Chocano: el único poeta peruano con una corona de oro

Texto de Luis Alberto Sánchez en “Aladino o vida y obra de José Santos Chocano”, 1960.

La coronación fue una tarea paciente y fructuosa, de la que ha quedado claro testimonio en un volumen ad hoc.

Visto desde lejos aquel episodio resulta un tanto grotesco. Encierra, sin embargo, valores considerables.

Correspondió la iniciativa a la Municipalidad de Lima, en moción firmada el 22 de setiembre de 1922, por el alcalde Rada  y Gamio, el Teniente Alcalde Andrés F. Dasso y los Regidores Foción Mariátegui, vicepresidente de la Cámara de Diputados, Celestino Manchego Muñoz, diputado, el general Antonio Castro y el industrial Alberto Focacci. La fecha fijada, al comienzo, fue el 12 de octubre; pero las ceremonias se realizaron sólo el 5 de noviembre. Se solicitó la presencia de todos los Consejos provinciales de la República. Cada uno de ellos designó un delegado ante el de Lima. La lista de esos delegados contiene algunas sorpresas indicativas de un clima espiritual superior, pues, aunque muchos disentían privada o públicamente de las ideas que recientemente había expuesto Chocano acerca de las “dictaduras organizadoras”, ninguno negó su concurso a la glorificación literaria. Los dos campos,  el ideológico y el estético, quedaron tajantemente separados.

(…)

Chocano deseaba una cuantiosa representación efectivamente popular. Empero entre los delegados apenas había un obrero, Víctor Pujazón (Anta). Para salvar el escollo, Chocano se puso en contacto con Víctor Raúl Haya de la Torre, ex presidente de la Federación de Estudiantes del Perú y líder juvenil de prestigio en los medios laboristas. Haya se negó cortésmente, a pesar de su manifiesta admiración por el poeta.

La presencia de nombres tan dispares indica la generosidad con que hasta ese momento era tratado nuestro personaje, en lo que se refería a su gloria literaria. Los comentarios de los periódicos fueron unánimamente favorables. El Comercio, La Crónica, El Tiempo y La Prensa, entre los diarios capitalinos, y las revistas Mundial y Variedades, dieron al acto todo apoyo.

La coronación constó de tres actos, uno de ellos no exento de pespuntes risibles.

El primero, tuvo por teatro el Palacio de la Exposición, donde Chocano recibió la corona de laureles de oro de manos de Clemente Palma, más unas palabras del Teniente Alcalde de Lima, Andrés F. Dasso, a nombre de los Municipios de la República. El Presidente Leguía pronunció un cortísimo discurso al ceñir la corona al poeta, y éste respondió con un discurso lleno de orgullo, como el de la llegada.

El segundo acto se llevó en seguida. La comitiva, ya sin el Presidente, se encaminó hacia el Monumento Bolognesi, héroe de “La epopeya de Morro”. Encabezaban el cortejo, Chocano vestido de jaquet y corbata de plastrón, escarpines blancos, bastón en la diestra, ceñida la frente por la corona de oro; Rada y Gamio, largo el jaquet, monda la cabeza; Dasso, alto y erguido; y el general Castro. Ante el monumento, el Ministro Rada y Gamio leyó un largo, erudito y retórico discurso. El coronado declamó el fragmento final de “La epopeya de Morro”. El tercer acto, por la noche, ocurrió en el Teatro Forero, Luis Varela y Orbegoso, de la redacción de El Comercio, pronunció un breve discurso de elogio; Enrique Bustamante y Ballivian recitó un poema especial y José Gálvez dio lectura a los mensajes de los escritores, a lo que agregó un soneto propio de alabanza al coronado vate.

Chocano leyó en seguida algunos poemas de reciente data y otros no tan nuevos. En los tres actos hubo numeroso y entusiasta auditorio. Pero lo más significativo de las ceremonias fue, sin duda, la tercera parte.

Las palabras de Chocano, al agradecer la corona, en el Palacio  de la Exposición, confirman su invariable soberbia:

“La corona con que ciñen mi frente los pueblos del Perú, no halaga mi amor propio tanto como mi amor patrio; así quisiera levantar la cabeza lo bastante como para que del mundo entero fuera vista esta corona como un emblema delicado a la vez que solemne de la cultura nacional. ¡Bienaventurados los pueblos que aman  a sus poetas, porque de ellos es el reino de la Inmortalidad!”

(…)

La corona de laurel de oro será su mejor presea en medio de las peores vicisitudes. Empero, un día ofrecerá su devolución al Municipio de Lima, visto un crimen que mancha la vida del poeta; será peor, ya en Santiago, cuando deberá empeñarla por diez mil pesos chilenos para acudir a las necesidades de su hogar, y acaso a las de sus locos sueños de Aladino, pesquizador de tesoros inhallables.

Cuando la pobreza le cercaba más, entregó una carta a su amigo el abogado chileno Lisandro Santelices, autorizándolo a rescatar la joya y guardarla hasta que él pudiera recuperarla. Un asesino cortó súbitamente la vida de Chocano. Yo vi en el bufete de Santelices, diez años más tarde, carta y corona. Santelices tenía el propósito de donarla a alguna institución del Perú, cuando éste saliese del peso de la tiranía. La muerte se llevó a Santelices en 1956 o 57. La corona de laureles de oro, insignia de la desdicha, sigue en manos ajenas sin llegar aún a puerto. La había cincelado en Lima el artífice Madueño; flexible y rica joya, la que más amó el poeta, y, como todo lo que amó, perseguida por el sino de la separación y de la muerte.

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