La última entrevista a Martín Adán

Entrevista de Delia Sánchez para el diario La República (10 febrero de 1985)

En las muchas entrevistas que mantuve con Rafael de la Fuente Benavides y pese que nuestra amistad parecía tener raíces ya profundas, él defendió indesmayablemente la privacidad de ambos. “No trates de robarme mi agonía”, me decía.

¿A qué agonía se refiere, don Rafael?

Nadie comprende lo que es llevar a cuestas a un excéntrico poeta bohemio, que pretende exclusivamente paz y soledad y que a la vez tiene dentro de sí a un hombre deseoso de que los demás se percaten de que Rafael de la Fuente es un ser humano tan igual que otro y gusta de la compañía.

Sin embargo, usted se niega a recibir visitas, ¿por qué?

Todos vienen en busca de Martín Adán, a nadie le interesa conocer a Rafael de la Fuente Benavides.

¿Por qué no facilita las cosas para que la gente conozca a ambos?

No. Todos vendrían solo con el propósito de comprobar si es cierto lo que dice tal o cual periódico. Además, a Martín Adán pueden escudriñarlo cuanto quieran a través de sus obras. A Rafael de la Fuente, ¡no!… Le hacen daño.

¿Quiénes le hacen daño?

Mis experiencias con los periodistas no han sido muy agradables. Sus fantasías son más grandes que las mías y lastiman a seres que sufren y piensan.

¿Algún periodista en concreto le causó daño?

¡Muchos!… jamás quisieron respetar mi voluntad e insensibles ante mi dolor no escucharon mis ruegos ni de los médicos y enfermeras cuando me hallaba enfermo. Hacían ruidos espantosos, todos querían vanagloriarse a costa de mi sufrimiento. Aún me persiguen en mis pesadillas, los gritos de los reporteros, las cámaras de los fotógrafos y las potentes luces de televisión. Aquello fue un atropello incalificable.

Sabiendo que soy periodista, ¿por qué me recibe?

Pequeña periodista, que triste batalla te espera combatir. ¡Pobre de ti cuando sientas las dentelladas de la humanidad! No sabes que en lugar de hacerte un bien te lego una responsabilidad de la cual tal vez no salgas bien librada.

¿Considera que Martín Adán es un gran poeta?

La crítica es la que lo cree, yo opino que solo es un versero.

¿Quién considera que fue el mejor poeta peruano?

Sin duda alguna, José María Eguren, sus versos logran calar muy hondo.

¿Lo conoció?

Claro. Yo lo admiraba mucho. Tanto que para pertenecer al grupo de Eguren que se encontraba formado por intelectuales de la clase media baja y en la cual no me daban cabida por mi origen supuestamente aristocrático tuve que cambiar mi nombre Rafael de la Fuente por el de Martín Adán.

¿Y por qué Martín Adán y no otro nombre?

Bueno… yo aspira a la aceptación de todos, entonces tomé el nombre de un mono y lo asocié al primer hombre.

¿Quiere decir con esto que comparte la teoría de Darwin?

Hasta la fecha no he encontrado otra explicación más lógica.

¿Otros intelectuales que haya tratado?

A Luis Alberto Sánchez y José Carlos Mariátegui, entre otros.

¿Qué opina de las obras de Luis Alberto Sánchez?

Sánchez siempre ha sido un investigador de la historia literaria, sus escritos muestran datos que él recogió de las crónicas pasadas y otros que inventó al no hallarlos. Sin embargo, debo resaltar que es un gran crítico.

¿Qué puede decir de José Carlos Mariátegui como político?

A Mariátegui le visitaba todo los martes, pero nunca hablábamos de política. Él sabía que a mí no me gustaba, así que nos enfrascábamos en largas conversaciones sobre asuntos netamente intelectuales.

Pero usted ha leído las obras de Mariátegui y por lo tanto sabe la doctrina que pregona, ¿qué opina al respecto?

Yo respeto mucho las ideas de Mariátegui, pero creo que el Perú no está preparado para asimilarlas y mucho menos para asumirlas.

En su mesa hay algunos escritos de Valdelomar, ¿gusta de sus obras?

La prosa de Valdelomar es suave y sencilla, en cuanto a versos creo que Valdelomar era capaz de hacer bellos versos hasta a una bacinica.

¿Qué opina de la poesía de César Vallejo?

Las obras de Vallejo no van conmigo, no obstante no niego su gran calidad de poeta.

¿Sus escritores favoritos?

Aparte de Joyce, Proust y los clásicos, leo a Edgar Allan Poe y a Oscar Wilde. Y por último a todo el que caiga en mi mano.

Tres días antes de Navidad volvía a visitarlo. Martín estaba sentado sobre la cama leyendo un periódico.

¿Cómo se encuentra, don Rafael?

¿Cómo crees que puede sentirse este viejo cuerpo? Cada día se me hace más difícil pagar mi penitencia… ¡estoy cansado de luchar! Busqué refugio en la soledad para vencer el vicio y apartarme de la gente que empezó a asfixiarme. Pero entonces solo me dolía el alma y no el cuerpo como ahora.

Me pide que le describa el ambiente navideño del albergue y de todo Lima.

Conforme escucha, su rostro va dulcificándose y su mente empieza a traer recuerdos del pasado al presente. “En las cenas de pascuales de mi niñez todo era alegría, nunca me faltó regalo, pero… el que yo esperaba jamás llegó… ¡tal vez deseaba demasiado!”

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