Mariátegui analiza una película de Chaplin

El “Amauta” escribe sobre la “La quimera de oro” de Charles Chaplin. Lima, octubre de 1928. Revista Amauta, año III, N° 18.

Huaqueo junto a Literalgia.

Huaqueo junto a Literalgia.

Esquema de una explicación de Chaplin

El tema de Chaplin me parece al menos tan considerable como el tema de Lloyd George o el tema de Mc Donald, (si le buscásemos equivalentes en solo la Gran Bretaña). Muchos han encontrado excesiva la aserción de Henri Poulaille de que “The Gold Rush” (“En pos del oro”, “La Quimera de oro”, son traducciones apenas aproximadas al título), es la mejor novela contemporánea. Pero, -localizando siempre a Chaplin en su país,- creo que, en todo caso, la resonancia humana de “The Gold Rush” sobrepasa largamente a la del “Esquema de Historia Universal” de Mr. H. G. Wells y a la del teatro de Bernard Shaw. Este es un hecho que Wells y Shaw serían, seguramente, los primeros en reconocer, (Shaw exagerándolo bizarra y extremamente y Wells atribuyéndolo, algo melancólico, a la deficiencia de la instrucción secundaria).

La imaginación de Chaplin elige, para sus obras, asuntos de categoría no inferior al regreso de Matusalén o la reivindicación de Juana de Arco; el Oro, el Circo. Y, además, realiza sus ideas con mayor eficacia artística. El intelectualismo reglamentario de los guardianes del orden estético, se escandalizará por esta proposición: El éxito de Chaplin se explica, según sus fórmulas, mentales del mismo modo que el de Alejandro Dumas o Eugenio Sué. Pero, sin recurrir a las razones de Bontempelli sobre la novela de intriga ni suscribir su revalutación de Alejandro Dumas, este juicio simplista queda descalificado tan luego como se recuerda que el arte de Chaplin es gustado con la misma fruición, por doctos y analfabetos, por literatos y boxeadores. Cuando se habla de la universalidad de Chaplin no se apela a la prueba de su popularidad. Chaplin tiene todos los sufragios: los de las mayorías y las minorías. Chaplin es un verdadero tipo de élite, para todos los que no olvidamos que élite quiere decir electa.

Chaplin, encarna, en el cine, el bohemio. Cualquiera que sea su disfraz, imaginamos siempre a Chaplin en la traza vagabunda de Charlot. Para llegar a la más honda y desnuda humanidad, al más puro y callado drama. Chaplin necesita absolutamente la pobreza y el hambre de Charlot, la bohemia de Charlot, el romanticismo y la insolvencia de Charlot. Es difícil definir exactamente al bohemio. Navarro Monzó, para quien San Francisco de Asís, Diógenes y el propio Jesús serían la sublimación de esta estirpe espiritual, dice que el bohemio es la antítesis del burgués. Charlot es antibugués por excelencia. Está siempre listo para la aventura, para el cambio, para la partida. Nadie lo concibe en posesión de una libreta de ahorros. Es un pequeño don Quijote, un juglar de Dios, un humorista y andariego.

Era lógico, por tanto, que Chaplin solo fuera capaz de interesarse por la empresa bohemia, romántica, del capitalismo: la de los buscadores de oro. Charlot podía partir a Alaska, enrolado en la codiciosa y miserable falange de los que salían a descubrir el oro con sus manos en la montaña abrupta, del comercio, de la industria, de la bolsa. La única manera de imaginar a Charlot rico era esta. El final de “Gold Rush”, -que algunos hallan vulgar, porque preferirían que Charlot regresara a su bohemia descamisada,- es absolutamente justo y preciso. No obedece mímicamente a razones de técnica yanqui.

Toda la obra está insuperablemente construida. El elemento sentimental erótico interviene en su desarrollo en medida matemática, con rigurosa necesidad artística y biológica. Jin Mc Kay encuentra a Charlot, su antiguo compañero de penuria y de andanza, en el instante exacto en que Charlot, en tensión amorosa, tomará con una energía máxima la resolución de acompañarlo en la busca de la ingente mina perdida. Chaplin, autor, sabe que la exaltación erótica es un estado propicio a la creación, al descubrimiento. Como don Quijote, Chaplin tiene que enamorarse antes de emprender su temerario viaje. Enamorado, vehemente y bizarramente enamorado, es imposible que Chaplin no halle la mina. Ninguna fuerza, ningún accidente, puede detenerlo. No importaría que la mina no existiera. No importaría que Jim Mc Kay, oscurecido su cerebro por el golpe que borró su memoria y extravió su camino, se engañase. Charlot, hallaría de todos modos la mina fabulosa. Su pathos le da una fuerza suprarreal. La avalancha, el vendaval, son impotentes para derrotarlo. En el borde de un precipicio, tendrá sobrada energía para rechazar la muerte, y dar un volantín sobre ella. Tiene que regresar de este viaje millonario. ¿Y quién podía ser dentro de la contradicción de la vida el compañero lógico de su aventura victoriosa? ¿Quién sino este Jim Mc Kay, este tipo feroz, brutal, absoluto buscador de oro que, desesperado de hambre en la montaña, quiso un día asesinar a Charlot para comérselo? Mc Kay tiene rigurosa, completamente, la constitución del perfecto buscador de oro. No es excesiva ni fantástica la ferocidad que Chaplin le atribuye al famélico, desesperado. Mc Kay no podría ser el héroe cabal de esta novela, si Chaplin no lo hubiese concebido, resuelto en caso extremo, a devorar a su compañero. La primera obligación del buscador de oro es vivir. Su razón es darwiniana y despiadadamente individualista.

En esta obra Chaplin, pues, no sólo se ha apoderado genialmente de una idea artística de su época, sino que la ha expresado en términos de estricta psicología científica. “The Gold Rush” confirma a Freud. Desciende, en cuanto al mito de la tetralogía wagneriana Artística, espiritualmente, excede, hoy el teatro de Pirandello y a la novela de Proust y de Joyce.
(…)
Pero Estados Unidos no se han asimilado espiritualmente a Chaplin. La tragedia de Chaplin, el humorismo de Chaplin, obtienen su intensidad de un íntimo conflicto entre el artista y Norte América. La salud, la energía, el élan de Norte de América retienen y excitan al artista; pero su puerilidad burguesa, su prosaísmo arribista, repugnan al bohemio, romántico en el fondo. Norte América, a su vez, no ama a Chaplin. Los gerentes de Hollywood, como bien se sabe, lo estiman subversivo, antagónico. Norte América siente que en Chaplin existe algo que le escapa. Chaplin estará siempre indicado de bolchevismo, entre los neo cuáqueros de la finanza y la industria yanqui.

De esta contradicción, de este contraste, se alimenta uno de los más grandes y puros fenómenos artísticos contemporáneos. El cinema consiente a Chaplin asistir a la humanidad en su lucha contra el dolor, con una extensión y simultaneidad que ningún artista alcanzó jamás. La imagen de este bohemio trágicamente cómico, es un cotidiano viático de alegría para los cinco continentes. El arte logra con Chaplin, el máximun de su función hedonística y libertadora. Chaplin alivia, con su sonrisa y su traza dolidas, la tristeza del mundo. Y concurre a la miserable felicidad de los hombres, más que ninguno de sus estadistas, filósofos, industriales y artistas.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s