César Vallejo, por su viuda

Publicado originalmente en la Revista Ozono N° 14. Madrid, 1976. Republicado en La Casa de Cartón N° 4 y 5, Lima, 1986, de la cual se copia fielmente el siguiente texto.

– “Fuimos dos paralelas con Vallejo; nunca lo comprendí realmente”.

– “Él era muy seco: una vez escribía -yo no sé por qué, porque yo era muy discreta- me acerqué sin pensar que iba a dejar de escribir, me asomé por detrás de él y lo besé. Y él me apartó con la mano. Y yo quedé tan herida que nunca más, nunca más hice un gesto parecido. Así era, a tal punto que, muerto él, me bastaba su mano y no tenía la sensación de su muerte”.

– “Nos conocimos de una manera muy curiosa, un poco ridícula sí usted quiere. Usted sabe que los sudamericanos hacen muchos gestos al hablar. Y yo veía de la casa de enfrente, contra la luz tamizada de una pantalla roja, de muy mal gusto, a unas personas discutiendo, gesticulando. Era invierno y las ventanas estaban cerradas. Y yo, conmovida, le dije a mi madre: “Pobres, los vecinos de enfrente son sordomudos”. Llegó la primavera, un domingo yo estaba asomada a la ventana y los vi gesticular como siempre, pero también oí su voz. “¡Mamá: el vecino del frente habla!””.

– “Nunca comprendí completamente a Vallejo, en vida. Ahora sí, ahora que llevo viviendo veinticuatro años en el Perú empiezo a comprender y quizás, aunque viviera cien años, no terminaría mi aprendizaje. Los serranos son gente que parece tonta y humilde y son de una inteligencia temible; los serranos son así. Con su mirada de corto de vista y de repente tienen relámpagos geniales”.

– “Creo en la predestinación. Cuando entré al colegio, tendría once años, como todas las colegialas soñaba con mi príncipe encantado. Yo era un tonel, era monstruosa y la mitad de los profesores me consideraban inteligente y la otra mitad me tenía por una retrasada mental. Yo dibujé el perfil de mi futuro príncipe encantado y ese príncipe tenía treinta y cinco años, era sudamericano… y poeta. El perfil era exactamente el de Vallejo. Y si hubiera visto aquella muchacha soñando con un poeta hubiera dado la razón a la mitad de los profesores que me tenían por una retrasada mental”.

– “Mi nombre de soltera era Georgette Philippart. Nací un día de 1908 en que “si Dios no estaba enfermo” por lo menos estaba de pésimo humor. Tuve muy mala salud. A los seis años contraje tuberculosis en una pierna. Y como también llegaba la guerra mis padres me mandaron a Bretagne. Mi padre era dibujante; mi madre modelista de vestidos” .

– “Nos tratamos tres meses y un día desapareció. Mi madre cae enferma, se muere y ese día regresa Vallejo a la calle Moliere. Me vino a presentar las condolencias y me dijo, así como si dijera “por favor, alcánzame los fósforos”, que debíamos vivir juntos. Y yo no dije ni sí ni no, siguió la conversación, pero por el mal momento pensé en decir que no. Sin estar enamorada, hacía tiempo que sentía que tendría que ser así: era la predestinación”.

– “Toda la obra de Vallejo está penetrada, amasada de política, de masas. Se ve claramente en su teatro. Su poesía forzosamente ha resultado también así: no sólo formalmente revolucionaria, si usted da vueltas siempre le encuentra una base política”.

– “No había otra cosa que conmoviera más a Vallejo, que le doliera más, que la injusticia en el mundo. Él estaba desde su nacimiento y, prenatalmente, destinado a sufrir, por el sufrimiento de los demás. Fue a Rusia y volvió convencido y durante dos años no estudió otra cosa que marxismo. Tenía una memoria extraordinaria, mucha claridad y, como se dice, muchas cuerdas en su arco”.

– “¡Se escriben tantas calumnias, tantas tonterías sobre él! Cuando lo dan a Vallejo como un pobre diablo que pide dinero a todo el mundo, que se emborracha; no había alguien más asceta que él y, como no bebía nunca, medio vaso lo mareaba.”

– “Se levantaba a las siete y media. A las ocho yo le daba el desayuno y me iba a trabajar. No tenía nada de bohemio, como se ha dicho; era hombre austero, le gustaba el orden, la limpieza, saber la hora”.

– “Un hombre, verdaderamente hombre, decía, sólo lo es de una mujer. Era sano como un campesino”.

– “Si usted no sabía que era Vallejo lo podía confundir con un transeúnte cualquiera”.

– “Escribía metódicamente, es curioso pero es así. Y escribía con nada. Era algo verdaderamente trágico. A veces no tenía papel, escribía con un lápiz así, más pequeño que mi dedo meñique”.

– “Al principio yo era completamente anticomunista. Vallejo tuvo paciencia conmigo, digo paciencia y no es así: era muy duro. Como si hablara de otra persona me decía: “Esa mujer es una estúpida en pensar así”. Pero yo comprendí rápidamente. Todo el que sufre de ver sufrir está dispuesto a comprender. La gente insensible al sufrimiento ajeno no puede llegar a ser revolucionario nunca”.

– “No mostraba nunca sus poemas a nadie. Le molestaba que abriera su cuaderno. Decía que le “habían robado mucho”, pero no era por eso, era porque era un hombre muy cerrado, totalmente hermético”.

– “Era un enamorado perdido de París; le gustaba pasear por sus calles, entraba a las librerías. Pero no era muy lector. Pensaba que un creador no debe leer mucho. Leía sus revistas de arqueología, pero poesía poco. Admiraba mucho a Walt Whitman, a Rilke, a Pushkin, a veces me recitaba versos de Esenin.”

– “Vallejo dejaba transparentar muy poco su propio sufrimiento, tenía sus crisis cada cinco, siete meses, yo me daba cuenta. Era un hombre que podía tomarse por corriente. Salvo su mirada. La mirada era algo verdaderamente angustioso. Cuando lo miraba a usted su mirada no se detenía en sus ojos o en su rostro, parecía que lo cruzaba y continuaba miles de kilómetros detrás suyo. Yo una vez le dije: “¡mírame, mírame a mí; como miras tan lejos!” ¿Y sabe dónde entendí su mirada? Aquí en el Perú, cuando vi por primera vez una llama, las llamas miran panoramas inmensos y esa era la mirada de Vallejo”.

– “He estado tan sola con Vallejo como sin él. Ahora tengo muchos años de viudez, se dice fácil, pero hay que despertar todas las mañanas durante tantos años, sin un paso, sin una respiración cerca”.

– “Quedé casada con él. Nunca me interesó otro hombre, pero una médium me dijo que se había comunicado con el espíritu de Vallejo y que él le había dicho: “Georgette quiso seguirme a la muerte, pero yo quise que se quedara en la vida.” Ese día me separé brutalmente de él, me divorcié de Vallejo. Y mientras uno vive con un muerto, vive con él, pero cuando se separa de él, entonces empieza la verdadera soledad, una soledad tumbal, si se puede decir así”.

– “Nunca hablamos de felicidad, de paz, ni de nosotros mismos; siempre de la miseria del mundo; de la revolución; jamás de temas personales.”

– “Después que los he leído he comprendido que hay poemas que me escribió a mí: “De disturbio en disturbio / subes a acompañarme a estar solo / yo te comprendo andando de puntillas / con un pan en la mano, un camino en el pie ….” o “Palmas y Guitarra”, “ahora, entre nosotros, aquí / ven conmigo, trae por la mano a tu cuerpo / y cenemos juntos y pasemos un instante la vida / a dos vidas y dando una parte a nuestra muerte…“.

– “Pero Vallejo jamás me dijo: “Georgette estos poemas son para ti”, jamás. Yo comprendía muy bien que yo no era nada ni nadie para él. Que yo existía para cuidarlo y nada más. Cuando se estaba muriendo me pedía perdón, desesperado y me decía: “Te he desconocido siempre; tú has tenido razón en todo”. Pero ya era tarde y era innecesario, yo lo había amado así”.

– “Un día tuve un sueño curioso. Fui a pedir cien francos prestados a un escritor peruano, muy pretencioso, muy seguro de sí, porque necesitaba rescatar una mesa que había sido de Vallejo. Me los prestó y me dijo: “Lo hago por usted, porque a mí no me importa nada Vallejo”. Yo estaba lejos de imaginar lo que llegaría a ser Vallejo, a quien ahora hay personas que consideran el más grande poeta del siglo. No tenía gran preparación para comprenderlo: sabía que era un gran poeta y nada más”.

– “Esa noche me dormí preocupada y en mis sueños apareció entre las nubes ese peruano convertido en un Júpiter tronante con las mejillas inflamadas de viento y arrojando fuego por la boca y yo estaba junto a él y, atemorizada que aplastara a Vallejo, bajé los ojos y vi la tierra y de la tierra vi salir a Vallejo, como hecho de un metal especial, salió como esas esculturas de los surrealistas, él -fotográficamente él- y creció y me pareció tan grande que desperté tranquila. Era como una llama de metal y su mirada dominaba la tierra”.

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There are 5 comments

  1. Antonio P.

    y siempre fue una fiel compañera hasta sus últimos días en que fervientemente protegió a su esposo ante la envidia corrosiva de muchas peruanos de la época.

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