Abraham Valdelomar por él mismo

Fragmento de una lectura pública conservada en dos hojas discontinuas en la Biblioteca de la PUCP. Fecha aproximada, década de 1910.

Ilustración: Buensalvaje

Para mis enemigos mi vida es algo tenebroso y sombrío, una caverna donde viven y anidan los siete pecados capitales. Mi vida, sin embargo, es clara y transparente como un rayo de sol. Yo debo de justificar estas aseveraciones y para ello os voy a relatar el poema de mi vida.

Yo, el sexto de mis hermanos, nací algunos años después de la guerra en una aldea de la costa, la encantadora aldea de Pisco. La guerra había acabado con la escasa hacienda de mis padres y la vida reservó a mi niñez, la más trágica y horrible miseria. Mi padre no tenía trabajo y para buscarlo se había alejado a otros pueblos. Tendría yo seis años y el mayor de mis hermanos dieciocho y vivíamos todos en una casita donde el único objeto extraño a las paredes y los techos, el único mueble, el único menaje, era un ñorbo que se enredaba en el corral y adonde se reunían al amanecer, para cantar, los gorriones. Yo recuerdo con espanto y con ternura, aquellos días de mi infancia. Imaginad a mi madre rodeada de sus seis hijos, pegada a nosotros, mirando con ojos trágicos la vida. Imaginad a seis niños despertando a la vida y dándose cuenta de tan terrible drama.

[…]

formábamos, unidos, un grupo contra el Destino y como para defendernos de él nos abrazábamos estrechamente. Más tarde jamás nos hemos separado y creo que esta solidaridad que nos ha unido toda la vida no es sino la continuación de aquel sentimiento que nos hizo comprender entonces la necesidad de ampararnos unos a otros, mientras mi madre pálida, insomne, desgarrada, lloraba en silencio por ella, por nosotros, por nuestro porvenir, por nuestra niñez, infortunada y sin risas.

Yo conocía en las noches, acostado sobre el pecho de mi madre, cuando al día siguiente no iba a haber pan. El dolor sutiliza la inteligencia. Algunas noches, mi madre, ya acostada, se incorporaba en el lecho y empezaba a sollozar tristemente, terrible y desconsoladamente, pero muy bajito para que mis hermanos no la oyeran, cuando creía ella que yo estaba dormido. Como yo dormía en su lecho, despertaba sobresaltado y la acompañaba a llorar sin que ella se diera cuenta. Al principio yo lloraba sin saber por qué, pero un presentimiento me inducía a llorar cuando sentía los sollozos de mi madre ahogados y trágicos. Después aprendí a saber que cuando mi madre lloraba toda la noche, al día siguiente no tendríamos nada de comer. Otras veces ya acostados, ella me besaba mucho, entonces sus lágrimas eran muy distintas, me contaba cuentos que inventaba ella misma y me estrechaba contra su corazón. Me anunciaba, para engañarme que yo sería más tarde muy feliz. Y cuando esto ocurría, su voz tenía una seguridad conmovedora. Sus caricias eran más fuertes y sus besos más largos.

En las mañanas íbamos los hermanos, a buscar fruta a la campiña. Nuestra hermanita menor nos acompañaba. Era tan linda aquella criatura morena y tenía un cabello tan negro y tan ensortijado y tenía unos ojos tan húmedos y grandes. Mientras mis hermanos trepaban los árboles para  coger la fruta, yo buscaba las ciruelas rojas y las cerezas maduras y se las daba de comer en la boca, como a una paloma, y la niña sonreía. Una vez, por el zapatito roto se me metió una espina. La espina penetró en la piel, se rompió, y yo no podía sacarla. Estábamos muy lejos de la casa. Yo tenía cinco años y era débil; mis hermanos se habían marchado delante y ya empezaba a caer la tarde. Yo sacaba agua de la acequia en las manos cóncavas y juntas y lavaba con ella la sangrante herida; sollozando le contaba los cuentos más ingenuos y la pobrecita lloraba, lloraba y llamaba a mamá. La llevé en mis hombros, pesaba mucho y yo tropezaba y caía con frecuencia. Se hacía de noche, empezaban a cantar los grillos y a chirriar  las cigarras. Teníamos miedo del campo. Una luz que aparecía a lo lejos, el balar de una vaca, el cruzar de un ave en la sombra nos llenaban de espanto. Nos sentamos a descansar en plena obscuridad.

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