Valeria Mazza, la modelo preferida de Eielson

Tercer texto de Jorge Eduardo Eielson sobre modelos. Suplemento cultural Lundero, diciembre de 1998.

Si Naomi Campbell es mitad mujer y mitad pantera, y Claudia Schiffer mitad mujer y mitad cisne, Valeria Mazza es, sencillamente, toda mujer. Ni el gélido futuro anunciado por Claudia, ni el tambor de los orígenes evocado por Naomi, sino solamente el presente, el ídolo doméstico ansiosamente esperado. Hija del sur del mundo, ella encierra todavía, en el armonioso equilibrio de su cuerpo y de su alma, los valores que Naomi reclama urgentemente para su propia raza, y que Claudia parece ignorar, como una diosa ignora las vicisitudes terrenas. Valeria, por lo tanto, no es divina, porque la belleza interior que ilumina su cuerpo es demasiado humana. El agua y jabón de su rostro no son de otro mundo, sino de este: ella es la muchacha del piso de al lado, la novia, la hermana y la esposa de todos. El aura que la rodea no depende tanto de los afeites, de las sabias luces o el traje suntuoso, sino tan solo de la elegante sencillez de sus sentimientos, y su reciente matrimonio con el novio de siempre dará seguramente los frutos deseados, con su probable alejamiento del movedizo planeta de la moda.

Valeria desfila con el corazón, al ritmo de un tango mil veces bailado, aunque siempre sinceramente, como todo lo que hace una muchacha latinoamericana de buena familia. Aunque, claro está -hija de su tiempo- el tango que baila es de Astor Piazzolla, los trajes que viste, de Armani, los cosméticos, de Lancome. Hay en su desarmante sonrisa, y hasta en sus breves palabras, las improvisas repeticiones y aceleraciones de la música de Piazzolla. Y la misma actitud conserva en su cartera: Valeria asciende varios escalones en el star system de la moda internacional, desbaratando las lenguas malignas  (“demasiado nature”, “demasiado simpática”, “demasiado latina”) pero desafía el mismo sistema casándose con el muchacho argentino que siempre ha querido. Es por esto que su declarado amor a los niños inhábiles no parece ni falso ni publicitario, ni tampoco sus sinceros deseos de ayudarlos.

Y, es que, el sub-desarrollo es, sobre todo, corazón. Es amor a los semejantes, con confianza en la vida, solidaridad e invención: la invención de un futuro que quizá no existe, pero que todo latinoamericano lleva en lo más profundo de su alma, y hasta en su DNA. La belleza del sub-desarrollo, si cabe esta expresión -dejando de lado por un instante, el inhumano espectro de la miseria impuesta por el viejo y nuevo colonialismo- es esta preciosa humanidad. Es en el borde de este abismo que Valeria baila el efímero tango de la moda, con un pie todavía en su Rosario natal, y el otro en el inmenso pulpo teletemático que envuelve el planeta de polo a polo.

Pero el sub-desarrollo no es sólo corazón sino también contraste, contradicción. Es decir, Piazzolla de una parte, y Virilio de la otra. El poeta de la nueva Buenos Aires, y el chamán de la velocidad institucionalizada. Repeticiones y aceleraciones: arcaicos rituales de seducción tribal por un lado, y cascadas de informaciones que proyectan las imágenes-fetiches de la velocidad de la luz, por el otro.

Contradicción y corazón. Hay en esta cautivante manera de enfrentarse al poder, una insólita maestría, que le llega de su célebre compatriota: Evita. Hay en su estilo simple y afectuoso, vagamente provisional, apenas una sombra del afactuoso kitsch elaborado por la reina de los descamisados. Con una enorme diferencia: Evitaba deliraba y, como se decía entonces, incitaba a las masas. Valeria tiene la cabecita bien plantada en los hombros y no incita a las masas sino, sencillamente, vende vestidos. Y los vende bien, según se dice. Quizá porque, a diferencia de Naomi, que más bien se desviste y provoca, o de Claudia, que tan solo se cubre, posiblemente de plumas, como el cisne que es, Valeria es la única que realmente se viste.

Esta revalorización del pudor -herencia de una sociedad atávicamente católica y machista- en complicidad con Giorgio Armani -arquitecto de trapos sublimes- han creado esta nueva Evita que representa el aspecto gentil de un continente incautamente lanzado entre las ondas procelosas de la globalización galopante. ¿No existe el peligro, entonces, de que esta encantadora muchacha se convierta en la nueva reina, no ya de los descamisados sino de los actuales homologados de América Latina? No, no existe ese peligro, porque los escasos homologados del sub-continente no abandonarán nunca el modelo europeo o norteamericano al que tanto aspiran, y que Valeria representa solo a medias. Más bien el peligro es otro, y más vasto: el virus planetario de la especulación y el consumo podrían contagiar también la dulce belleza de Valeria, multiplicando y monetizando salvajemente sus gracias, y frustrando así las expectativas de una sociedad en busca de nuevos mitos -no importa cuáles- que reemplacen la Revolución (con mayúscula); la nostalgia de un gigante ciego, como Borges; las piernas cortas (pero también millonarias) de Maradona, y hasta el extremo sacrificio del Che Guevara, atrozmente convertido en una fábrica de posters que venden mejor que los de Mao o Marylin.

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