Las razones de Ribeyro para leer siempre a Ricardo Palma

Revista La Gaceta del Fondo de Cultura Económica, número 419.

Ilustración: Molina

Ilustración: Mario Molina

Gracias, viejo socarrón

En 1853 el joven Ricardo Palma abandonó sus estudios universitarios y se enroló como contador en un barco de la marina mercante. Se supone que esta decisión la motivó un lance amoroso que, de no hacerse a la mar, le hubiera costado venganza o prisión. Pero esto es secundario. Lo importante es que al verse obligado a navegar nos hizo correr un grave peligro. Los peruanos y en particular los limeños estuvimos a punto de quedarnos sin historia y sin memoria.

En uno de sus viajes el navío encalló en un arrecife. Se ahogaron doce personas y otras sesenta y seis perecieron extenuadas en los arenales de la costa. El joven Ricardo fue uno de los que sobrevivió tanto al naufragio como a la sed y penurias del desierto. Esto puede parecer un hecho banal, pero ¿qué habría ocurrido si este muchacho, que hasta entonces había escrito poemas y dramones románticos, se hubiera ahogado? Simplemente, Lima no existiría. Exagero: no existiría tal como nos la representamos. “Lima fue fundada dos veces, la primera por Francisco Pizarro y la segunda por Ricardo Palma”, decía un ilustre historiador. Lo que no es una broma. Nuestro pasado sería para nosotros terreno baldío, deshabitación y silencio, a no ser por los cientos de Tradiciones que este amigo de los papelotes escribió en el curso de su larga vida. Lo dicho invita a interrogarse sobre las relaciones entre un escritor y su ciudad y sobre el poder fundador de la literatura.

Que hay escritores profundamente identificados con su ciudad natal o adoptiva es un hecho conocido. La obra de estos autores es inseparable de la ciudad en la que vivieron y sobre la cual escribieron: Balzac y París, Dickens y Londres, Joyce y Dublín, Musil y Viena, etcétera. Gracias a ellos, estas ciudades nos son familiares, podríamos decir que las conocemos (así nunca hayamos puesto los pies en ellas), que hemos tenido acceso a su espacio y a su espíritu. Y esto no es privilegio de los narradores, también de los poetas. Nunca he estado en Trieste ni en Estambul, pero he recorrido sus suburbios, sus mercados y sus puertos leyendo a Umberto Saba o a Nazim Hikmet. Por mediación de estos autores, el lector se apropia de una visión de lo no visto (por lejano o por pasado), que no se equipara a la experiencia directa, pero que la sustituye y, llegado el caso, la complementa.

Pero no se trata sólo del lector, sino de las ciudades. La literatura sobre las ciudades las dota de una segunda realidad y las convierte en ciudades míticas. Inversamente, la ausencia de esta literatura las empequeñece. Hay ciudades importantes pero que no han inspirado grandes obras literarias y que por ello mismo sigue siendo sólo eso, ciudades importantes. ¿Quién es el Balzac de Berlín, el Dostoievsky de Bruselas o el Eça de Queiroz de Brasilia? Estas ciudades pueden ser centros de interés político, económico histórico, urbanístico u otros pero, que yo sepa, carecen de plusvalía literaria, no han dado origen al o los escritores que les agreguen la dimensión sobrenatural de la literatura.

París, en este sentido, es una ciudad privilegiada. Su prestigio, a pesar de no ser ya la metrópoli cultural del mundo, proviene gran parte de las obras que inspiró a escritores nativos y foráneos. Aparte del París de Balzac, está el París medieval de François Villon, el París de Restif de la Bretonne, el París de Baudelaire y de Nerval, incluso el de novelistas folletinescos como Sue y Dumas. Y el París de Proust la última gran representación literaria de esta ciudad, que se sobreimprime sobre las anteriores y las matiza y enriquece. Que estas representaciones sean fidedignas no tiene mucha importancia. Si lo son, poseen aparte de su valor estético uno documental, que satisface el gusto de ciertos lectores por lo concreto y permite a historiadores, sociólogos y economistas estudios tan pronto apasionantes como necios. Pero pueden ser también representaciones equivocadas, tendenciosas o fantasistas. La Habana de Lezama Lima puede ser delirante, la Praga de Kafka onírica y el Bagdad de Las Mil y una Noches fabuloso. Pero es gracias a estos autores o libros que dichos espacios dejan de ser espacios geográficos para convertirse en espacios espirituales, santuarios que sirven de peregrinación y de referencia a la fantasía universal.

Pero ya es hora de volver al joven Ricardo Palma. Lo hemos sacado del agua y dejado ileso en su ciudad natal, enfrentado a su porvenir incierto y a su vocación incipiente de escritor. No es mi propósito narrar los avatares de su existencia. Digamos que, durante mi digresión anterior, ya envejeció. Es un octogenario que se pasea en 1919 por una alameda de Miraflores, con su gorra y su bastón, en vísperas de morirse, ocupado como todos los viejos en hacer el recuento de su vida. Los sinsabores ya los olvidó: deportación, muerte de familiares y amigos, Guerra del Pacífico, incendio de su casa y manuscritos, etcétera.

Sólo recuerda lo grato: viajes a Europa, reconstrucción de la Biblioteca Nacional saqueada por el invasor, honores y recompensas. Pero sobre todo, la certeza de que deja un legado, 56 años de su vida metido entre libros, manuscritos y legajos, ocupado en escribir las Tradiciones peruanas.

Las Tradiciones, tan pronto ensalzadas como criticadas. Se ha dicho mucho sobre ellas. Para unos es una obra democrática y para otros reaccionaria. Se le ha calificado también de nacional y de hispanófila, de amena y de aburrida, de retrógrada y de innovadora, de veraz y de falsa. Atizar estos debates tampoco es mi intención. Sólo quiero resaltar su función en tanto que fundadora de una memoria nacional y de una conciencia ancestral común. Sin las Tradiciones nos sería difícil, por no decir imposible, imaginar nuestro pasado desde la Conquista hasta la Emancipación. Estaríamos huérfanos del periodo más próximo y significativo de nuestra historia milenaria. Ese vacío podríamos colmarlo, es cierto, pero cada cual a su manera y a costa de un esfuerzo desalentador, buscando y leyendo cientos de libros y documentos poco accesibles, áridos, mal escritos o idiotas.

Ricardo Palma cumplió ese trabajo por nosotros. Durante más de medio siglo el abuelito se sacrificó y extrajo lo que a su juicio era digno de recordarse y trasmitirse. Es posible que olvidara muchas cosas, desdeñara otras e inventara una buena parte y que impregnase todo lo que tocó con su espíritu festivo, ligero y socarrón, impermeable a los aspectos más graves y dramáticos de nuestra realidad.

Sabemos ahora que de los 50 mil habitantes que tenía Lima a comienzos del siglo xvii, 40 mil eran esclavos negros o servidores indígenas, de cuya vida, problemas y luchas queda poco o nada en la obra de Palma. Pero aun así, las Tradiciones son la única prueba accesible, artística y entretenida que tenemos de ese pasado. Ninguna otra anterior o de su época se le puede comparar (salvo Garcilaso para el Incario y primeros años de la Conquista). Su rival y contemporáneo, Manuel González Prada, fue más inteligente, mejor prosista, más sensible a los problemas de su tiempo y con una percepción más aguda del porvenir, pero fue un ideólogo y no un narrador y nos dejó por ello ideas pero no una visión. Visión que no ha sido reemplazada por otra igualmente vasta, convincente y lograda, capaz de relegar la suya a la galería de las antiguallas.

Si la imagen palmiana de Lima subsiste es porque nadie ha sido capaz de desembarazarnos de ella. Tentativas posteriores no han faltado. Historiadores, científicos sociales, en cientos de ensayos y monografías, han rectificado fechas, nombres, acontecimientos y colmado lagunas y olvidos relativos al periodo tratado por Palma, pero se trata de trabajos fragmentarios, que han abierto una brecha en el templo tradicional, sin echarlo abajo ni desterrarlo de la imaginación colectiva. Narradores, por su parte, han ensayado construir una nueva imagen de Lima, adecuada a nuestro tiempo, que refleje su paso de arcadia colonial a urbe contemporánea. Pero se trata también de esfuerzos puntuales, circunscritos a lugares, períodos, clases sociales, instituciones y que no poseen la variedad ni el poder iconográfico de la obra palmiana.

Para concluir, volvamos pues a nuestro viejito, que abandonamos achacoso en una alameda de Miraflores. En el curso de esta nueva digresión ya se murió. Se fue a la tumba dejándonos (iba a decir un clavo, pero me parece vulgar), dejándonos un desafío y, para ser más justos, una herencia. Como Moisés salvado de las aguas, cumplió para con su pueblo una misión histórica. No nos llevó seguramente a la Tierra Prometida, pero nos brindó, para colmar nuestra orfandad, una tierra imaginaria.

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There are 2 comments

  1. josé antonio lizarbe ramírez

    Gracias Julio Ramón por este homenaje a un gran escritor que ha colocado a Lima en la retina del mundo, dándole personalidad literaria y presencia entre las ciudades de Latinoamérica. Con Ricardo Palma los legos saben que hubo una vez una ciudad que Francisco Pizarro fundó con el nombre de Lima
    .

  2. walter casquino

    Paseando por Bogotá, me toqué con un “monumentillo” de Don Ricardo. Todo es relativo, pero el monumento de Palma en Bogotá se queda chico ante el monumento descrito por Juan Ramón. Estaba sucio y pintarrajeado. Pensé en hacer una colecta entre algunos de mis conciudadanos para embellecerlo. Pero, pensando en la indiferencia limeña, no lo hice. Después de leer a Juan Ramón, me reafirmo en mi evaluación de Don Ricardo, y lo haré, tratándolo como trato a mis emergencias. De alguna manera se superan.
    Walter Casquino

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