Para seguir descubriendo la maravillosa poesía de Eguren

Los motivos del poeta Arturo Corcuera para adentrase en José María Eguren. Revista Martín, N° 24.  

José María Eguren: La realidad de la maravilla

José María Eguren no tiene la resonancia universal de Vallejo, pero no es menos grande. Su poesía va ganando espacios y es cada vez mayor la audiencia que tiene en el ámbito internacional. Stefan Vaciu lo considera “un abridor de caminos”, “una aparición única en la poesía latinoamericana”, “uno de los precursores del surrealismo”. Ya José Carlos Mariátegui, adelantándose, advertía que con Eguren aparece por primera vez en nuestra literatura “la poesía de lo maravilloso”, el amauta le dedicó el número 21 íntegramente a Eguren.

Este poeta de apariencia menuda y frágil que vivió, en medio del auge estridente del modernismo, apabullado y desdeñado, alejado de los proscenios y de los halagos oficiales, es hoy en muchos países una de las figuras literarias que más llama la atención de los creadores. En su tiempo, sin embargo, un crítico de renombre consideró su obra como “una mansión de extravagancias más disparatadas”, y otro sector de la crítica halló sus versos oscuros y arbitrarios, cuando nos desestimó al poeta, ignorándolo. “Oh, cuánto hay que luchar -le decía Eguren a Vallejo-; cuánto se me ha combatido! Al iniciarme, amigos de alguna autoridad en estas cosas, me desalentaban siempre. Y yo, como usted comprenderá, al fin empezaba a creer que estaba equivocado”.

Chaplinesco en más de un aspecto, de personalidad huraña y callada, proyectó como anota Armando Rojas “ese marco de silencio a su poesía”. Y también, diría yo, la pureza de su timidez. Aunque el número de los lectores es creciente, puede aún considerársele un poeta desconocido por las mayorías. Y lo es, quizás, porque se evadió de la realidad circundante para sumergirse en la realidad de la maravilla, realidad que tiene sus cimientos en el sueño y en la pesadilla, entre lo luminoso y oscuro, entre los linderos de la alucinación y de la fantasía, territorio suyo poblado de seres inefables, de imágenes de visiones de niebla y sombra que hechizan y sobrecogen. Para develar esta realidad (el mundo onírico no es menos real) Eguren supone crear un lenguaje depurado, de inéditas resonancias verbales. Se valió de la magia plástica de las palabras y de su música que tradujo, recuperando voces en desuso y vocablos de otras lenguas, a las que les descubrió sus claves secretas, revelándoles el espíritu nuevo de una poesía llena de símbolos y alegorías, enigmática y delirante, cuya originalidad nadie puede negar. Mariátegui comprendió a Eguren y expresó aludiéndolo que “el arte es una evasión cuando el artista no puede aceptar ni traducir la realidad y la época que le toca… Estos artistas -enfatizó- maduran y perecen extraños y contrarios al penoso y áspero trabajo de crecimiento de sus pueblos”.

Eugren nació en Lima en 1874 su niñez transcurrió, durante largas temporadas, en la hacienda Chiquitanta, finca en la que trabajaba su padre ejerciendo el cargo de administrador. El ambiente eglógico y la vida rural le dejarían impresiones indelebles que, más tarde, se reflejarían en su obra.

Su espíritu contemplativo le hizo atisbar el vuelo de las aves, la vida nerviosa de los insectos, detenerse en la soledad de las casas abandonadas y derruídas. El campo lo convertirá en pintor de paisajes y fotógrafo de la naturaleza. Con una diminuta máquina de su invención registraba todo lo que veía. Le bastó para confeccionarla -según cuenta Estuardo Nuñez- fragmentos de madera, cuero y latón. Era más pequeña que una cajita de fósforos. Con este objeto en miniatura fotografiaba a sus amigos en los parajes de Barranco, distrito en el que vivió por espacio de 30 años, y del que solo se alejó a la muerte de su padre, trasladándose a vivir en los predios del centro de Lima, cuando la familia quedó económicamente en situación difícil.

Eguren fue un gran conocedor de música. En su prosa y en algunos poemas hace alusiones a Schumann, Chopin, Mendelson, Weber, así como a compositores modernos: Debussy, Ravel, De Falla. Leyó con detenimiento a los simbolistas franceses, a los clásicos de la literatura infantil: Gimn, Anderson Imbert. Lo fue también de los clásicos españoles y de la mitología germánica. En 1911 publicó Simbólicas, y en 1929 reunió todos sus libros en una edición de la biblioteca Amauta que dirigía José Carlos Mariátegui. Simbólicas, Sombra, Rondinelas. Murió un amanecer del mes de abril de 1942.

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