César Moro y el Perú poético, según Monterroso

Perú triste. Fragmento de un recuerdo de Augusto Monterroso. 15 de setiembre de 1984.

“…en 1981, reaviva en mí la idea de que en Lima, “la triste ciudad de los Reyes” la llama César Moro, con su tristeza y todo, o por ella, o contra ella, los poetas son más poetas que en otros sitios, y creen en sí mismos como tales (dicen “estoy escribiendo un poema sobre esto o aquello” con soltura que llenaría de espanto a un guatemalteco o a un mexicano) y en el valor de lo que hacen, y tengo la impresión de que, benditamente, la sociedad sigue rechazándolos, como corresponde: debe ser horrible ser un poeta aceptado por la sociedad.

La vie d’un poète est celle de tous

Il est inutile d’en definir les phases.

G. de N.

… sé que amo la vida por la vida

misma, por el olor de la vida

César Moro 

En uno de esos años cuarentas [1943] Ninfa Santos me presentó a Moro aquí en México, en la librería en la que Moro trabajaba en el pasaje cómo se llama en las calles de Gante y Madero, pero a mí él, como cualquier otro personaje famoso, me daba (y siguen dándomelo, y por eso huyo de ellos, y ellos, cuando lo notan, deben imaginar quién sabe qué cosas) tanto miedo que a causa de esa presentación jamás volví a entrar en esa librería, y supongo que a éste se refiere Moro cuando en la primera carta declara amargado e irónico: “Soy un empleado cien por ciento”, con ese intencionado lenguaje de dependiente de tienda.

Por lo que he podido observar, los poetas -y los narradores peruanos en general- escriben siempre cosas tristes, y hay en ellos una especie de desolación hasta cuando tratan de lo que podría llamarse con lenguaje también de empleado “los aspectos amables de la vida”. Yo no sé si esto ha sido siempre así, pero por lo que hace a nuestro tiempo, cuando converso con alguno de ellos aventuro la hipótesis de que habiendo sido César Vallejo tan desdichado, ningún escritor peruano se atreve a no serlo sin faltarle el respeto a su antecesor, el más grande; pero al oír esto solo sonríen y suponen (como ocurre en tantos otros casos y hablando de cualquier tema)  que lo digo en broma. De todas formas, es obvio que ninguna generalización tiene un valor absoluto.

Hace unos dos meses estuvo en México Emilio Adolfo Westphalen, a quien no veía desde hace unos seis años,  pasaba por aquí, me parece, procedente de Lisboa, en donde cumplió una etapa más de su carrera diplomática, y se dirigía a Lima. Al acudir a una cita con él en casa, para no variar, de Ninfa Santos, llevé conmigo un ejemplar de su libro de poemas Otra imagen deleznable publicado aquí en el Fondo en 1980, y “se me hace duro”, me dice al ver que se trataba de la edición que hizo retirar del mercado y cambiar por otra, “dedicarte un ejemplar defectuoso”, pero yo lo releo con la admiración de siempre; y en un poema dice: “Estoy escribiendo una carta / otra será escrita mañana / mañana estarán ustedes muertos / la carta intacta la carta infame también está muerta” y el siguiente titulado “César Moro”, termina diciendo: “Aparte un hombre de metal llora de cara a una pared  / visible únicamente al estallar cada lágrima”, que me hace volver a las cartas de aquel hombre César Moro, ciertamente hosco y alejado mentalmente de sus funciones de empleado de librería, que en diciembre de 1944 termina así una de ellas:

“Acaba de nacer un hijo de A. No lo conozco todavía pero tiene la obligación de ser bello, misterioso y potente. En el fondo ¿no es acaso todo ello profundamente triste? ¿Cómo podría ser de otra manera para mí? No veo apenas en toda vida noble sino un fracaso profundo. El mío viene de tan lejos que data de antes de mi nacimiento. Te abrazo así dejando las cosas, Moro”.

Moro volvió a Lima en 1949, en donde murió de tristeza y de leucemia en 1956. “Su hermoso libro de poemas en español La tortuga ecuestre -dice la Antología de poesía surrealista francesa (Ediciones Coma, México, 1981) – pasó durante algunos años por manos de varios editores argentinos que se negaron a publicarlo”.

Así es esto.

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