La Razón, el diario creado por Mariátegui

Peripecias de ‘El Amauta’ para crear “un diario proletario”. Extraído de La Razón del joven Mariátegui, el suceso acontece en Lima, el 12 de mayo de 1919.

Se corrió la voz entre los canillitas: el lunes 12 saldría el nuevo diario La Razón, de oposición, favorable a los obreros. Se supo en Palacio de Gobierno y en la Intendencia de la Policía que prontamente envió a un par de “soplones” a espiar; se supo en El Tiempo y en La Ley, provocando inquietud; se pasaron la voz en el Parque Neptuno, en  El Callao, en las fábricas.

En el Club Nacional probablemente se comentó desdeñosamente que “lo editan los bolcheviques pagados por Leguía”; en el cuartel general de Leguía, que “lo paga Aspíllaga”. En los círculos obreros: “Lo dirige Mariátegui”.

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– José Carlos, ¿qué le decimos a los canillitas? – preguntó Meza.

Agotado, abandonado en una silla del taller, Mariátegui contestó:

– Diles que lo sentimos mucho, que no depende de nosotros, que se cortó la luz…

– ¿Qué pasó, José Carlos? – preguntó Gutarra que entraba en ese momento- Hemos estado esperando… Ya son las seis de la tarde, y nada…

– Justo cuando iniciábamos la impresión se cortó la corriente eléctrica. Hemos llamado a la empresa de electricidad varias veces y luego de insistir mucho han enviado una cuadrilla a revisar los cables- contestó José Carlos.

De pronto se encendieron los bombillos.

– ¡Volvió la luz! -gritó alguien.

– Bueno, avisen que saldremos mañana -dijo Estenio Meza a los canillitas que aún aguardaban.

– Mal día, mal día -rezongó Zegarra, el administrador de la imprenta.

Mariátegui sonrió, divertido:

– Vamos, ingeniero Zegarra, no creerá usted en esas cosas; si los curas lo escuchan…

– Veremos mañana a ver qué pasa -replicó Zegarra.

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Al día siguiente, el 13 de mayo, cuando ya habían impreso una parte del diario, se apagó nuevamente la luz; la rotoplana gimió y se detuvo lentamente, los linotipos crujieron y se paralizaron y silenciaron. Mariátegui no podía creerlo, se miraban unos a otros. Zegarra gritó:

– ¡Otra vez, maldita sea!

– ¡Ah, no, carajo, esto no puede ser! -estalló, a su vez, Falcón-. ¡Me voy a la empresa eléctrica o como se llame a ver al mismísimo Prado! ¡No me vengan con casualidades!

Vargas Marzal estaba al borde del llanto; Del Águila gritaba “¡Sabotaje, sabotaje!”; Fernández perdía paciencia.

Nadie pudo convencer a los mariateguistas de una nueva casualidad. Estaban seguros de que se trataba de un sabotaje. Ante la indignación de Mariátegui y las llamadas de los sacerdotes, los técnicos de la Lima&Light corrieron nuevamente a revisar los postes y sentenciaron que se había producido un nuevo “cruce”. Falcón se encargó de proclamar a gritos que los saboteaban; se los dijo a los canillitas, a los obreros, a los colegas. En pocas horas el mundillo periodístico comentaba “los están saboteando”.

El rumor llegó a Prado, quien se alarmó y llamó al mejor especialista para que averiguara y quedara “de guardia” al día siguiente para prevenir un nuevo “cruce” en la zona. No quería que le achacaran un sabotaje.

Sin embargo, Mariátegui estaba seguro de que alguien había cortado los alambres y amenazó a la empresa con un escándalo si volvía a suceder. El ingeniero Zegarra le había asegurado que una falla así no se daba en por lo menos cinco años.

En la tarde era ya evidente que el diario no aparecería. Y tenían 500 ejemplares impresos de la sección central con el día “13 de Mayo de 1919”. Era mucho dinero, no podía arrojarlo a la basura. Mariátegui dio la solución: pondrían esa parte en el diario y en otro página explicarían el problema. Los lectores no se quejarían luego de una buena explicación.

Todos regresaron a la redacción a escribir de nuevo y a contestar el teléfono. Todos los amigos preguntaba: ¿Qué pasó?, y la respuesta era por consigna. “Sabotaje, compadre”. Después de todo, meditaba José Carlos, aquellos incidentes creaban expectativa por la aparición del diario. El revés debía ser convertido en arma publicitaria.

Al día siguiente no hubo problemas. El 14 de mayo, los canillitas recibieron los ejemplares frescos de La Razón y se lanzaron a la calle a vocearlo. Adentro, en la imprenta, Mariátegui leía por enésima vez un ejemplar manchado de tinta. Con Falcón y los otros no había pegado los ojos, observando una a una las hojas de papel pasando lentamente por la impresora.

Con la chaqueta en la mano, Mariátegui salió a la Plaza de Armas y la cruzó lentamente. Detuvo un coche, se encaramó con trabajo y pidió al cochero que lo llevara a la calle Ormeño.

Un canillita corrió hacia ellos y les ofreció La Razón, José Carlos llevó la mano al bolsillo y sacó cinco centavos: “Dame uno, chico”. El cochero preguntó: “¿Qué es eso?”, y Mariátegui contestó: “Es un diario proletario, compañero”.

Los pasos cansinos del caballejo le sonaron a cabalgata triunfante. Su sueño era ya una realidad de tinta y de papel.

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