si no comparable literariamente con los escritores antes citados- radica precisamente en su profunda vocación popular, que no fue nunca una pose o una actitud paternalista, como ha sido el caso de tantos “intelectuales de izquierda”, sino un verdadero élan vital(1), que lo llevaba a desafiar el “Palazzo”, como definía él al establishment gubernativo italiano, y ponía en peligro su propia labor intelectual y hasta su integridad física.

Su homosexualidad se explica, desde este punto de vista, como un aspecto de su revuelta, y no viceversa, puesto que su revuelta era, ante todo, un sentimiento global. Para Pasolini, en efecto, no contaba “il ragazzo di vita”(2) sino “i ragazzi di vita”(3), que es como decir todo un pueblo, toda una cultura arcaica, mediterránea y campesina, cuya más noble matriz habría que buscarla en la poesía pastoral, de virgiliana memoria. Es evidente que el colapso de la civilización campesina no podía dejarlo indiferente, a él que se aferraba a valores en vía de extinción, a una suerte de arcadia factiva que su memoria histórica atizaba siempre, como un fuego solo aparantemente apagado.

Como sucede siempre con los mejores hombres, él era la contradicción hecha carne y hueso, pues si, por un lado, sus ideas lo situaban en el lado izquierdo y más avanzado de la política italiana del momento (sin embargo, desde que fue expulsado del Partido Comunista Italiano en su juventud, nunca más militó en ninguna otra organización de izquierda), por el otro, no era un secreto para nadie su profundo amor a la familia, encarnado en la figura de su madre, y su devota amistad con un sacerdote que lo acudía espiritualmente en sus momentos de depresión. Es decir, Patria, Familia e Iglesia, las mismas mastodónicas estructuras sobre las que reposaba el odiado “Palazzo”. Es verdad, claro está, que contestaba las instituciones, pero su manera de contestarlas era la misma que lo llevó a escribir “El ruiseñor de la Iglesia Católica”, poema que denotaba su profunda religiosidad. A este propósito, es innegable que uno de sus mayores aportes al pensamiento religioso ha sido, justamente, haber sabido iluminar, en clave contemporánea, esa aparente compatibilidad entre lo carnal y lo sagrado, que tanta significación ha tenido siempre en la historia de la religión católica, y no solo católica.

A distancia de tanto tiempo de la muerte del poeta -considero a Pasolini un verdadero poeta del cine- se puede decir que su mensaje ha sido plenamente recibido. La Italia actual, cínica, opulenta, desencantada, industrializada y urbanizada por doquier, no es sino la completa realización de sus temores, que tanta incompresión y amargura le preocuparon entonces.

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(1) Utilizado por el filósofo francés Henri Bergson en La evolución creadora, la expresión implica una manera multidireccional y volitiva de entender la experiencia de vida.

(2) Eielson se refiere al fenómeno social de los niños maltratados o abandonados, fenómeno que se hace masivo en la Roma posguerra.

(3) Hace referencia a un proyecto de tres partes de Pasolini, del cual sólo se publicaron dos partes.

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