El matrimonio de José María Arguedas y Celia Bustamante

Recuerdo de Cecilia Bustamante, sobrina política de Arguedas. Revista Cielo Abierto, N° 11. Lima, octubre de 1980.

Testimonio sobre el primer matrimonio de Arguedas

Cuando pusimos pie en Lima, luego de tres días de viaje por mar desde Paita al Callao, conocimos por fin a los abuelos, a nuestros pequeños primos, a nuestra familia. Sentí para siempre un gran admiración por Alicia y Celia. No eran como otras personas: parecían unidas por un lazo invisible de fuerza, una pasión que animándolas en todo momento les concedía singularidad y belleza. Más tarde comprendí que, ingrediente de esa fuerza, era también su ideal político y su posición a favor de los indígenas del Perú. Viajaron constantemente por los pueblos de la costa y de las sierras y reunían objetos de arte popular que más tarde conformaron su famosa Colección de Arte Popular Peruano. Alimentaron así su casi agresivo amor al Perú, en defensa de todo lo nativo y de los artistas populares a quienes constantemente ayudaron.

Fue natural que se conocieran con José María Arguedas cuando éste llegó a Lima. Alguien lo llevó a la Peña Pancho Fierro, el lugar de reunión que mis tías habían fundado; allí, artistas e intelectuales peruanos y los extranjeros que nos visitaron entonces, convergieron por más de veinte años haciendo de esta Peña la vanguardia de la vida cultural peruana. José María y Celia se enamoraron pronto y se casaron en 1939 -en un día lejano que dejó algunas imágenes en mi recuerdo.

La casa de mis abuelos en la calle Mariquitas 336, estaba con más gente que de costumbre. Vivíamos allí también los Bustamante Moscoso. Mi abuela, Josefina Vernal y Luza, estaba ciega desde hace varios años. Celia era su última hija y la más querida. Mi abuela deseaba saber lo que estaba sucediendo a su rededor: cómo estaba vestida Celia, qué hora era, pues su hija iba a emprender viaje después de la ceremonia.

Celita se casaría con un escritor que hablaba el quechua y que escribía también en ese idioma, mezclando en sus cuentos el castellano y la lengua nativa. Un muchacho inteligente que había encontrado un puesto en un pueblo muy lejos, cerca del Cuzco y que se llamaba Sicuani. Allí se llevaría a mi tía Celia cuando se casaran. Lástima que no tenían dinero. Y dejaba resbalar algunas lágrimas en su oscuridad.

Me llama doña Josefina, la cieguita:

– Quisiera poderlo ver. Buen muchacho. Un escritor, lástima que van a trabajar tanto y tan lejos, pero así son los artistas…

Celita se apuraba vestida de blanco con un traje de dos piezas tejido a palillos, se la veía muy linda. Alicia, emocionada y chaposa, ponía en orden algunas cosas. Las dos entrañables hermanas se iban a separar por primera vez.

La tía y su escritor se fueron al pueblo de la sierra. A veces llegaban cartas y fotos. Mucho campo, sol, trigo, música: la esencia misma de lo que a ellos les gustaba. Viajaban a otros pueblos, su amigo Emilio Adolfo se les unió en un viaje a Huánuco; con Celia y José enlazados bajo el sol, quedó después de recuerdo una fotografía en traje de baño, felices.

Tiempo después volvió de visita “la pareja”, como los llamaba mi abuela. Entonces conocí a José María. Era un hombre muy sencillo, modesto y dulce. Reconocí en él a los amigos de provincia en las sierras donde habíamos crecido. Su aire infantil invitaba al juego, a los cuentos. Resultó ser muy preguntón: quería saber nuestras historias, lo que habíamos conocido, escuchado, aprendido, comido, jugado, lo que los indios de esos pueblos nos contaban en las tardes.

Recordé el sabor de estas divertidas conversaciones mucho tiempo después cuando tuve en mis manos Canciones y cuentos del pueblo quechua (1947), colección de tradiciones, mitos y leyendas que reunió con un grupo de investigadores en el colegio donde estudié y en otros colegios del país.

Celia y José se instalaron al volver, en la casa de mis abuelos. Trabajaban mucho y ya no se podía jugar tanto con él. Su cuarto era un lugar fantástico para mí, mezcla de taller y de cuarto en que se vive y se descansa. Colmado de objetos de arte popular peruano y mejicano, de alforjas, chullos, quenas, mantas, charango, guitarra, papeles, una maquinita de escribir vieja y ruidosa en la que mi tía siempre tecleaba. José escribía a mano. Tenía una mano lisiada, yo había escuchado a mi abuela que cuando niño José había tenido una madrastra muy mala que lo maltrataba. Imaginé que tendría algo que ver con esos dedos encogidos y me daba mucha pena.

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