Julio Ramón Ribeyro escribe sobre Caravaggio

Acerca de la enorme importancia de artistas como Caravaggio. Lima, 1993.

El pacto con las tinieblas

En una pequeña caleta de Porto Ercole, hace cerca de cuatrocientos años, un hombre yacía sobre la arena, herido, enfermo y abandonado. En vano escrutaba el mar en busca de una faluca o la escarpada cresta con la esperanza de ver aparecer al buen samaritano, un alma caritativa que lo auxiliara en esos momentos atroces. Pues este hombre se estaba muriendo. Muriendo a los 37 años, en la execración y la indigencia, a pesar de que sus cuadros ornaban templos y palacios en toda la península y que su genio precoz había de revolucionar por un siglo el arte de su época.

Este hombre había hecho un pacto con las tinieblas. Su vida, que ahora expiaba, fue mofa, irrespeto, transgresión y violencia. No hubo norma, fuese cívica, moral o estética que no violara. Desde temprano se situó al margen de todo consenso.

Miguel Angel Meriso o Merigi o Maresio, conocido en fin por Caravaggio. Los artistas de esta laya me turban. A través de los siglos emergen, se reconocen, se dan la mano, se transmiten una consigna, un talismán deletéreo y siembran la pagaille en el orden de su tiempo. Villon, Cellini, Sade, Poe, Rimbaud, son algunos de estos irregulares, sin los cuales la historia del arte sería más serena y angelical, pero sin esas sombras y abismos que la hacen realmente humana.

Pero volvamos a nuestro hombre. ¿Qué hacía agonizando en esa playa inhóspita del mar Tirreno? ¿Cómo había llegado? ¿Quién lo había herido? ¿Dónde estaban sus amigos, protectores o sirvientes? Caravaggio había llegado huyendo a Porto Ercole. Pero esta huida comenzó en su adolescencia.

A los quince años se escapa de Milán y del taller de su maestro Peterzano, a raíz de una falta no comprobada, que algunos  atribuyen a un delito contra la vida. En Roma pasa años duros y oscuros, pintando cabezas que vendía por centavos o haciendo trabajos subalternos en algunos talleres, al tiempo que toma gusto por la taberna, el garito y la espada. Por fortuna la misma mano es diestra con el pincel y no faltan entendidos que se disputan sus servicios. El caballeros Arpino y luego el Cardenal del Monte lo emplean para que les pinte flores y frutas (Caravaggio, sin saberlo había inventado la naturaleza muerta). Su primer encargo importante le viene de los padres de la capilla Contarelli que en 1600 le encomiendan una Conversación de San Pablo. Pero ese mismo año el pintor Gerolamo Spampa lo denuncia por golpes y heridas. Al año siguiente está a punto de matar de una estocada al sargento Flavio Canónico. Poco después es encarcelado a raíz de un oscuro proceso del que lo rescata el embajador de Francia. En 1604 la justicia lo interpela por haber tirado un plato de alcachofas en la cara de un mozo albergue. Un año más tarde es detenido por llevar armas sin autorización y apenas sale hiere a un escribano en un lío por mujeres. Las denuncias continúan y en 1606 se le acusa de haber apedreado un desfile cívico, y posteriormente, las ventanas de un mesón del que se fue sin pagar. Su reputación de pendenciero está consolidada. El viajero alemán Karl von Mander, de paso por Roma, deja de él estas líneas: “Es una mezcla de trigo y de cizaña; trabaja un par de semanas y durante uno o dos meses se manda mudar, con una gran espada al cinto y un lacayo a sus espaladas, rodando de garito en garito, tan propenso al duelo y a la reyerta que es difícil frecuentarlo”.

En la primavera de 1606 sucede lo inevitable: durante una trifulca descomunal mata de un espadazo al notario Ranuccio Tomasoni. No se trata ya de una imprudencia que puede redimirse con multa o prisión sino de un crimen penado con la horca. Ello confirma y precipita su destino de prófugo. Durante un tiempo se esconde en pueblos discretos como Palestrina, Paliano, Zagaralo, hasta que la necesidad de trabajo lo conduce a Nápoles. Esta vez intenta reformarse, inicia gestiones para obtener la amnistía papal y ejecuta por encargo innumerables cuadros. Pero el perdón es más raro que el castigo y como en cualquier momento puede ser apresado decide poner el mar entre él y la justicia y se embarca rumbo a Malta.

En esta isla soberana encuentra el refugio ideal. Hasta ella ha llegado su fama de pintor, pero no de espadachín. La corte maltesa lo recibe con los brazos abiertos y lo colma con atenciones y encargos. Pinta retratos de dignatarios, obras religiosas y alegóricas, con la audacia y el entusiasmo de la tranquilidad recobrada. Adoptado como extranjero ilustre, lo recompensan con la insignia de Caballero de la Gracia de la Orden de Malta.

Pero su reputación, la inconfesable, termina por alcanzarlo. De voz en voz, llegan hasta la isla extraños rumores. Una comisión secreta hace averiguaciones y descubre que este forastero celebrado y condecorado tiene no sólo un pasado sino un prontuario: tahur, duelista, prófugo, homicida, en suma, carne de patíbulo.

Burladas en su confianza, las autoridades maltesas deciden vengarse. Esbirros irrumpen en la casa de Caravaggio, pero éste, alertado por un amigo, ha tomado la primera embarcación y reanudando su vida de fugitivo. Ello redobla la cólera de sus huéspedes que, no contentos con excluirlo de la Orden de Caballeros, despachan tras él agentes encargados de lavar con sangre la afrenta del embustero.

Caravaggio busca refugio en Siracusa. Pero allí no se siente seguro. El espacio donde puede vivir se ha ido comprimiendo. Se ha alejado de los halcones malteses, para acercarse a los magistrados romanos. Se traslada entonces a Palermo y luego a Messina y una vez más a Nápoles. Allí cuenta con amigos y protectores que le pueden garantizar impunidad y trabajo. Una noche, al salir de un albergue, es atacado por desconocidos que lo hirieron gravemente. Sin esperar su recuperación, temiendo nuevas represalias, alquila una faluca y se embarca con destino a Roma, confiado en que sus adictos le hayan conseguido entre tanto la amnistía tanto esperada.

No sabía entonces que esa faluca era su Barca de Caronte y que viajaba de las ribas de la vida hacia la eternidad. Por un error de navegación echa ancla en Porto Ercole, enclave español en los Estados Pontificios. Tomado por un espía es apresado e interrogado durante dos días, a pesar de sus heridas y finalmente abandonado en la playa donde se le encontró. Para la colmo atrapa la malaria. Tendido sobre la arena aguardó en vano la aparición de su faluca. Sus tripulantes habían aprovechado la coyuntura para desaparecer con los pocos bienes que le quedaban. Un pescador terminó por conducirlo a un mesón de fortuna. Allí expiró sin saber que el perdón vaticano, que le permitía al fin regresar a Roma, había sido ya aprobado por el Papa.

Ignoraba también la huella que dejaba su obra. A pesar de su vertiginosa vida de proscrito Caravaggio fue un trabajador encarnizado, que entre una partida de bolos, un duelo y una evasión, encontró el tiempo y la manera de crear algo nuevo y perdurable. No por los temas, rigurosamente codificados en su época, sino por el enfoque. El arte no es tanto cuestión de motivos o de técnica sino de mirada. Su Conversión de San Pablo fue un escándalo: el pobre santo yace entre las patas de un caballo, cuyas ancas relucientes irrumpen de la oscuridad para ocupar la magnitud de la tela. Su Muerte de la Virgen fue rechazada por sus comanditarios, pues María, hinchada y sin majestad, es como el repugnante cuerpo de una ahogada sacado de un depósito de cadáveres. La Vocación de San Mateo transcurre no en el ámbito luminoso y sagrado de los clásicos, sino en una sórdida taberna poblada de personajes vulgares, ambiguos y viciosos, los truhanes que el autor vio y frecuentó. ¿Qué decir de su David y Goliat en el cual Caravaggio tuvo el humor negro de autorretratarse en la odiosa cabeza del gigante? ¿O esa maravillosa, inquietante Decapitación de San Juan, pintada en Malta, obra que llevaría consigo hasta el fin de los siglos, fría, tenebrosa, enigmática y al mismo tiempo cotidiana, prefiguración de los sufrimientos, torturas y ejecuciones secretas que fueron y serán el pago de todos los rebeldes?

En estos y otros cuadros, surgidos de las tinieblas de su vida y de las sombras del mundo, que sólo existen por la luz hiperreal que él inventó, está ya inscrita la obra de los pintores que marcarían su siglo: Velázquez, Georges de la Tour, Vermeer, Rembrandt. Ellos pudieron hacer lo suyo gracias a este malandrín que murió sin misericordia en un rincón miserable.

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