Eielson habla con Stravinsky sobre Yma Súmac

Fragmento del texto de Jorge Eduardo Eielson publicado en El Comercio ( 27 de febrero de 1955)

Positano es un pueblecillo de pescadores que sonríe encaramado en la ribera amalfitana, con sus dulces villas y tejados de color bizcochuelo. En Positano, donde el mar se extiende como una túnica añil agitada por misteriosos tritones en celo, en Positano que es el mundo de la contemplación dionisiaca y del furor sarraceno. Positano, antigua residencia de patricios grecorromanos, fue incendiada por los sarracenos en el siglo XIV; reconstruida y sometida luego a la república de los dogos de Amalfi, nuevamente conquistada por los piratas genoveses y redimida por las fuerzas reales de Nápoles, terminó, hacia fines del siglo XVII, en la más exquisita colonia residencial de los Borbones napolitanos. Posteriormente olvidada, fueron los turistas alemanes a descubrirla durante la primera posguerra. En Positano, no se vive el uno al lado del otro, sino el uno encina o debajo del otro. Por la misma razón, en Positano no se camina sino se sube o se baja, se vuela y se cae. En realidad la vida allí se convierte en un extraño ballet marítimo, en una continua danza durante la cual es necesario comer y dormir, lavarse los dientes y amar, bañarse, tomar el sol, leer un buen libro, beberse una cerveza con los amigos, etc. Durante la danza es muy probable que alguien -un bailarín o una bailarina de fama- se nos acerque y nos ofrezca su luminosa compañía.

Esto es precisamente lo que me ocurrió a mí mientras bebía un café en el único bar nocturno de Positano: un auténtico bailarín y coreógrafo, Leonide Massine, y un músico, Igor Stravinsky, charlaban a mi lado, no comprendo por qué, en inglés. Confieso sin embargo que no reconocí a ninguno de los dos hasta que no me fueron presentados por un común amigo, un escritor americano residente del villorrio. Mis ojos en realidad no habían sido tales sino para la figurina sonriente de Leslie Caron, encendida y policroma como un gnomo en la página encantada de Positano. Mi vuelta a la realidad, debo admitirlo, fue mucho más consistente y alentadora de lo que esperaba. La cabeza casi insolente, el viejo gorila miope de Stravinsky me sacudió de mi letargo cinematográfico:

– ¿Peruano? -me dijo- ¿Como Ima Súmac?

Y continuó elogiando, a Massine, la garganta tenebrosa de nuestra cantante. Massine el que me proporcionó el coraje para afrontar a Stravinsky:

– Solo la he escuchado en grabaciones -respondió- y tengo la impresión de que hay mucho de fabricado en todo ese folklore.

Ni corto ni perezoso me apresuré a añadir, algo excitado:

– Realmente el folklore peruano es muy diferente, y es precisamente la voz de Ima Súmac la menos indicada para expresarlo. Nuestro folklore musical no es sino el compendio de la extrema alegría y de la extrema tristeza del indio del Perú. No existe en él todo ese absurdo pentagrama exotista lleno de chillidos de monos y papagayos y de gruñidos de puma made in USA. No ha existido en el Perú ninguna tradición de sacerdotisa del Sol con la garganta irritada por los dólares o por el micrófono o por las pastillas de clorato…

En este punto Stravinsky se mostró visiblemente molesto y cambió de conversación. Al despedirnos Massine me invitó al día siguiente a su villa, construida en una isla de su propiedad, de frente a la ribera mágica y turbadora de Positano.

Indudablemente fue mi irreverente y acalorada respuesta la que me abrió las puertas de la isla de Massine.

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